Caerás en mi trampa Capítulo 97
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Capítulo 97

Jane

En una sala de interrogatorios, una hora más tarde.

—Muchas gracias por venir, señor Lemoyne —dice Jane—. Espero que haya tenido un buen vuelo.

Albert Lemoyne, de sesenta y nueve años, es un tipo grande y avejentado, con un rostro rubicundo y ancho, y unos ojos hundidos e inyectados de sangre.

Miembro del sindicato de camioneros, con manos robustas que lo dejan bien en claro.

Tiene sobrepeso y está bastante envejecido, pero Jane puede ver en él a un hombre que, en su día, debió de haberle llamado la atención a más de una mujer.

Tiene la piel curtida por el sol; ahora vive en Scottsdale.

—Volé a casa para enterrar a mi hija —dice—, así que no, no fue tan bueno.

—Claro. Fue…

—¿Lo encontraron? ¿Ya saben quién lo hizo?

—Creemos que estamos cerca, señor Lemoyne.

—Mierda, llámame Al, todos me llaman así.

—Bueno. Necesito hacerle algunas preguntas sobre su hija, Al.

—¿No me hiciste suficientes preguntas cuando me llamaste el martes?

—Solo algunas más, señor —dice Jane.

***

—Sabía que se estaban divorciando —dice él—. No dejaba de asegurarme que estaba bien, que estaría bien. Ella no… no compartía mucho con su padre. Tenía más confianza con su madre.

Su madre, Amy Lemoyne, murió hace cuatro años de cáncer. Desde entonces, Al vive solo en la casa que Lauren les compró en Arizona.

—¿Sabía, Al, si Lauren había empezado otra relación?

Menea la cabeza.

—Pero dudo de que me lo mencionara a menos que fuera algo serio.

—¿Le suena el nombre Christian Newsome?

—No, para nada.

—¿Nick Caracci? ¿Vicky Lanier?

La misma respuesta para cada nombre.

—¿Qué hay de Simon Dobias?

Sus ojos se mueven con cierta brusquedad, como si estuviera incómodo.

—El muchacho —dice—. El hijo. El que la acusó de robar.

—Sí.

—¿Sigue viviendo por aquí?

—¿Por qué lo pregunta?

Cierra un puño y golpea suavemente la mesa.

—Se lo dije. Le dije: “¿Estás segura de que quieres volver al mismo lugar donde viven ellos?”, y me dijo que no sería ningún problema.

Quiero decir, cuando se mudó a Chicago, le dije que estaba bien; es un lugar grande.

Pero luego conoce a Conrad y se muda a Grace Village, y se lo dije.

Le dije: “¿Estás segura, cariño? ¿Estar tan cerca de él?”, pero me respondió que el que le preocupaba era el padre y estaba muerto. No le preocupaba el muchacho.

Jane levanta las manos.

—Necesito desentrañar eso. Cuando Lauren se casó con Conrad y se mudó a Grace Village, hace tres años, ¿estaba preocupado porque iba a vivir muy cerca de Grace Park, donde vivía la familia Dobias?

Asiente.

—Dijo que había mucha gente en estos barrios, así que las probabilidades de cruzárselo eran casi nulas, si es que siquiera vivía allí.

—Se refiere a Simon.

—Sí. El padre… ¿Ted? Se mudó a San Luis después de todo. Y luego creo que murió.

Jane levanta las cejas.

—El padre se mudó a San Luis “después de todo”. ¿Después de qué?

Su mirada se torna más severa, como si lo hubieran insultado.

—Ya sabes a lo que me refiero.

—Por favor, Al, necesito…

—Después de todo lo del dinero. Dijeron que ella le había robado el dinero.

Algo que ella no hizo. Ted se lo dio. No digo que fuera algo de lo que mi hija estuviera orgullosa, eso de salir con un tipo casado, pero solo tenía veinte años y él era mucho mayor.

Así que, ¿quién tiene la culpa? ¿Él o ella?

—¿Está diciendo que Ted Dobias le dio el dinero?

—Era uno de esos abogados oportunistas llenos de dinero.

Tenía de sobra. —No es verdad, pero parece que eso es lo que Lauren les contó a sus padres en aquel entonces.

En la versión que escuchó Al, Ted Dobias sacó unos buenos seis millones de dólares del bolsillo y se los arrojó como si fueran solo monedas, solo una parte de lo que tenía.

Pero Al no parece comprender que Lauren desplumó a la familia Dobias, les quitó todo el dinero que tenían en aquel entonces.

Quizás en el fondo sospecha otra cosa y defiende a su hija por instinto. O quizá siempre creyó lo que ella le contó. O quizá dieciocho años fueron suficientes para que se le mezclara la verdad con lo que quería creer. El tiempo y la sangre tienen una manera curiosa de jugar con la verdad.

De cualquier modo, Jane no va a romperle la ilusión ahora, cuando está atravesando un duelo.

—Demonios, tuvo que irse del país para alejarse de él.

—¿A dónde se mudó? —pregunta Jane, aunque ya lo sabe.

—París. Vivió un tiempo en París. Se mudó a otras ciudades, pero siempre se quedó en Europa, ya que era joven y tenía todo ese dinero. Pero París fue su hogar.

—¿Ella…?

—Ella creía que la estaba vigilando. Que la había seguido. Que la espiaba. Ese tipo de cosas.

—¿Quién?

—¿Quién? —pregunta—. Dobias. Ted Dobias. A veces, me decía que sentía que la observaban o la estaban siguiendo. Todavía seguía un poco resentido por lo del dinero.

—Se refiere a Ted Dobias. No a Simon.

—¿El muchacho? No mencionó al muchacho. Solo a Ted. Demonios, ¿cuántos años estuvo en Europa? Todo por ese tipo.

—Nunca regresó, ¿eh?

—No, ella… Bueno, solo una vez. Cuando Amy y yo celebramos treinta y cinco años de casados.

Ella organizó una fiesta para todos en el Drake, en el centro.

Tomó un vuelo y pasó algunas semanas aquí.

Reservó varias habitaciones en el hotel y mi hermano, Joe, y mi hermana, y sus hijos y algunos amigos del trabajo…

, todos pasamos la semana en el Drake. ¿En serio? ¿Fueron como dos semanas?

Jane asiente.

—Entonces, ¿Lauren estuvo en Chicago dos semanas?

—Sí.

—¿Alguna posibilidad de que se cruzara con Simon Dobias en ese entonces?

—No que yo sepa. Estuvo un tiempo en la ciudad. No la estuve vigilando ni nada por el estilo. Pero no mencionó haberlo visto. Ni a él ni a Ted.

—Bien. ¿Y cuándo fue esto, Al? ¿Cuándo ocurrió?

—Cielos… —Levanta la vista hacia el techo, entrecerrando los ojos—.

Nuestro aniversario es el 18 de mayo. Nos casamos el 18 de mayo de 1975.

Entonces… —Cierra los ojos—. Si mal no recuerdo, el año que vino a la ciudad para la gran fiesta, nuestro aniversario cayó a mitad de semana, así que la celebración fue el fin de semana siguiente en el Drake.

Y luego todos se quedaron una semana más, incluso el fin de semana largo por el Día de los Caídos.

—¿Incluso Lauren?

—Sí. Disfrutamos mucho estar con ella durante dos semanas. Pasamos mucho tiempo juntos.

—¿Y usted nunca vio ni oyó nada sobre Simon Dobias en ese entonces?

Se encoge de hombros.

—Nunca lo he visto. De hecho, no lo conozco. Nunca tuve el placer. Nunca hablé con él.

—Bien, bueno…

—¿Crees que el muchacho hizo esto? Si no, no lo mencionarías tanto. ¿Crees que Simon Dobias asesinó a mi hija?

Levanta una mano con calma.

—Tenemos que evaluar todas las posibilidades, señor Lemoyne. Supongo que puede entenderlo.