Capítulo 93
Simon
—Permiso —dice Gavin, aunque necesito recordarme no llamarlo así. “Agente especial John Crane” es el nombre que me dio.
—Podemos sentarnos aquí —digo.
Lo llevo hasta la sala, la primera habitación que ves al entrar a la casa, según el diseño de mi madre.
Cuando era pequeño, no tenía permitido entrar a esta sala.
Casi nunca venía aquí. Mis padres solían hacer fiestas y terminar en esta sala bebiendo café y tomando el postre. Los muebles siguen exactamente igual.
El sofá es bastante duro, según recuerdo, así que lo dejo para él y me siento en uno de los sillones individuales, con su tapizado de terciopelo anticuado. O, quién sabe, quizá la moda siempre vuelve y ahora es la última tendencia.
—Entonces, dígame, ¿en qué puedo ayudarlo? —pregunto.
De cerca, Gavin es un poco más aterrador de lo que recordaba.
Lo vi en el balcón de Christian un par de veces, pero no le presté demasiada atención.
Tiene un cuello robusto, al igual que los hombros y el pecho, y sus ojos parecen los de un depredador.
Me recuerda, más que nadie, a ese luchador, Mitchell Kitchens.
—¿Conoce a un hombre llamado Christian Newsome, señor Dobias?
Levanto la vista, como si estuviera pensando.
—No, nunca he oído ese nombre.
—¿Y qué tal Nick Caracci?
Abro las manos.
—No.
—¿Lauren Betancourt? A ella sí la conoce, ¿verdad, señor Dobias?
No es muy bueno haciendo esto. Un verdadero agente del FBI, no alguien que finge serlo, habría hecho una pregunta abierta, un poco más inocente. Me daría la oportunidad de dar la respuesta incorrecta y así imputarme un cargo por mentirle a un agente federal.
—Se podría decir que la conocía —respondo.
—¿Por qué en pasado? ¿Porque fue asesinada recientemente?
Otra vez, Gavin, lo estás haciendo mal; no me des la respuesta; dame una cuerda para ahorcarme. (Perdón por la analogía).
—En pasado —digo—, porque no hablo con ella desde hace diecinueve años.
Gavin intenta mantener el semblante rígido del típico agente especial, pero se mueve con brusquedad, lo que me resulta gracioso, ya que está sentado.
—¿No habla con Lauren desde hace diecinueve años?
—Así es. Desde 2003. Se fue de la ciudad en 2004, pero la última vez que hablé con ella fue en 2003. Me enteré de que había regresado. Y también de su muerte, por supuesto.
Levanta un dedo. Parece que está poniéndose un poco pálido.
—Señor Dobias, sabe que es un delito mentirle a un agente federal.
Claro que lo sé. Y no estoy mintiendo. Bueno, tal vez sí hablé con Lauren cuando ya estaba muerta en su casa, pero no considero que eso cuente como “hablar” con ella. Dejando eso de lado, digo la verdad.
No intercambié una sola palabra con Lauren en diecinueve años, no desde el día en que me enfrenté a ella en el estudio, la mañana siguiente a descubrirla follando con mi padre.
—Señor Dobias, sabemos que tenían una aventura con Lauren —dice.
—¿Una qué? ¿Creen que tenía una relación con Lauren, precisamente con ella? Es la última persona en el mundo a la que me acercaría.
Todo verdad.
—Agente Crane —digo—, ¿hay alguna razón por la que crea que me acostaba con Lauren?
Claro que la hay. Todo lo que Gavin sabe lo sabe por medio de Christian.
—Leímos su diario íntimo, señor Dobias.
Bueno, técnicamente, Christian leyó el diario íntimo. Aunque yo prefiero llamarlo diario, a secas, pero no es momento para entrar en cuestiones terminológicas.
—¿Qué diario? —pregunto—. No tengo ningún diario.
Ese fue uno de mis mejores trabajos. Lleno de altibajos y melodrama, como la mayoría de los romances apasionados.
Y sí, usé algunas cosas que son verdad; como dicen, las mejores mentiras siempre tienen algo de verdad, ¿no?
Pero, en gran medida, fue ficción pura. Un amorío intenso y breve, mis dudas y vacilaciones, el embarazo de Lauren…
falso, falso, falso. Aunque, claro, necesario para Christian, repleto de detalles para hacerlo verosímil.
Gavin se inclina hacia delante.
—¿Niega que tenía un diario en el que escribía todo sobre su amorío con Lauren?
—Niego cada palabra de esa frase. No tengo ningún diario, agente Crane. Además, si me conociera, aunque sea un poco, sabría que preferiría beber cianuro a tener un amorío con Lauren Lemoyne. O Betancourt, lo que sea.
–Es… —dice Gavin, meneando la cabeza—. Es imposible.
—Si tengo un diario, entonces, muéstremelo —sugiero.
—No es así cómo funciona, señor Dobias.
—Vale, entonces, alguien debió de haber escrito muchas palabras en una página. Supongo que cualquiera puede decir cualquier cosa, ¿no le parece? No tiene por qué ser verdad.
Gavin se reclina hacia atrás. Intenta ponerse al día. Solo sabe lo que le contó Christian y Christian se tragó todo el cuento: anzuelo, línea y plomada.
Es casi cómico. Este tipo es un estafador, cómplice de otro de su misma calaña. Y, aun así, la posibilidad de que alguien los hubiera estafado a ellos parece no cruzárseles por la cabeza.
Este es el problema: es más fácil engañar a una persona que convencerla de que fue engañada.
—Estaba a punto de divorciarse de su esposa y dejarla por Lauren —dice Gavin, aunque con menos convicción. Empieza a darse cuenta de que está parado sobre un terreno más pantanoso de lo que esperaba.
Suelto una carcajada brusca y lo miro.
—¿Es una broma?
—¿No tenía pensado separarse de su esposa?
—Es absurdo.
—¿No está distanciado de su esposa en este momento?
Meneo la cabeza.
—No entiendo de dónde obtuvo esa informa…
—Entonces, ¿dónde está? —pregunta, fuera de sí—. ¿Dónde está su esposa, Vicky, desde Halloween? Porque estuvimos vigilando su casa, señor Dobias. Y desde la noche de Halloween, cuando Lauren Betancourt y Christian Newsome fueron asesinados, su esposa, Vicky, no ha regresado.
—Hay una buena razón para eso —digo.
—Ah, ¿sí? ¿Y cuál sería?
Llevo ambas manos a cada lado de mi boca, como si fuera a gritar: —¡No tengo esposa! ¡No estoy casado y nunca lo estuve!
***
El encuentro no está saliendo tan bien como Gavin esperaba. Lleva una mano al apoyabrazos del sofá, como si estuviera buscando un punto de apoyo.
—Vicky Lanier —dice, cerrando la mano con fuerza, visiblemente agitado.
—¿Vicky quién?
—Vicky… Lanier —repite, casi como una plegaria.
—Nunca he oído ese nombre.
—La mujer que vivía con usted —dice.
—Nadie estuvo viviendo conmigo. Nadie llamada Vicky ni nadie más. Soy soltero. Nunca estuve casado. Cielos, ni siquiera tengo novia.
Solía tener novia. Amo a Vicky Townsend. Le pedí que se casara conmigo una vez. Dijo que no. Se lo pedí una segunda vez. Dijo que no de nuevo. Decidió que era mejor que nos separáramos porque veía que yo quería el combo completo, matrimonio, hijos, y ella no. O, al menos, no conmigo.
Estos últimos meses, por más estresantes que hayan sido mientras planificaba todo esto, al menos disfruté que Vicky se quedara conmigo.
Siempre yendo y viniendo a oscuras, usando el garaje del callejón detrás de la casa y entrando al resguardo de la cerca de arbustos.
Me hizo feliz pasar tiempo con ella otra vez.
Me habría gustado que se quedara para siempre.
Pero lo que yo le ofrecía —compromiso, amor, devoción— no era suficiente para ella.
—Estuvo casado durante diez años, señor Dobias. Justo hoy, diez años exactos.
Pobre Gavin. Sigue intentando mantener la cabeza fuera del agua.
Hace diez años ni siquiera conocía a Vicky. La conocí hace tres años en Supervivientes del Suicidio, poco después de que su hermana, Monica, tuviera una sobredosis de oxicodona. Pero sí, Vicky le contó a Christian lo del aniversario de los diez años. Y yo exprimí cada detalle en el diario.
—Tuvimos acceso a una solicitud de nulidad de matrimonio —agrega.
—Me suena a otra falsificación, como el diario —digo.
—Vimos un acta de matrimonio.
—Probablemente otra falsificación, agente Crane. ¿Cómo de difícil sería falsificar un acta de matrimonio? Investígueme si quiere. Fíjese si figuro como casado en el condado de Cook.
—No es necesario que figure en los archivos del condado para estar casado —dice—. No si es un matrimonio que se celebró en el extranjero. —Sus ojos empiezan a ponerse vidriosos. Ira, probablemente.
—¿Un acta de matrimonio extranjera? Mierda, eso sería aún más fácil de falsificar.
Lo fue, de hecho. Solo descargué un documento con los espacios en blanco y edité el PDF. Me llevó alrededor de media hora. Vicky me ayudó. También me ayudó mucho con el diario. Me dio algunos detalles desde la perspectiva de una mujer.
Verás, este es el asunto: si eres un estafador como Christian y una mujer como Vicky aparece con un anillo en el dedo (el anillo de mi madre, por cierto), y dice que está casada con Simon Dobias, ¿por qué diablos Christian creería que está mintiendo?
¿Quién mentiría sobre algo así? Estaba tan ocupado intentando estafarla a ella que no se dio cuenta de que el objetivo siempre fue él.
—Tiene un… fideicomiso —asevera Gavin—. Más de veinte millones de dólares.
—Es verdad —digo, porque lo es.
La primera vez que Gavin encuentra terreno firme y consigue una respuesta que quería. Pero es solo una pequeña parcela de tierra.
—Y dice que su esposa no puede tocar el dinero hasta que haya estado casada con usted durante diez años.
También verdad. Gracias a mi padre. Es lo que nos dio esta idea a Vicky y a mí.
Teníamos que agregarle el factor de la urgencia al asesinato de Lauren, así que trabajamos hacia atrás.
¿Cuál sería una buena fecha para cometer un asesinato?
Halloween. Bien, digamos que nuestro décimo aniversario es justo después de Halloween.
Y digámosle a Christian justo antes de Halloween, démosle solo unos pocos días para que haga lo suyo y, si quiere el dinero, no tendría más remedio que matar a Lauren.
—Sabe bastante sobre mi fideicomiso —digo—. Es bastante perturbador.
—Hoy es su décimo aniversario —afirma.
—¿Sabe a qué suena? —pregunto sonriendo—. A que alguien estuvo llevando a cabo una estafa. ¿Alguna vez vio a esta tal “Vicky Lanier” que mencionó? Apuesto a que ni siquiera es su verdadero nombre.
No pude resistirme. Vicky me contó que Gavin estaba detrás de ella. Al parecer, también le dio una buena patada en las costillas.
—¿Qué es lo que me ocultas? —pregunta Gavin, que se levanta y se ubica frente al sillón donde estoy sentado, dominándome con su altura.
—No estoy ocultando nada —respondo—. Le estoy contando todo.
Mi teléfono suena. Gavin también lo oye. Lo cojo de la mesa baja que nos separa y miro la pantalla. Es Jane Burke.
—Perdone, pero tengo otra cita en… Parece que llegarán en unos minutos.
—Tendrá que cancelarla —dice, todavía de pie frente a mí.
—¿Cancelar una cita con la policía de Grace Village? —pregunto.
—La… ¿qué? —Da un paso hacia atrás.
—La policía de Grace Village —repito—. Quieren hablar conmigo sobre el asesinato de Lauren. Debería quedarse. Pueden comparar la información que tienen. Algo así como una cooperación entre agencias, ¿no cree?
Mantengo una expresión inmutable mientras él mueve los pies, inquieto, pensando rápido.
—O puede dejarme una tarjeta y se la entregaré a ellos —agrego—. ¿Tiene una tarjeta, agente Crane?
—Es… Preferiríamos mantener nuestra investigación por vías separadas —dice.
—¿Sí? Lo entiendo. En su caso, sin duda lo entiendo.
—¿Qué quiere decir? —pregunta.
Me levanto y me acerco a la ventana. Miro hacia la calle. Dicen que podría nevar más tarde.
—Significa que Nick estaba claramente superado por la situación —digo—. Y eso significa que tú también, Gavin.
—¿Qué has dicho? —Gira la cabeza—. ¿Cómo me acabas de llamar?
—Gavin Finley —digo—. El tipo que cree que va a conseguir diez millones de dólares de Vicky Lanier. Pero no, Gavin. No vas a ver ni un solo centavo. Ah, ahí están los detectives, deteniéndose justo en la puerta. —Me vuelvo hacia él—. Imagino que quieres usar la puerta trasera, ¿no?
—No sé… Esto no… —Aprieta la mandíbula—. Esto no ha terminado, imbécil.
—Claro que sí. ¿Quieres contarle todo a la policía?
Adelante. Nunca van a poder culparme de nada.
Ni a mí ni a esta “Vicky” fantasma, que, por Dios, te apuesto que estaba usando un nombre falso.
¿Diarios, actas de matrimonio y solicitudes de divorcio?
Nada de eso existe. Ya no. Pero creo que la policía estará bastante interesada en escuchar lo que tienes que decir, ya que sabes tanto.
Te van a mirar con lupa, Gavin. ¿Te entusiasma?
¿Que la policía revise todas esas pequeñas estafas financieras que llevas a cabo?
No lo creo. Decidiste arriesgarte con Vicky y conmigo, pero te salió mal.
Y considérate afortunado si no empeora. No tienes idea de los planes de contingencia que tengo en mente.
—Voy a… matarte, hijo de puta, si llegas a decir algo sobre mí. —Me muestra la pistola que lleva en la cintura, en caso de que no sepa que las pistolas pueden matar a las personas.
—Se están bajando del coche, Gavin.
—Ni una palabra sobre mí o estás muerto.
—¿Crees que no lo sé? No les voy a contar nada sobre ti.
No me serviría. Lo mejor que puedes hacer, Gavin, de ahora en adelante, es hacerte el tonto.
Si fuera tú, diría que no sabía nada de la vida social de tu amiguito Nick, ni que salía con una mujer casada, ni que se enamoró de ella y que ella le rompió el corazón.
Digamos que no hablaba mucho. Aunque podrías ayudarlos con la hipótesis del suicidio.
Christian estaba deprimido, tenía muchos cambios de humor, a veces era un poco dramático.
Ya sabes…, ese tipo de cosas ayudarían. Depende de ti. Eres inteligente.
Me apunta con un dedo, pero ya no tiene la amenaza para respaldar ese gesto.
—Están acercándose, Gavin. Si fuera tú, me iría enseguida. Por la cocina.
Gavin se marcha a toda prisa. Abre la puerta trasera y desaparece. Al menos podría haber cerrado la puerta.