Caerás en mi trampa Capítulo 105
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Capítulo 105

Simon

La reserva natural en las afueras de Burlington, Wisconsin, donde Vicky escondió su teléfono para comunicarse conmigo después de Halloween, parece un lugar tan bueno como cualquier otro para encontrarnos.

Llego pronto; tenía el trayecto más largo y no quería retrasarme.

Me cuesta quitarme de encima la costumbre de pactar horarios exactos con Vicky, algo que fue tan crucial durante el verano y el otoño.

Asumo que ya no es tan necesario ser tan cuidadosos.

El día que Jane Burke vino a verme con las novedades sobre las huellas de Lauren en la botella de champán, el departamento de policía de Grace Village anunció que había resuelto el asesinato de Lauren Betancourt.

Nicholas Caracci, también conocido como Christian Newsome, la mató en un ataque de celos después de que ella lo rechazara y luego se quitó la vida por remordimiento.

Vi la rueda de prensa: ahí estaba Jane Burke junto al jefe, tan feliz como alguien con hemorroides.

A través de la ligera nevada, Vicky avanza por el sendero con un abrigo largo de lana y un sombrero a juego.

Me pregunto cómo se acercará: ¿con los brazos extendidos para darme un abrazo o con las manos en los bolsillos, manteniendo la distancia?

No es ningún secreto que nunca sentimos lo mismo en nuestra relación; yo quería mucho más de lo que ella quería.

Y eso volvió incómodas algunas situaciones durante los meses de planificación.

No fue fácil ejecutar este plan. Fue aterrador y estresante.

A veces, dependíamos el uno del otro para encontrar consuelo: un abrazo, un beso en la mejilla, una caricia rápida en la espalda.

Pero había una intimidad innegable en compartir secretos, en saber que éramos nosotros contra el mundo y que no podíamos confiar en nadie más.

Solíamos acostarnos en la terraza, en sillas plegables, o en el sofá de la sala, mientras organizábamos todo.

Discutíamos los detalles, en mayor medida sobre si Vicky debía acostarse con Nick, algo insoportable para mí y lo último que ella quería hacer en la vida, pero insistió: “Es su manera de actuar, su estafa; se va a sentir cómodo porque va a creer que le está saliendo bien como siempre”.

“¿De qué otra manera vamos a acercarnos lo suficiente para que todo esto funcione?”.

“Puedo manejarlo. Sé cómo desconectarme y actuar sin que signifique nada. Tengo años de experiencia en eso”.

A veces, le hacía preguntas para mantenerla atenta: ¿cuál era el segundo nombre de mi madre?

¿Qué día nos casamos? ¿A qué bachillerato fui?

Repasábamos el intercambio de mensajes del día siguiente: “Recuerda ser juguetona; todavía sigues en la fase de luna de miel”.

“Quizás un poco molesta mañana; todos se molestan a veces, ¿no?”.

“Mañana empiezas a mostrar dudas, como si te estuvieras arrepintiendo”.

Leíamos el diario que estaba escribiendo y me hacía algunas sugerencias: “No olvides mencionar que soy de Virginia Occidental, pero hazlo como un comentario de pasada”.

“Debes parecer más desesperado, ¡te estás enamorando de Lauren y estás casado conmigo!”.

“Tienes que mostrar algo de duda, como si todo fuera demasiado bueno para ser real”.

Lo admito: a veces parecía extraño reavivar el coqueteo.

Pero siempre percibía en Vicky una cierta precaución, un miedo a animarme, a darme la idea equivocada.

Y siempre encontraba la forma de recordarme lo que haría después, por ejemplo, lo mucho que deseaba vivir en Wisconsin con sus sobrinas, como una manera sutil de dejarme en claro que nada iba a cambiar entre nosotros.

No, tenía que repetírmelo una y otra vez. Vicky no se estaba enamorando de mí. Solo estaba siendo cariñosa. Solo le agrado mucho.

Eso, además de que estábamos planificando un doble asesinato juntos.

Cuando se acerca, muestra una enorme sonrisa.

Algo en mi interior se rompe. Nunca la había visto así.

Y creía que conocía todas sus versiones.

La vi amargada y llena de veneno. La vi abatida y desolada.

La vi concentrada y determinada, canalizando su ira.

Y, sí, por un tiempo, antes de estropearlo todo —al enamorarme perdidamente y proponerle matrimonio, y presionarla—, la vi contenta, lo que creía que era ver a Vicky feliz.

Pero no era el caso. Esta Vicky, hoy, es una Vicky feliz. Su rostro tiene un brillo nuevo, su andar tiene el entusiasmo de una niña. Es la mujer más hermosa que jamás he visto.

Extiendo los brazos y ella se lanza hacia ellos, y nos quedamos abrazados por un buen rato, disfrutando el momento. Cierro los ojos y me pierdo en todo: su aroma, su tacto, su calidez, y entiendo que es muy probable que sea la última vez que la sostenga así.

—Aaaah, te he echado de menos, amigo —susurra.

No tanto como yo. Pero no lo digo. No voy a hacerlo más difícil para ella.

—Feliz Navidad —digo al separarnos lo suficiente para vernos la cara. Me coge las manos.

—Feliz Navidad —dice—. Santa fue bastante generoso este año.

Bastante. Deberías haber visto la cara de Miriam, Simon.

Lloraba de la alegría, gritaba. Contó el dinero como diez veces.

No dejaba de repetir “¡Un millón de dólares! ¡Un millón de dólares! ¿Quién nos donaría un millón de dólares en efectivo?”.

No dije nada, claro, aunque quería hacerlo.

Asiento despacio.

—Mejor mantenerlo anónimo. Solo por si alguien está siguiendo mis movimientos y ve que he donado mucho dinero en efectivo a un centro de acogida de violencia de género al azar en Wisconsin. Podrían terminar dando contigo.

Asiente.

—No creerás que alguien sigue investigándonos, ¿verdad?

—No. Pero siempre fui más paranoico que tú.

—Gracias a Dios que lo eres. —Me mira—. No tenías que hacerlo, ¿sabes? Donar ese dinero.

—Ey, ¿qué voy a hacer con un millón de dólares? Ya tengo calefacción y aire acondicionado.

Pone los ojos en blanco.

—Podrías haberte quedado con un poco del dinero de Ted.

—Y tú podrías haberte quedado con un poco, señorita.

Se lo ofrecí a ella. Todo. Pero dijo que no.

Es una de las razones por las que la amo tanto.

Fue pobre toda su vida, luchó por cada centavo y vendió su cuerpo para sobrevivir, y aquí había un tipo dispuesto a darle veintiún millones de dólares sin pedirle nada a cambio y los rechaza.

Para el centro de acogida, sí, pero no quiso ni un céntimo para ella.

Está reconstruyendo su vida y quiere hacerlo a su manera.

—Ah, hablando de cantidades absurdas de dinero —dice—. Quería preguntarte… ¿conseguiste la titularidad?

Abre mucho los ojos bien grandes. Me alegra que le importe tanto como para recordarlo; cuánto lo deseaba para mí, y hasta dónde estaba dispuesta a llegar para conseguírmelo.

—No —respondo—. Eligieron a Reid. Pero me he enterado de que la votación estuvo bastante igualada.

—¡Qué rabia! Lo siento. —Presiona un dedo contra mi pecho y levanta la barbilla—. Deberías haber usado la información que te conseguí, tonto.

Me encojo de hombros.

—La buena noticia es que la policía de San Luis limpió mi nombre. Cerraron el caso. Así que el vicedelano ya no tiene nada en mi contra. Siempre habrá una próxima vez.

Se queda pensando en eso.

—Lo hiciste a tu manera. Como debía ser.

Se hace un silencio entre nosotros y luego empieza a preguntarme sobre mi vida, sobre el trabajo, esa clase de cosas. Y yo hago lo mismo. Me habla de las chicas y, de hecho, su rostro parece iluminarse todavía más cuando habla de ellas.

Pero se nos está acabando el tiempo. Lo percibo. Lo percibo y no hay nada que pueda hacer.

—Creo que ya tienes que volver —digo.

—Sí. Ven conmigo. —Entrelaza su brazo con el mío y caminamos por el sendero hacia el aparcamiento. No puedo evitar sentir un gran nudo en el pecho, y el corazón que late con fuerza, mientras cuento los segundos.

Tengo que decírselo. Tengo que decirle una vez más lo que siento. Tengo que intentarlo una vez más. ¿Qué puedo perder?

—Escucha…

—No somos personas normales, ¿verdad? —dice.

Aminoro el paso y exhalo. Luego pienso en su pregunta y me río.

—Avísame cuando puedas definirme normal.

—Bueno, sabes a lo que me refiero.

—La verdad es que no —digo—. ¿Es normal estafar a alguien, robarle todo su dinero y destrozarle la vida?

—Algunas personas lo dejarían ir. Incluso, aunque no pudieran perdonarlo, lo olvidarían. O simplemente vivirían con eso.

—Nick no solo le robó el dinero a Monica, Vicky. La destruyó. Se aprovechó de su adicción. La alejó de su familia, la mantuvo drogada, le quitó todo y la dejó casi muerta. Tú sabes eso mejor que nadie.

—Lo sé…

—¿Y Lauren? Ella sabía cuál era la situación de mi familia.

Si hubiera robado un poco del dinero, no sé, un millón de dólares o algo así, y nos hubiera dejado el resto, todo habría estado bien.

Habría sido una mierda, sin duda, pero podríamos haber salido adelante.

Pero no. Tuvo que vaciar cada centavo de esa cuenta y llevarse todo lo que teníamos.

El dinero que necesitábamos para cuidar a mi madre en casa.

Nos dejó en la miseria y nunca miró atrás.

Eso me parece bastante lejos de lo normal.

Así que no veo por qué mi reacción tenía que serlo.

Me presiona el brazo, ya que siente que estoy empezando a enfadarme. Y sí. Pero a veces tengo que recordarme por qué hice lo que hice.

Me detengo y la miro.

—¿Te arrepientes de algo?

—¿Tú?

—Yo pregunté primero.

—Sí, pero yo soy la chica.

Sí, es verdad.

—Mi terapeuta de aquel entonces me habría dicho que les estuve dando poder a algunas personas que me hicieron daño —digo—. No se equivocaba. De eso sí me arrepiento. Me arrepiento de haberles dado ese poder. Me arrepiento de haber dejado que Lauren y mi padre dominaran mis pensamientos.

—Pero esa no fue mi pregunta.

Exhalo aire frío y queda flotando delante de mí.

—A veces, pensaba que mi padre era en parte el culpable y en parte la víctima.

Lauren lo manipuló desde el principio. Nunca se preocupó por él.

Así que sentí la tentación de no juzgarlo.

Pero… nunca debería haberle abierto la puerta a Lauren.

Él la dejó pasar. Y luego tomó la decisión consciente de quedarse con ella.

Yo no puedo… no, no puedo perdonarlo por lo que le hizo a mi madre. —La señalo con la cabeza—. Tu turno.

—Sueño mucho con esto —responde.

—¿Pesadillas?

—No sé si las llamaría pesadillas. Monica aparece ahí.

Nick también. Es gracioso porque, en la vida real, nunca los vi juntos.

Pero en los sueños sí, están juntos, en ese apartamento que compartían, o en algún otro lugar al azar, un aeropuerto, un restaurante.

Cosas de los sueños. Pero lo que siempre se repite es que ella sufre y hace todo lo posible para escapar y yo lo sé.

Sé que él se está aprovechando de ella, pero no hago nada. Solo me quedo ahí, mirando.

—Bueno, yo…

—A veces creo que lo que le hice a Nick fue por mí. Una manera de aliviar mi propia culpa. No reviví a Monica, ¿no? No les devolví su madre a esas chicas. ¿Qué sentido tuvo hacer todo eso?

—Bueno, te deshiciste de una persona horrible —digo—. Alguien que les habría hecho lo mismo a otras mujeres.

—Es verdad —admite—. Pero no fue la razón por la que lo hice. Eso es solo una consecuencia.

—Bueno, cielos, Vick, creo que no eres una persona normal, entonces.

No suena con tanta gracia como pretendía.

—Ey. —Le tomo la barbilla con la mano—. Sobreviviste a una infancia de mierda y lograste atravesar un período horrible que habría destruido a cualquier persona.

Luchaste contra una adicción y volviste a ponerte de pie, limpia y sobria.

Ahora vas a pasar la vida ayudando a personas que están en relaciones abusivas.

Y, sea o no la razón por la que lo hiciste, borraste del mapa a un mal tipo.

Así que, si lo pones en la balanza, señorita Vicky Townsend, diría que estás bien con el karma.

Además, si te sirve de algo, soy un tipo bastante cínico y haces que me tiemblen las piernas. Debes de tener algo especial.

Se queda en silencio y me mira. Luego apoya una mano en mi rostro y me besa en los labios. Es el beso más suave, cálido y sensual que jamás me dieron.

Luego sonríe, se aleja unos pasos y levanta una mano para despedirse.

Intento pensar algo ocurrente para decirle mientras se va, pero el beso me dejó sin palabras. Apenas puedo respirar. Estoy seguro de que voy a tener un infarto después de ese beso.

Se va conduciendo una camioneta, el último vehículo en el que esperaría ver a Vicky Townsend. Pero ahora tiene otra vida, otras prioridades.

Me quedo quieto un buen rato, esperando que la opresión en mi pecho disminuya, conteniendo las emociones, hasta que la hipotermia se vuelve una amenaza real. Finalmente, logro sonreír.

Por cierto, ¿de dónde viene la palabra ocurrente ?

Creí que significaba “gracioso”, pero resulta que, después de una búsqueda rápida en mi teléfono, encuentro dos definiciones.

Uno: “Que ocurre”. Guau, qué útil. Dos: “que tiene ocurrencias”.

¿Nada sobre ser gracioso o sarcástico? Si estuviera enfadado y dijera “¡Mierda!”, sería algo que ocurre.

¿Calificaría como un comentario ocurrente?

No creo que funcione así. En absoluto. Quizá tenga que agregar la palabra a mi lista. Voy a tener que tomarme el tiempo para pensarlo…