Capítulo 99
Jane
—¿Qué? ¿Qué? —grita Jane al teléfono.
—No mates al mensajero —dice Don Cheronis—. Viene de la oficina del comisario; van a su propio ritmo. Les dije que esperaran, pero no les importa lo que yo quiera.
—Bueno, debería importarles un poco.
—La verdad es que no.
—Bueno, ¿te resististe, Don?
—Yo… Jane, tienes que entender…
—Les hiciste caso, ¿verdad?
Suicidio. El médico forense del condado de Cook va a firmar la muerte de Nicholas Caracci como suicidio. Y Cheronis no se resistió porque tampoco está en desacuerdo.
Bonita manera de empezar un viernes.
***
El jefe Carlyle está sentado, impávido, con las manos entrelazadas, detrás de su escritorio, mientras Jane le informa las últimas novedades.
—Todo esto que me cuentas es interesante —dice—, pero no nos sirve como prueba.
No prueba nada. Sigues desestimando las pruebas sólidas que tenemos contra Nick Caracci, básicamente diciendo que es todo un montaje, que es demasiado oportuno, y eso es algo que se podría decir de la mayoría de los crímenes resueltos por las fuerzas del orden en toda la historia del país.
Y después te aferras a sospechas que tienes sobre Simon Dobias, pero que ni siquiera pueden ser consideradas una prueba.
Solo son suposiciones, posibilidades… ¿qué tal esto?
, ¿qué tal aquello? Y ahora me traes a esta tal “Vicky Lanier”, pero no sabes nada sobre ella, salvo que, número uno, se acostaba Nick en su oficina y, número dos, Simon Dobias reaccionó de manera extraña al escuchar su nombre.
Incluso dudas de que “Vicky Lanier” sea su verdadero nombre.
Rayos, acaban de desenterrar a una Vicky Lanier en… ¿dónde era?
—Virginia Occidental —responde Jane—. Jefe, entiendo que todavía no tenemos pruebas contundentes. Solo…
—Mucha gente coincide en que sí tenemos pruebas contundentes desde que encontramos el cuerpo de Nick Caracci. El tipo es un estafador que ataca a mujeres ricas, infelices en sus matrimonios. Lauren Betancourt era rica y era infeliz en su matrimonio.
—Jefe, si hubiera estado ayer en esa casa con Simon Dob…
—Jane, ya te he escuchado. Tú y Andy sois buenos policías y algo os hizo saltar las alarmas cuando hablasteis con él.
Parece sospechoso. Daba la impresión de estar a la defensiva, como si estuviera ocultando algo.
Pero ¿cómo esperabas que reaccionara? Sabe que va a ser sospechoso por la muerte de Lauren.
Además, ya lo acusaron de asesinar a su propio padre.
Y ya sé que no hubo una sentencia formal, pero sabes a lo que me refiero.
Así que sí, es obvio que va a estar a la defensiva y va a ser hostil.
—Fue más que eso.
—Bueno, pero sabes a lo que me refiero. Estamos a punto de resolverlo, Jane.
Y no quiero estirarlo demasiado tiempo. Tengo a seis administradores y un presidente del barrio que me llaman o me escriben a cada rato.
Y estuviste en la reunión del comité de emergencia.
Esto no es Chicago. Este es un vecindario bonito y tranquilo donde la gente se pone muy triste si matan a alguien.
No es algo que se suponga que pueda pasar aquí.
Por eso viven aquí. Entonces, cuando pasa algo así, necesitan saber que vamos a resolver el caso rápido.
Pero, en cambio, lo único que escucho son frases como “son todos unos novatos” y “muchos policías inútiles”.
Esta gente cree que estamos desbordados.
Uno de los administradores dijo algo sobre traer al FBI…
—Ay, por Dios, solo es viernes por la mañana, maldita sea —dice Jane con brusquedad—. Encontramos el cuerpo el martes por la mañana. ¿Qué le pasa a esta gente?
—Jane, entiendo todo lo que dices, pero creo que tenemos que seguir este rumbo.
Con todas las pruebas que hay en contra de Nick Caracci, y ahora incluso con la hipótesis del suicidio confirmada, ¿qué fiscal aprobaría presentar cargos contra Simon Dobias?
Un buen abogado defensor, que sin duda puede pagar, nos va a hacer pedazos.
No me digas que estoy equivocado. No podrías condenar a Simon Dobias ni en un millón de años.
Jane junta las manos y respira hondo.
—Al menos esperemos las huellas. Deberíamos tenerlas hoy. Sea quien sea esta tal “Vicky Lanier”, quizás encontremos sus huellas. En la escena del crimen de Nick Caracci, en la de Lauren. Joder, tal vez incluso en la de Ted Dobias.
El jefe se reclina en su silla.
—¿Ahora crees que mató al padre de Simon?
—No me hable como si me hubiera vuelto loca, jefe.
Se encontraron huellas no identificadas en la botella de vino que se usó para golpear a Ted Dobias en la cabeza.
Y también un vaso con ADN de mujer. Creemos que Simon asesinó a su padre, ¿no?
Bueno, quizá tuvo un poco de ayuda. Quizá sea la misma persona que lo ayudó esta vez.
Quizá no. Solo esperemos las huellas. Las huellas no mienten.
Y si tenemos una coincidencia, entonces, quizá podamos saber quién es esta mujer que se hace llamar “Vicky Lanier”. Y si no, que así sea.
—No hay ninguna razón para no esperar las huellas, jefe —agrega Andy.
—Está bien, esperaremos las huellas —concede el jefe, levantando las manos—. Y cuando las tengáis, venid a verme.
Jane y Andy salen de la oficina.
—No se equivoca, Jane —dice Andy por lo bajo—. Quizá se siente asfixiado por la presión política, pero tiene razón. Nunca vamos a poder presentar cargos contra Simon cuando todas las pruebas apuntan a Nick Caracci.
—Esperemos las malditas huellas —dice ella—. Dame… Espera. —Mira su teléfono—. Brenda Tarkington me acaba de llamar del departamento de policía de San Luis. No he podido cogerlo.
—Llámala ahora mismo.
—En la sala de reuniones —dice Jane. El teléfono tiembla en su mano como si fuera la llave de su destino.
***
—Brenda, soy Jane Burke. Tengo a Andy Tate a mi lado.
—Deben de haber procesado las huellas de la escena del crimen —dice la sargento Tarkington con una voz robótica a través del altavoz—. Recibimos novedades del Sistema Automatizado de Identificación de Huellas Dactilares.
—¿Alguna coincidencia con vuestra escena del crimen?
—Sí, así es, sargento Burke.
Jane golpea la mesa.
—Cuéntame, Brenda, y, por favor, hazme feliz.