Capítulo 104
Simon
—Gracias, profesor Southern. Profesor Dobias, ahora lo escucharemos a usted.
Los miembros de la facultad, unos cien profesores, están sentados en sillones de cuero cómodos, que forman una especie de semicírculo dentro de una de las enormes salas de la universidad; un lugar que, como la mayoría aquí, lleva el nombre de algún benefactor magnánimo.
Me sitúo al frente de la sala; es mi oportunidad para presentar mi proyecto. Llevo traje y corbata.
—Seré breve —digo—. Me gustaría hablar de la razón por la que estoy aquí.
No aquí, concursando para obtener la titularidad, sino aquí, y punto.
Al principio, creía que sería abogado porque mis padres lo eran.
Mi madre, en particular, a quien algunos de ustedes quizá recuerden, me inculcó el amor por el derecho: sus objetivos, su ideal, pero también sus fallos y sus debilidades.
La verdad es que era solo un muchacho, un universitario que estaba dando sus primeros pasos en el mundo académico sin saber muy bien qué quería para mi vida.
”Como muchos de ustedes sabrán, mi madre falleció cuando yo acababa de empezar la universidad.
Me tomé algunos años para superar su suicidio.
Incluso tuvieron que internarme un tiempo.
Me culpaba por su muerte. Culpaba a mi padre.
Culpaba a muchas personas y muchas situaciones.
Hasta que tuve una buena terapeuta que me enseñó a ver las cosas de otra manera. Mejoré y retomé mis estudios.
”Cuando iba a graduarme, literalmente cuando iba a presentarme a mi último examen final en esta misma universidad, mi padre fue asesinado en San Luis, donde vivía en aquel entonces.
Y, por más absurdo que me parezca, la policía sospechó de mí.
Estábamos distanciados. No hablábamos. Nuestra relación había terminado mal tras el suicidio de mi madre.
Y todo eso era cierto. Pero, tal como les expliqué a ellos, aquello había quedado en el pasado, seis años atrás.
Y, como también les expliqué, habría sido imposible que cometiera el crimen mientras estaba en Chicago durante la semana de exámenes finales.
(Bueno, casi imposible).
”Pero nada de eso impidió que la policía sospechara de mí.
Registraron mi casa en Chicago, la casa de mi familia.
La destrozaron, para ser sincero; la dejaron hecha un desastre.
También intentaron averiguar de qué hablaba con mi terapeuta.
Interrogaron a mis amigos y compañeros de clase.
Invadieron cada aspecto posible de mi vida. Le dieron vuelta por completo.
”Yo sabía que era inocente, claro. Pero bastó la más mínima sospecha para que el Estado me destruyera la vida.
Cuando por fin comprendieron que no tenían ninguna prueba en mi contra, cuando entendieron que no podía haber sido yo…
¿lo reconocieron públicamente? No. No limpiaron mi nombre.
Solo detonaron una bomba en mi vida y me dejaron recogiendo los pedazos.
”Fue entonces cuando supe que quería ser abogado.
Cuando entendí, por experiencia propia, la importancia de nuestras garantías constitucionales.
Leemos sobre ellas en los libros, debatimos sobre ellas en clase, pero yo viví en carne propia su importancia.
Desde entonces, dediqué mi vida a este campo del conocimiento.
Empecé a notar cómo las doctrinas basadas en la Cuarta Enmienda estaban siendo, en mi opinión, erosionadas por los tribunales.
Exigí cambios, cambios estructurales en la forma en que entendemos el derecho a la privacidad.
Y nunca dejaré de intentarlo. Nunca dejaré de cuestionar, de luchar por eso, de insistir.
Nunca dejaré de escribir sobre esto. Nunca dejaré de enseñarlo. Es lo único que quiero hacer.
No ensayé este discurso. No hacía falta. Es lo que pienso, lo que siento. No les conté la verdad sobre lo que hice en San Luis, no podía hacerlo. Esa es la única parte que me molesta. Una mentira salpicada en un discurso, por lo demás, honesto.
Pero elegí vivir con esa mentira. Y ahora, después de lo de Lauren, con dos mentiras.
Lo magnífico del derecho es que no trata de individuos particulares, sino de un sistema aplicable a todos.
Protege a los culpables para poder proteger a los inocentes.
Me protegió a mí, el culpable, de ser procesado dos veces ahora.
—¿Profesor? —Desde una de las filas del fondo, se alza una mano. Es una mujer que no conozco bien, con quien no he intercambiado más que un saludo en el pasillo. Creo que se llama Amara Rodríguez, pero no estoy cien por cien seguro, así que me dirijo a ella por su cargo.
—Sí, profesora —digo.
—Mencionó San Luis. Y quizás esté al tanto de que estos eventos a los que se refiere salieron a la luz durante la revisión de las candidaturas por parte del consejo de departamento.
Sí, pero solo porque me lo anticipó Anshu.
—Con gusto responderé cualquier pregunta sobre San Luis —digo.
—¿Es cierto que hace solo unas semanas, en noviembre, la policía de San Luis identificó a una sospechosa que creen responsable del asesinato de su padre? ¿Según una nueva prueba forense?
—Sí, es cierto —respondo.
No estoy muy al tanto sobre las dinámicas internas del departamento de policía de San Luis, pero imagino que sus jefes sienten la misma presión para cerrar casos que aquel pequeño vecindario de Grace Village.
Quienquiera que estuviera a cargo del caso sin resolver recibió la nueva prueba de las huellas de Lauren en la botella y luego su ADN en la copa, junto con la información de que Lauren había regresado al país por esa época.
El caso se cerró como resuelto. Suele ser mucho más fácil cuando la sospechosa está muerta y no es posible llevarla a juicio ni apelar la decisión de ninguna manera.
—No debe de ser muy consolador quedar exonerado después de doce años —dice.
Algo así. Nunca iban a vincularme con lo de San Luis, siempre y cuando no pudieran hablar con mi terapeuta, a quien le conté todo a la mañana siguiente. (Un momento de debilidad que jamás olvidaré ni repetiré).
Pero ¿consuelo? No usaría esa palabra. Ni siquiera diría que estoy feliz con lo que hice.
Ni infeliz. Casi cualquier código moral o penal condenaría mis actos.
Pero yo, en cambio, preferiría pensar en los códigos de guerra.
Mi padre y Lauren nos declararon la guerra a mi madre y a mí.
La mataron y yo los maté a ellos. Los soldados no son juzgados por matar a otros soldados.
Solo son juzgados por matar inocentes. Lauren y mi padre estaban lejos de ser inocentes.
No necesito aprobación, aunque tampoco acepto desaprobación por lo que hice.
¿Sabía que la policía de Grace Village iba a tomar las huellas de Lauren y muestras de su ADN?
Sí, siempre lo hacen, aunque solo sea por una cuestión de exclusión, una especie de diferenciación de otras huellas y ADN encontrados en la escena.
¿Sabía que introducirían esa información en la base de datos del FBI?
Por supuesto, es el protocolo estándar. ¿Sabía que encontrarían una coincidencia entre esta nueva información y la base de datos de la botella de champán y la copa de plástico que encontraron en la escena del crimen de mi padre?
Eso esperaba. No podía estar seguro de que sus huellas o ADN estuvieran en esa botella o esas copas. Pero soñar no cuesta nada.
¿Y planifiqué todo para que la policía de San Luis pudiera cerrar el caso solo semanas antes de presentarme ante el consejo de departamento y responder sus preguntas?
Bueno, digamos que terminó saliendo bien.
—Me alegra poder dejar atrás todo eso —digo, mirando fijamente al vicedecano Comstock.