Capítulo 102
Vicky
No puedo alargar la cena por siempre. Las chicas y yo pedimos comida para llevarle a Adam y volvemos a casa. Intenté prestarles atención mientras comíamos —Macy estaba eufórica con sus nuevos pendientes—, pero lo único que puedo hacer es ensayar mis respuestas.
Sin embargo, no hay mucho que ensayar. Negar todo y, si me acorralan, negarme a responder.
“¿Dónde estaba en Halloween, oficial? Bueno, en el apartamento que alquilo en Delavan, Wisconsin, repartiendo dulces”.
Dejé el teléfono allí, tal como habíamos planeado.
No puse ninguna serie en Netflix como Simon, pero dejé el teléfono ahí.
Emitiría señales hacia la torre celular más cercana al menos un par de veces, aunque no hiciera nada más que actualizarse.
“¿Christian Newsome? Nunca he oído de él. ¿Nick Caracci? Tampoco. No me suena”.
“¿Mi coche? Conduzco un Chevy Lumina de 2007 bastante destartalado. ¿Quieren revisar si la matrícula aparece en las cámaras de las cabinas de peaje o en los dispositivos de observación policial de Chicago? Adelante, háganlo”.
No van a encontrar nada. El coche nunca salió de Wisconsin desde que me mudé a Delavan hace casi un año.
Sí, puede que haya usado un Jeep para ir y venir de Chicago, pero ese vehículo ya hace rato que es historia. Además, no hay manera de que lo conecten conmigo o con Simon.
“¿Simon Dobias? No lo conozco, oficial”.
¿Se refiere al tipo que me escuchó durante horas y horas después de mi primera reunión en Supervivientes del Suicidio, al que me rescató del pozo una semana más tarde, cuando estaba a punto de acompañar a mi hermana, Monica, al mundo de la sobredosis, con cocaína en lugar de oxicodona?
¿Se refiere al tipo que me obligó a entrar en rehabilitación, el mismo que cubrió todos los gastos y que me estaba esperando cuando salí?
¿Se refiere al tipo que me convenció de darle otra oportunidad a la vida?
No, nunca conocí a ese hombre. Nunca oí hablar de él.
***
Vuelvo a la casa, consintiendo a las chicas, riéndome de sus chistes, aunque, por dentro, siento un terrible dolor en todo el cuerpo. Pero estoy lista. “No tengo idea de lo que está hablando, oficial”. Mis respuestas serán confiadas, aunque no demasiado perfectas.
Cuando doblo en la calle, veo enseguida que la patrulla ya no está. El alivio me recorre todo el cuerpo. Aparco en el garaje. Las chicas entran corriendo a la casa.
—¡Papi, mira, me he perforado las orejas!
Entro despacio, sintiendo cómo mi pulso se desacelera a medida que la adrenalina se disipa. Las M solo lleva un jersey fino y unos vaqueros. Tiene un cigarrillo encendido en la mano.
—¿Desde cuándo fumas? —pregunto.
—Desde nunca. —Mira el cigarrillo, lo tira al césped y lo pisa—.
Monica empezó a fumar para superar su adicción a la oxicodona.
Siempre me pareció una estupidez. Pero habría aceptado cualquier cosa con tal de que dejara esas pastillas.
Incluso fumé algunas veces con ella. Ahora, de vez en cuando, al pensar en ella, enciendo uno. ¿No es una estupidez?
—Estás pensando en ella —digo.
Me mira y mete las manos en los bolsillos.
—Vinieron de la fiscalía. ¿La gente con la que hice la denuncia después de la sobredosis de Monica? ¿Lo recuerdas?
—Lo recuerdo.
Me sigue mirando y noto que su mandíbula empieza a temblar, mientras los ojos se le llenan de lágrimas.
—Está muerto —dice.
—Eh… ¿quién?
—David.
—¿David?
—David Jenner. ¿El tipo que nos quitó a Monica, que le robó el dinero y la dejó con un envase de pastillas para que sufriera una sobredosis? ¿El traficante atractivo, carismático, glorificado?
Intento sonar sorprendida.
—Claro que lo recuerdo. Intenté borrar ese nombre de mi cabeza.
Suspira.
—Yo también. Además, ni siquiera era su verdadero nombre. Suponíamos que usaba una identidad falsa.
—Cierto.
—Se llamaba Nicholas Caracci —dice Adam—. Se suicidó.
—Se suicidó, ¿eh?
Adam menea la cabeza.
—Parece que intentó hacerle lo mismo a una chica en Chicago. Pero… algo salió mal. No sé.
Apoyo una mano sobre su hombro.
—¿Y cómo te sientes?
—¿Cómo me siento? Quiero que me devuelvan a mi esposa, así me sien…
Se derrumba, algo que no hace a menudo. Se tapa la cara con las manos y llora, sin contenerse. Le acaricio la espalda y espero que las chicas no estén mirando.
—Las cosas que le dije —balbucea.
—Adam, por favor.
—Cuando se fue. Cuando había tenido una recaída, acostándose con un tipo guapo que le daba las pastillas como si fueran dulces. Le dije que no se acercara a las niñas.
—No tuviste otra opción.
—Le dije que no quería que vieran que su madre era una puta adicta…
Lo abrazo con más fuerza mientras llora desconsoladamente.
—Tenías que proteger a las niñas —susurro—. Intentaste ayudarla y lo habrías hecho. Ella también habría intentado salir. Pero él usó las drogas para arrastrarla al lado oscuro. La convirtió en alguien que no era. No podías dejar que las niñas la vieran así.
Yo también recuerdo esos tiempos. Hablar con Monica todos los días, atender las peticiones urgentes de Adam.
Debería haber hecho más. Pero yo también estaba demasiado atrapada en mi propia adicción.
Y estaba fuera de mí. Nunca había tenido que aconsejar de ninguna manera a mi hermana mayor, la exitosa.
—La habría apartado de eso —dice con la voz rota.
—Lo sé.
—Después él le robó y desapareció, y ella se quedó casi en la miseria, rodeada de suciedad y desperdicios. La habría traído de vuelta, la habría ayudado a rehabilitarse, y podríamos haber… Sé que podríamos…
—Lo sé, Adam, lo sé. Pero nada de esto fue culpa tuya.
Eso parece ayudar. Adam no tiene a nadie con quien hablar sobre estas cosas, sobre su culpa. No tiene ningún grupo como Supervivientes del Suicidio, ningún terapeuta. Un tipo como Adam nunca aceptaría algo así.
Yo sí tuve a alguien. Yo tuve a Simon. Él me escuchó.
Escuchó todo lo que tenía que decir. Me escuchó hablar sobre la hermana que amaba más de lo que creía después de su muerte, y de cuánto amaba a estas dos niñas.
No me juzgó cuando le conté por qué me había mudado a Chicago, que había contratado a un investigador privado para encontrar a Nick, y que estaba esperando que regresara a la ciudad para matarlo.
Intentó convencerme de que no lo hiciera.
Me dijo que no resolvería nada. Me dijo que ya estaba limpia, estaba sobria, y debía concentrarme en empezar una nueva vida y pasar tiempo con las niñas.
Me propuso matrimonio y me habló sobre formar una familia.
Pero, incluso cuando lo rechacé, nunca me abandonó.
Me dijo que debía dejar ir todo eso y salir adelante, que eso era lo que él había hecho con Lauren.
Que él la había dejado atrás. Y yo debía hacer lo mismo con Nick.
Pero no me juzgó cuando le dije que no podía hacerlo, que no podía dejar ir a Nick. Me ayudó a hacer las maletas y mudarme a Delavan, a alejarme tanto como fuera posible de Chicago, para que nadie pudiera vincularme con Nick ni con Chicago cuando lo matara.
Y estaba lista para hacerlo. Estaba esperando que llegara el verano y, entonces, volvería a Chicago, según mi plan original, me encontraría con Nick en un bar, esperaría que me llevara a su casa. Y si eso fallaba, buscaría otra manera.
Pero entonces Simon vio a Lauren en mayo y mi pequeño plan de degollar a ese monstruo se transformó en algo mucho más elaborado. Un plan para que ambos pudiéramos encontrar algo de paz.
¿La encontramos? ¿La encontré?
—Adam —digo con suavidad—. Macy tiene muchas ganas de enseñarte sus nuevos pendientes. Todavía tienes dos hijas hermosas.
—Lo sé, lo sé —repite, secándose las lágrimas y recuperando la compostura. Respira hondo y me mira—. Está bien. Es que todo vino de golpe… Estoy bien. Lo siento.
—No tienes que disculparte.
—¿Quieres saber algo? —pregunta—. Y que conste que esto no se lo contaría a nadie.
—Dime.
Respira hondo una vez más y me mira.
—Me habría gustado ser yo quien lo matara. En serio.
Entrelazo mi brazo con el suyo. Volvemos a la casa y Macy está esperando dentro junto a la puerta, saltando sin parar.
—Sé lo que se siente —digo.