Caerás en mi trampa Capítulo 92
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Capítulo 92

Jane

Jane Burke y Andy Tate están sentados en una sala de interrogatorios junto a la sala de los detectives del departamento de policía de Chicago del Distrito Catorce a las diez de la mañana.

—Nicholas Christopher Caracci —dice Jane, revisando algunas páginas—. También conocido como Collin Daniels, Richard Nantz, David Jenner… —Cierra el archivo.

—Christian Newsome —agrega el sargento Don Cheronis—.

Un estafador. Siempre elegía mujeres casadas con mucho dinero.

Las seducía, lograba que se divorciaran de sus esposos, las convencía de que recibieran el dinero en un único pago y después les robaba lo que obtenían de los acuerdos de divorcio.

Iba de un lado a otro, cambiando de identidad.

—Entonces…, ¿qué? —pregunta Andy—. ¿Eligió a Lauren y terminó enamorándose de ella? ¿Y, cuando lo dejó, se volvió loco?

Jane se encoge de hombros.

—Es una posibilidad. Hay muchas posibilidades. Pero no por eso son ciertas.

—Sí, pero, Jane…

—Dije que es posible, ¿vale? —responde ella.

***

El sargento Don Cheronis presiona Reproducir en el ordenador.

Jane y Andy se quedan detrás de él y observan.

El vídeo, una imagen granulada en blanco y negro, muestra un taxi que se detiene en la intersección de North, Milwaukee y Damen Avenues en Chicago. Por la puerta derecha del vehículo, sale una persona disfrazada de la Parca.

—Ahí —dice Dembe Abimbola, un taxista que dejó su trabajo de contable en Nigeria para mudarse a los Estados Unidos hace dieciocho meses—. Es mi taxi. Ese es el tipo.

—Era un hombre —dice Jane.

—Sí, sí.

—¿Hablaste con él?

—Solo repetía lo mismo: “La cagué. La cagué”.

—¿“La cagué”? —repite Jane. El hombre tiene un buen dominio del idioma, aunque con un acento bastante marcado, con tendencia a exagerar las vocales.

—Sí. Eso. Le pregunté si necesitaba algún medicamento, un médico, si estaba bien. No dijo nada… solo que no. “La cagué” es lo único que dijo.

Jane reproduce el resto del vídeo. Estas estúpidas cámaras de seguridad de la ciudad, por desgracia, no apuntan a un único lugar, sino que giran.

Por eso no captan todos los movimientos de la Parca.

Cuando la cámara vuelve a encuadrar la escena anterior, lo único que se ve es la espalda de la persona disfrazada, caminando hacia el este por North Avenue, en dirección a Winchester, donde vivía Christian Newsome… o, bueno, Nicholas Caracci.

—¿Pudo verle la cara? —pregunta Jane.

—Vi lo mismo que ustedes. —Abimbola señala la pantalla y la persona encapuchada—. No le vi la cara, no. Yo conducía.

Cheronis mira a Jane.

—¿Algo más? —pregunta.

Jane dirige esa pregunta a Abimbola.

—¿Recuerda alguna otra cosa, señor?

—Me dio una buena propina —responde.

—¿Eh?

—Me dio cien dólares. El viaje costó, no sé, veinticinco dólares. Nunca olvidas a los que dejan buenas propinas.

Jane mira a Andy.

—Me imagino —dice.

***

Jane y Andy están de regreso en la sala de operaciones del departamento de policía de Grace Village, comiendo sándwiches calentados en microondas, bien pasada la hora del almuerzo, mientras leen el archivo del FBI sobre Nicholas Caracci.

El teléfono de Jane suena. Reconoce el número y activa el altavoz.

—Llegaron los resultados de toxicología —avisa Cheronis con una voz un tanto estridente—. Caracci llevaba unas cuantas copas encima y cuarenta miligramos de diazepam en sangre. Una dosis promedio ronda los diez miligramos.

—¿Suficiente para una sobredosis? —pregunta Jane.

—Es posible. El médico forense dice que, para alguien de su tamaño, quizá sí, quizá no. Pero sí es suficiente para dormirlo y dejarlo bastante atontado en poco tiempo.

—Diazepam —repite Jane—. O sea, Valium.

—Sí, un relajante bastante común.

Jane mira a Andy.

—Droga en sangre —dice ella—. ¿Te suena de algún lado?

***

—Aquí tienen —dice el encargado de la torre Grant Thornton, un hombre eficiente de traje oscuro—. ¿Prefieren que los espere aquí o quieren llamarme cuando terminen?

—Le avisaremos cuando terminemos —responde Andy.

Están dentro de la oficina de Newsome Capital, la 1320. El lugar no se ve como si estuviese preparado para recibir visitas.

—Parece que nuestro amigo Nick tenía en mente hacer un viaje —comenta Andy.

El lugar había sido vaciado. En el escritorio de la recepción hay marcas cuadradas de polvo, al parecer, donde había un monitor.

Debajo, hay un cable de corriente suelto.

La alfombra tiene una marca bastante profunda, rectangular, quizá de la torre del ordenador o el disco duro.

Los archivadores que se encuentran detrás de la recepción están abiertos y completamente vacíos.

—El ordenador no está, los archivos tampoco —dice Andy—. Borró todo rastro de él.

—O de alguien más —apunta ella—. ¿Te parece que alguien que piensa suicidarse se preocuparía por todo esto? O sea, ¿por qué le importaría que descubriéramos sus estafas o cualquier cosa relacionada con Lauren si después piensa volarse la cabeza?

—Entiendo, pero… —comienza Andy, cerrando los archivadores con los guantes puestos, en caso de que necesiten buscar alguna huella—.

Quizá sabía que la iba a matar y quería borrar cualquier prueba de ella en esta oficina.

Tal vez el suicidio no fue planeado, Jane.

Se toma unas cuantas copas de bourbon, algunos relajantes, empieza a arrepentirse, se pone sensible y, de pronto, pegarse un tiro en la cabeza empieza a sonar como una buena idea. No puedes descartar esa posibilidad.

—No, claro que no —concede. Andy tiene razón. Todo es posible—. Pero no me gusta.

Inspeccionan la oficina principal, un espacio bastante impresionante: el intento de Nicholas Caracci de convertirse en “Christian Newsome”, el inversor rico y brillante.

Hay una barra en un rincón, un sofá enorme, paneles electrónicos con índices rotativos como el Dow Jones, el Nasdaq y el Nikkei.

Pantallas planas en la pared. Un escritorio metálico impecable.

Alfombras caras. Sin duda, cualquiera se lo creería.

Pero no hay nada en los cajones. Nada en los armarios. Ningún ordenador.

Ningún rastro de quién estuvo aquí ni qué hacía.

***

Encuentran al encargado del edificio en el vestíbulo.

—¿Algo más que pueda hacer por usted, sargento Burke? —pregunta con su mejor comportamiento. La mayoría de las personas son así cuando las visita la policía.

—Agradecemos su ayuda —dice Jane—. Vamos a necesitar una cosa más. ¿Tienen un registro de visitas?

***

Jane y Andy abren una reja y cruzan un pequeño jardín delantero por un sendero que lleva hacia una casa de dos pisos en Lincoln Park. Jane encuentra el timbre junto al nombre Fielding.

—Todavía no lo crees —dice Jane.

—Nunca dije eso. Sigo con la mente abierta.

—Bueno, compañero. —Presiona el timbre y se oye la campana.

—¿Hola? —pregunta una voz robótica por el portero automático.

—¿Emily Fielding?

—¿Sí?

—Soy Jane Burke, de la policía de Grace Village. No está en problemas, no se preocupe. —Enseguida, agrega—: Nos gustaría hacerle algunas preguntas sobre el hombre para el que trabajaba, Christian Newsome.