Capítulo 94
Simon
—Jane Burke. Guau. Me alegro de verte —digo.
Se ve exactamente igual que en el bachillerato: cabello rizado y enmarañado hasta los hombros, un rostro pequeño y redondo, una nariz chata, unas mejillas un poco rosadas.
Siempre me gustó. No la conocía bien, pero era de esas personas que le caen bien a todo el mundo.
Nos sentamos en la misma sala donde hablé con Gavin.
—Bonita casa —dice—. ¿Vives solo?
—Solo yo.
—Nunca te casaste, ¿eh?
—No, nunca me casé —respondo, dándome palmadas en las rodillas.
—¿No convives con tu novia? —pregunta—. ¿O tienes novia, aunque no vivas con ella?
—No, no estoy saliendo con nadie.
Asiente, como si fuera solo una conversación trivial. Pero no lo es.
—Bueno, empecemos —dice, aunque ya hemos empezado—. ¿Sabes por qué estamos aquí?
No puedo evitar sonreír.
—Jane, ¿has visto que cuando un oficial te detiene mientras conduces lo primero que te pregunta es “¿Sabe por qué lo detuve?”?
Siempre odié eso. Siempre me pareció una violación de la advertencia Miranda, de que te lean tus derechos.
Debería serlo si vamos al caso. No eres libre de irte y la pregunta está diseñada para que te incrimines.
—Siempre fuiste inteligente, Simon —comenta—. Siéntete libre de echarnos cuando quieras, por supuesto. Pero, si lo prefieres, puedo leerte tus derechos.
—Está bien. —Me reclino en el sillón—. Supongo que estáis aquí para hacerme algunas preguntas sobre Lauren Lemoyne. Leí sobre su muerte.
Esto es lo que pienso: si me hago el tonto, si me comporto como si no tuviera idea de nada, entonces, tendría que armar toda una escena mostrándome sorprendido cuando me diga que Lauren está muerta, y no soy tan buen actor. Soy un excelente director, claro, pero actor no.
—¿Sí? ¿Dónde lo leíste?
—En el Tribune .
—¿Y cuál fue tu reacción?
—Se podría decir que no lloré hasta quedarme dormido. Lauren y yo no compartimos una historia muy amigable. Estoy seguro de que ya lo sabéis, o no estaríais aquí.
No dice nada, solo me sostiene la mirada.
—¿Cómo murió? —pregunto—. El periódico decía que había sido en circunstancias sospechosas.
—No puedo compartir los detalles. ¿Cuándo supiste que Lauren había vuelto a la ciudad?
—Me pareció verla una vez la primavera pasada —respondo—. Abril, mayo, por esos meses.
—¿Dónde?
—En Michigan Avenue, en el centro. Pasó caminando delante de mí. Se parecía a ella, pero son casi veinte años.
—¿Hablasteis?
—No. Solo la vi. La miré una segunda vez, solamente para estar seguro. Cuando no ves a alguien durante casi dos décadas, es fácil confundirse. Pero se parecía mucho.
—Entonces, ¿qué hiciste?
Bueno, varias cosas: (1) fui corriendo a contárselo a Vicky; (2) empecé a planear con ella cómo matar a Lauren; (3) llegamos a la conclusión de que, si ella iba a hacerse pasar por mi “esposa” frente a Nick, él la vigilaría, así que tendría que fingir vivir conmigo, y (4) levanté una cerca para que pudiera entrar y salir por la puerta trasera sin que nadie la viera.
¿Te refieres a ese tipo de cosas, Jane?
—Bueno, más tarde ese día, después de verla, la busqué en Facebook —respondo—. Y la encontré. Decía que estaba viviendo en Grace Village.
Si las cosas se complicaran demasiado, podrían revisar mi ordenador del trabajo y, en caso de que un equipo forense lo analice a fondo, van a confirmar que la busqué. Es mejor que yo comparta esa información voluntariamente.
Fue un error buscarla en mayo. Pero cuando la vi, estaba tan sorprendido que no podía creerlo. No estaba pensando en matarla. Eso vino después, tras algunas conversaciones con Vicky.
—Entonces, ¿te comunicaste con ella?
Inclino la cabeza.
—¿Qué? ¿Con Lauren?
—Sí, te…
—No, no me “comuniqué con ella”. ¿Por qué lo haría? Es la última persona con la que habría querido hablar.
No tengo por qué ocultar mi hostilidad hacia Lauren. Una persona inocente tampoco lo haría, en ninguna circunstancia.
Y técnicamente mi respuesta es verdad. No me comuniqué con ella y es la última persona con la que habría querido hablar.
—¿Todavía eres miembro del club de campo de Grace Village?
—Sí, por herencia.
—¿Cuándo fue la última vez que estuviste ahí?
—Hace años —respondo—. Muchos muchos años.
—¿Volviste después de que Lauren se asociara?
—No sabía que Lauren era miembro —digo—. Y no sé desde hace cuánto estaba en la ciudad.
Buen intento, Jane.
—Sus amigas nos dijeron que iba al club casi todos los días —comenta—. Tenis, golf, almuerzos.
—Me alegro por ella —digo.
—¿No hablaste con ella desde que regresó a Grace Village?
—No, para nada.
—¿Estuviste dentro de su casa?
Río.
—Jane, vamos.
—¿Es un “no”, Simon?
—Es un “no”.
—Entonces, ¿solo dejaste pasar el hecho de que ella volviera? Esta mujer le robó todo el dinero a tu familia y básicamente provocó la muerte de tu madre.
—Sí, soy bien consciente de lo que hizo Lauren, créeme. No es algo que me guste recordar.
Levanta las manos.
—Tienes razón. Lo siento. Es solo que debo prestarle atención hasta al último detalle, ¿lo entiendes?
—Entonces, préstale atención hasta al último detalle y terminemos con esto.
—De acuerdo. Lo haré. Solo para que me quede claro… —Junta las manos y las inclina hacia mí—. ¿Nunca pusiste un pie dentro de la casa de Lauren Betancourt?
—Correcto. —Mis manos están firmes. Mis rodillas están firmes. Mis pies están firmes. No tengo los brazos cruzados.
—Entonces, no deberíamos encontrar tus huellas dentro de la casa.
—No se me ocurre cómo podrían encontrar mis huellas allí. —También verdad. Usé guantes todo el tiempo cuando estuve en la casa. Al igual que Christian, asumo, al menos por lo que vi—. Pero sentíos libres de buscarlas. Si necesitáis una muestra de mis huellas, estoy dispuesto a dárosla.
—No es necesario.
—No es ninguna molestia. En serio. Si lo necesitáis, también una prueba de ADN. El combo completo. Podemos ir a la comisaría ahora mismo…
—Ya tenemos tus huellas, Simon. Y tu ADN.
Su compañero, Andy Tate, levanta la vista de las notas que está escribiendo, como si le sorprendiera que Jane acabara de revelarme eso.
—Ah... Ah, está bien —Me reclino hacia atrás—.
El departamento de policía de San Luis, ¿verdad?
Por supuesto, lo entiendo. Bueno, supongo que creéis que ya lo tenéis todo resuelto, entonces.
Yo maté a mi padre y luego, años más tarde, maté a Lauren.
“La venganza es un plato que se sirve frío”. ¿Esa es la idea?
—Asumo que no llamaste a tu terapeuta la mañana siguiente a Halloween, Simon —dice ella.
Junto las manos, como si aplaudiera despacio.
—¿De verdad creéis que fui yo? —pregunto—. ¿Creéis que maté a Lauren?
—Creo que eres un tipo muy inteligente que se toma su tiempo antes de hacer algo —responde.
—Por alguna razón, no creo que eso sea un cumplido.
¿Cómo de lejos han llegado? Hoy es jueves. Tercer día de investigación. ¿Ya encontraron el cuerpo de Nick?
—¿Conoces a alguien llamado Christian Newsome? —pregunta.
Ahí está la respuesta a esa pregunta.
—No.
—¿Y a Nick Caracci?
—No.
—¿Puedo preguntarte qué número calzas, Simon?
—¿Qué número… calzo? —Lo mejor que puedo hacer es mostrarme sorprendido por esa pregunta—. Ah, bueno… un cuarenta y dos y medio o cuarenta y tres.
¡No cuarenta y cinco!
—¿Pasas mucho tiempo en la zona de Bucktown y Wicker Park? —pregunta.
—Ya no tanto. Pero suelo correr por toda la ciudad. Y, sin duda, a veces corro por esa zona. Voy alternando.
—¿Estuviste por ahí recientemente? Por la zona de Milwaukee, Damen y North. Más o menos por esa zona. ¿Cuándo fue la última vez que estuviste ahí?
—No… no recuerdo.
—¿La última semana? Supongo que te acuerdas.
—No recuerdo haber estado por ahí esta última semana —respondo—. Es posible. Si hubiera sabido que sería importante, lo habría anotado en un cuaderno o algo así.
(Me gusta divertirme, aunque sea un chiste solo para mí).
—¿Corres mucho, Jane?
—¿Yo? ¿Ahora? No. El único ejercicio que hago es pensar.
Sonrío.
—Entonces, debes de estar haciendo bastante ejercicio en este momento.
Inclina la cabeza un poco.
— Touché . Pero, Simon, en Wicker Park… Mencionaste que corres por ahí. ¿No te detienes por la zona? No sé, ¿a pasar el rato? ¿Beber una cerveza? ¿Nada por el estilo?
—Corro por ahí, pero no me detengo a beber una cerveza.
—Pero ¿te detienes en algún momento? —pregunta—. No sé, digamos, ¿cerca de North y Winchester? ¿O quizá Wabansia y Winchester?
—No conozco Winchester —digo—. Conozco North Avenue. Y sé que Wabansia queda por ahí cerca.
—¿No conoces Winchester?
—No. ¿Es una calle lateral?
—¿Nunca te detuviste cerca de Winchester, entre Wabansia y North, y enviaste mensajes desde un teléfono desechable?
—Guau —digo—. Eso es muy específico. Parece que tenéis toda una hipótesis armada. ¿Cuál es?
—Es solo una pregunta, Simon.
—Claro que no. Quieres que sepa que tenéis una hipótesis. Bueno, vamos, escuchémosla. ¿Qué hice yo como la mente criminal maestra que soy? —Me inclino hacia delante en el sillón, hacia ella—. ¿Adulteré mi propio Gatorade?
Espera.
—Os juntáis con esos policías de San Luis —agrego— y, tarde o temprano, me vais a acusar de secuestrar al bebé Lindbergh. ¿También asesiné a JFK y culpé a Lee Harvey Oswald?
Parece que ya dejamos atrás la farsa. No puedo saber todo lo que ella sabe, pero, si llegó tan lejos como Nick, tiene una hipótesis bastante sólida del caso que me deja fuera de sospecha.
Presiento que encontraron la mitad del juego de aseo personal de Nick en la casa de Lauren y las otras piezas en su casa.
Y sé que ya revisaron el historial de localización de los teléfonos, lo que explica las preguntas sobre los mensajes desde un teléfono desechable cerca de Winchester, donde vivía Nick.
Las pruebas apuntan en la dirección opuesta a mí.
Y, aun así, Jane está segura de que tiene al culpable frente a sus ojos. Siempre me pareció una chica inteligente.
—¿Alguna vez estuviste en el apartamento de Lauren en Michigan Avenue?
—No.
—¿En la esquina de Superior y Michigan?
—No fui a su apartamento —digo. Es bastante cierto. Nunca entré a su apartamento.
—Me imagino que sabes que hay cámaras en todo el edificio.
Lo sé. Y fui una vez, solo al vestíbulo, cuando la vi por primera vez en mayo.
Una estupidez, pero lo hice. No se lo mencioné a Jane, pero sí le dije que la vi en Michigan Avenue, así que, si las cámaras del edificio guardan material hasta mayo y me ve de pie en el vestíbulo durante cinco segundos, solo diré que no contradice mi versión.
—Nunca fui al apartamento de Lauren —repito.
Sonríe.
—¿Y estás seguro de que nunca entraste a su casa de Grace Village? ¿En Lathrow?
—No estuve en su casa. Creí que eso había quedado claro.
—¿Y la noche de Halloween? —pregunta—. ¿Dónde estabas?
—Aquí mismo. Repartiendo dulces.
—¿Hasta qué hora?
—Hasta… que terminó —digo—. De hecho, se me acabaron los dulces. Siempre es un dilema, ¿no? ¿Cuántos comprar? Si compras pocos, se te acaban enseguida. Si compras muchos, quedan juntando polvo en la despensa todo el invierno y terminas comiéndotelos. Es un verdadero dilema.
Practiqué esa línea. Estuve ensayando para esta conversación desde Halloween. Me gusta el tono, con esa cuota justa de sarcasmo. Pero al decirla ahora, en estas circunstancias, a medida que la temperatura desciende en la sala, suena forzada.
Puedo terminar con esto cuando quiera. Puedo terminar esta conversación y pedir un abogado. Solo necesito saber todo lo que saben. Necesito saber si están cerca de Vicky.
—¿Estabas solo? —pregunta Jane—. ¿O tu novia estaba aquí?
Sí, todavía sigue pescando.
—Estaba solo —digo—. No tengo novia.
—O novio —dice ella—. No quiero entrometerme en tu vida privada, pero sabes a lo que me refiero. Una persona especial.
—No tengo a nadie así en mi vida. Estuve aquí toda la noche de Halloween —repito, intentando mantener la voz firme—. Estaba viendo Netflix. Puedo probarlo con mi teléfono.
Jane asiente, como si le pareciera una gran idea.
—No esperaría menos de ti, Simon. Estoy segura de que incluso puedes decirme exactamente qué estabas viendo y contarme la trama.
— House of Cards —respondo sin entusiasmo.
Andy le toca el brazo a Jane.
—Me encanta esa serie. Es sobre un tipo que manipula a todos a su alrededor para que hagan lo que él quiere. También mata a algunas personas.
—¿Sabes qué es lo que me gusta de ver series en el teléfono?
—le pregunta Jane a Andy—. Presionas Reproducir y, cuando el episodio termina, el siguiente empieza solo.
Podrías dejar el teléfono ahí toda la noche, sin tocarlo, y se reproduciría uno tras otro, como si estuvieras haciendo una maratón de una serie.
Y el teléfono, claro, estaría conectándose a la torre de telefonía más cercana todo el tiempo.
—Claro, y si te interesa todo el tema del historial de datos de localización por antenas —dice Andy—, como si fueras un profesor de Derecho especializado en la Cuarta Enmienda y supieras todo sobre ese tipo de rastreo, sería una excelente coartada.
Y parecería que estuviste en tu casa toda la noche.
Jane asiente.
—Exacto. Pero, al final, ¿qué prueba eso? Nos muestra que el teléfono estuvo en casa toda la noche. No nos dice nada sobre tu ubicación. —Me mira—. ¿No es cierto, Simon?
—Vaya hipótesis que tenéis —digo—. Mi teléfono estuvo en mi casa toda la noche y, por lo tanto, yo no estuve en mi casa. Vais a llegar muy lejos si seguís así.
—Ah —dice Jane, agitando la mano—. Solo un obstáculo. Tenemos que seguir trabajando. Bueno, sargento Tate, creo que ya terminamos aquí, ¿no?
—Sí, diría que sí —responde él—. Solo nos queda hablar con una persona más.
—Perfecto —dice Jane—. Vayamos a hablar con Vicky.