Capítulo 88
Simon
—La cagué. La cagué. —Me empiezo a mecer en el asiento del taxi, manteniendo la cabeza baja para que la capucha me tape la cara, empapada de sudor por el calor sofocante del interior del coche y, sí, quizá también por los nervios.
El taxista, un joven con un acento africano bastante marcado, cuya licencia dice Dembe Abimbola, baja el volumen de la canción pop que suena en la radio.
—¿Está bien, señor? —pregunta—. ¿Va a vomitar?
—No, no voy a vomitar. —Meneo la cabeza, gesto que creo que se entiende incluso con la capucha enorme sobre la cabeza—. La cagué. La cagué, la cagué, la cagué.
Intento hacer que mi voz suene ronca, cortada, como un staccato sibilante, sin revelar demasiado de mi verdadera voz ni mi cadencia personal, porque si hay algo que no conozco es la voz de Christian.
—¿Necesita algo, señor? —pregunta.
Agito las manos. No quiero llegar demasiado lejos con esto. Lo último que necesito es que me lleve a un hospital o, Dios no lo permita, a una comisaría de policía.
***
—¿Está seguro de que va a estar bien, señor? ¿Quiere el cambio?
Agito la mano y me bajo del taxi en Wicker Park, en la intersección de las tres avenidas: North, Damen y Milwaukee, uno de mis lugares favoritos de la ciudad. Son casi las diez, así que la noche justo empieza por esta zona; las calles están llenas de gente, muchos disfrazados como yo.
Es agradable estar fuera del taxi. Pasarme todo el viaje inclinado hacia delante para que el conductor no me viera la cara no fue lo más cómodo del mundo, sobre todo en un camino con tantos baches.
Ahora también mantengo la cabeza baja, por obvias razones, pero por suerte no tengo que caminar demasiado.
Un grupo de tres personas avanza en mi dirección, una de ellas con los ojos en su teléfono. No tengo ganas de hablar con nadie, así que me llevo el teléfono verde a la oreja o, mejor dicho, a la capucha que me cubre la oreja, y asiento, además de murmurar algo cuando pasan a mi lado.
—Qué miedo —dice una de las personas, pero sigo caminando.
No hay nadie cerca, ni coches de policía ni tráfico.
Las calles están repletas de automóviles aparcados, incluso con el poco espacio que hay disponible.
Las casas de dos pisos y los edificios de apartamentos están bien iluminados; la mayoría de las personas aquí sigue despierta, haciendo cosas dentro de sus casas o quizás fuera, disfrutando de la noche.
Básicamente, parece una calle cualquiera de Chicago, en una noche cualquiera.
Halloween es importante para algunos adultos, sí, pero, como este año cayó un lunes, aquellos que organizaron una fiesta de disfraces lo hicieron el fin de semana.
Levanto la vista hacia el ventanal del apartamento de Christian Newsome. Las persianas están bajadas, pero no del todo, así que la visibilidad no es la mejor, pero se puede ver algo. Al menos, no parece haber movimiento dentro.
¿Estás en casa, Christian?
¿Estás muerto, Christian?
¿Vicky te mató después de que hicieras los deberes y mataras a Lauren?
¡Espero que sí! Porque, si no, te vas a sorprender mucho cuando me veas.
***
El patio trasero de Viva Mediterránea está vacío porque hace frío. El callejón también.
Estoy solo yo, parado junto al teclado numérico del garaje de Christian. Introduzco el código y la puerta se abre.
Entro, rodeo su coche y cierro la puerta detrás de mí. Enciendo la luz del techo.
Dejo la bolsa en el suelo y me quito el disfraz.
Me quedo con la máscara de Obama; mejor mantener la cabeza tapada para no dejar restos de ADN.
Quiero quitarme las botas, que me rozan muchísimo porque son dos tallas más grandes, pero primero tengo que subir por la escalera.
Después me las quitaré y me pondré los zapatos que traje, los que tengo en la bolsa de dulces.
Suspiro. Aquí vamos.
Abro la puerta y presto atención. Lo único que oigo son los latidos de mi corazón.
—¿Hola? —pregunto.
Nada.
—¿Hola?
***
Dejo el disfraz sobre la cama. Me quito las botas cerca del sofá, intentando simular que él se las quitó con los pies. No importa demasiado. No tiene que verse perfecto ni pulcro.
Christian tenía que deshacerse de su disfraz y sus botas. Me decepcionaría mucho si no lo hubiera hecho.
Reviso el teléfono verde, que dejé encendido. La nota suicida que escribí en el parque sigue ahí, lista para enviarse. Presionó Enviar. El mensaje sale a las 22.47.
Apago el teléfono y miro a mi alrededor.
Bueno, intentaste que pareciera un suicidio, ¿verdad, Vicky? Tengo que admitirlo, se ve bastante bien. La pistola junto a su mano en el sofá. La botella de bourbon abierta. Pastillas desparramadas por todo el lugar.
¿Lo disfrutaste, Vicky? ¿O fue más difícil de lo que creías?
No, estoy bastante seguro de que lo disfrutaste.