Caerás en mi trampa Capítulo 101
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Capítulo 101

Simon

Viernes por la noche. Estoy atrapado en mi casa.

Esperando, por si aparecen con una orden de registro.

Aterrado de hacer algún movimiento en falso.

Pensando en Vicky. Esperando un poco más.

Asustándome con cada sonido, sobresaltándome con cada sombra.

Deambulando por toda la casa sin poder dormir, intentando mantenerme ocupado escribiendo una entrada para el blog sobre una nueva decisión en circunstancias apremiantes de un tribunal de apelaciones de Texas.

La puerta de un coche se cierra cerca. Estoy quieto en mi escritorio, escuchando.

Pisadas frente a mi casa. La luz del porche se enciende con el sensor de movimiento.

El timbre no suena. No llaman a la puerta.

¿Quién está ahí fuera?

Bajo hacia la puerta y la abro. En el umbral está la sargento Jane Burke, sin expresión alguna, con un bolso colgado del hombro.

Abro la mosquitera.

—Un poco tarde para una orden de registro, ¿no?

—No vine a registrar tu casa —dice, pasando junto a mí y entrando al vestíbulo.

—Creo que no te he invitado a pasar, Jane.

—No soy un vampiro.

—No, eres una policía. Una que no tiene derecho a entrar a mi casa sin consentimiento o sin una orden judicial.

Cruza la sala y entra a la sala de estar.

—Simon, puedes tomar la Cuarta Enmienda y metértela por el culo.

Entro a la sala, pero no me siento.

—¿Puedo citar tus palabras?

Se sienta y empieza a hurgar en su bolso.

—Te he traído algo —dice.

Saca una botella de champán y dos copas de plástico rojas, y las deja sobre la mesa baja.

El champán es Laurent-Perrier, Ultra Brut. Nunca entendí qué significa eso. ¿Es diferente a “más o menos brut”? ¿Un poco mejor que “bastante brut”?

—¿Qué estamos celebrando? —pregunto.

Hace una mueca.

—Una botella de champán de esa misma marca con dos copas rojas de plástico, de las más baratas, se encontraron en la escena del crimen de tu padre.

—No me viene a la memoria la marca —digo—, pero sí recuerdo que lo golpearon en la cabeza con…

—Ay, Simon, Simon, Simon. —Suspira—. Dime, ¿qué clase de persona guarda una botella de champán vacía durante años, esperando el momento adecuado para llevar a cabo su venganza?

—No sé, Jane…

—Una botella de champán que tu padre y Lauren compartieron. Seguro que te molestó bastante. Igual que las copas. Las guardaste durante años, Simon, esperando el mejor momento para ir hasta San Luis y golpear a tu padre en la cabeza antes de apuñalarlo.

—¿El mejor momento? —pregunto—. ¿La semana de mis exámenes finales era el “mejor momento” del que hablas?

Agita un dedo frente a mí.

—Tuve una bonita charla con el padre de Lauren, Al Lemoyne —dice—. Lauren volvió una vez mientras vivía en París. Se quedó aquí dos semanas para celebrar los treinta y cinco años de casados de sus padres.

—Qué tierno —comento.

—Sí, qué tierno. Los padres de Lauren se casaron el 18 de mayo de 1975. Así que su trigésimo quinto aniversario fue el 18 de mayo de 2010.

Abro las manos.

—¿Y bien…?

Me clava la mirada.

—Lauren se quedó en Chicago esa semana hasta después del Día de los Caídos. Ese año, el Día de los Caídos cayó el 31 de mayo, Simon. El 31 de mayo de 2010. Sabes lo que significa.

—Creo que no.

—¿Me vas a hacer decirlo a mí?

—Me temo que sí, Jane. No te sigo.

—Sí, claro que me sigues. Tu padre fue asesinado el 27 de mayo de 2010. Lauren estaba en Chicago cuando eso ocurrió.

—Guau —digo.

—Sí, guau. Al menos, podías intentar sonar un poco más sorprendido.

—Ey, Jane, ¿sabes qué deberías hacer?

Inclina la cabeza fingiendo curiosidad.

—¿Qué debería hacer, Simon?

—Deberías buscar las huellas de Lauren. Quiero decir, asumo que excluyeron algunas huellas cuando la encontraron muerta.

—Claro, Simon. Claro que lo hicimos.

—Entonces, deberíais ver si coinciden con las de la botella de champán que se usó para atacar a mi padre.

Jane se levanta del sofá.

—¿Debería hacer eso, Simon? ¿Debería?

—Sí, creo que sí —respondo—. Quiero decir, si yo soy capaz de conducir hasta San Luis y matar a Ted, no veo por qué Lauren no sería capaz de hacer lo mismo. Y ella no tenía ningún examen final por el que preocuparse, ¿no?

—Claro, Simon. Totalmente. De hecho, analizamos sus huellas. Y, sorpresa, sorpresa, la botella de champán tiene las huellas de Lauren.

—Qué… genial. ¡Caso cerrado! ¡El asesinato de San Luis está resuelto!

Le gusta eso. Una sonrisa amarga.

—Todos se preguntaban por qué habrías esperado tanto para matar a tu padre.

¿Por qué habrías esperado a la semana de los exámenes finales para conducir hasta San Luis y matar a tu padre?

Pero resulta que no elegiste esa fecha por los exámenes, sino porque Lauren Lemoyne había regresado a los Estados Unidos.

Me encojo de hombros.

—Te aseguro que no sé de qué hablas. ¿Cómo iba a saber que Lauren había regresado?

—Facebook, por supuesto. —Busca una hoja en el bolsillo y me la entrega.

Asumo que es una página del perfil de Facebook de Lauren.

Bueno, de hecho, lo sé, porque recuerdo haber leído esa publicación del 12 de mayo de 2010: ¡No puedo estar más contenta de volver a Chicago la semana que viene para celebrar los 35 años de casados de mis padres!

¡Pasaré el Día de los Caídos en el Drake!

Le devuelvo la hoja sin expresión. Jane Burke es una excelente detective. Pero si está aquí, significa que perdió la batalla.

Se me acerca.

—Solo para que lo sepas… Sé la verdad. Sé que tú hiciste todo esto. Tu padre, Lauren y Nick Caracci. Y vas a salir libre de toda esta maldita mierda.

No me mira al pasar junto a mí hacia la puerta.

—Ey, ¿Jane?

Se vuelve.

—Grace Village tiene una excelente detective en la policía —digo.

Me mira sin inmutarse.

—Si viniera de cualquier otra persona sobre la faz de la tierra, lo tomaría como un cumplido —dice.