Capítulo 87
Jane
El jefe Carlyle estrella el puño contra su escritorio.
—Maravilloso. Tiene el teléfono desechable.
Tiene el maldito disfraz de la Parca, las botas coinciden y la mitad de su juego de artículos de aseo está en el baño de Lauren Betancourt.
Trabajaba en el edificio desde donde probablemente salieron todos los mensajes y vivía en una zona que coincide con la franja horaria de los mensajes de la noche.
Es un “moreno guapo y alto”, como decían los mensajes.
Y “Christian”, por lo que tengo entendido, es un nombre bastante religioso.
—El jefe extiende las manos—. Jane, ponte contenta.
—Estoy contenta, jefe.
—Pero no convencida. Las pruebas no son tan contundentes para ti.
—Ah, son contundentes. De hecho, lo único que falta es una declaración jurada de Christian Newsome que diga que él y solo él, sin ayuda de Simon Peter Dobias, asesinó a Lauren Betancourt —dice—. Pero asumo que llegará en cualquier momento.
El jefe la mira detenidamente y se humedece los labios.
—Recuérdame que no te haga nunca un regalo, Janey. Solo me dirás todo lo que tiene de malo. —Le hace un gesto con la mano a Andy—. ¿Qué hay de ti, sargento Tate?
Andy es un colega bastante leal como para no dejarla en ridículo. Pero Jane sabe que él está más convencido que ella.
—Las pruebas podrán ser muy sólidas, jefe, pero creo que vale la pena considerar las preocupaciones de Jane.
El jefe se sienta y tamborilea los dedos sobre el escritorio como si estuviera tocando el piano.
—Está bien, repasemos esas preocupaciones, Jane, de principio a fin, antes de que desee no haber oído nunca el nombre de Simon Dobias.
Jane levanta una mano y extiende los dedos.
—Número uno, el teléfono rosa. Como sabe, luego de la muerte de Lauren, alguien empujó ese teléfono debajo de la mesa del pasillo.
—Crees que alguien lo hizo.
—No hay duda de que el teléfono fue movido una segunda vez, y con mucho cuidado, sin alterar el rastro de sangre.
Un nivel de cuidado, señor, que nos obliga a descartar cualquier cosa que no sea un acto intencionado.
Y le juro por mi vida que no entiendo por qué el asesino, cuando encontró el teléfono de Lauren, que es de lejos la prueba más incriminadora en su contra, lo empujaría debajo de la mesa, sabiendo que lo encontraríamos.
—Lo dices como si los delincuentes nunca hicieran estupideces —señala el jefe—. Como si nunca entraran en pánico ni cometieran errores.
—No fue un error , señor. Si no lo vio o si lo pateó por accidente, sería un error. Entrar en pánico y correr lo entiendo. Pero esto no fue pánico. Esto fue cuidadoso e intencionado —dice y menea la cabeza—. Quería que encontráramos ese teléfono. Pero no quería ser demasiado obvio.
—Estaríamos hablando de Simon Dobias.
—Es la hipótesis, sí.
El jefe se cruza de brazos.
—Bueno, me permito dudar. Adelante.
—Número dos, las localizaciones recogidas por las antenas son tan precisas, tan evidentes, que parece que todo ha sido preparado —dice Jane—.
Además, Simon Dobias es profesor de Derecho especializado en la Cuarta Enmienda.
Tiene un blog que acabamos de encontrar, que se llama Simon dice , ja, ja.
Escribe para abogados y estudiantes de abogacía, y también publica reseñas sobre decisiones judiciales.
Escribe sobre cómo el Gobierno puede rastrear a los ciudadanos e invadir su privacidad.
Es probable que sepa más que nosotros sobre rastrear personas con el historial de datos del teléfono móvil.
—Vale, entonces, el historial de datos de localización por antenas es demasiado convincente. Nuestras pruebas son demasiado sólidas, básicamente —resume el jefe—. Continúa.
Jane respira hondo para controlar la frustración.
Entiende por qué quieren cerrar rápido el caso y entregarlo servido en bandeja de plata.
El primer asesinato en la historia de Grace Village y la policía lo resuelve en una semana.
El presidente del barrio le da una palmada en la espalda al jefe y todos suspiran aliviados, y se felicitan por el gran trabajo.
—Tres —sigue—. El error en los mensajes. Lauren dice que una noche no durmió bien por los ronquidos de Conrad, pero sabemos que Conrad ya no vivía en esa casa. Al principio creí que Lauren le estaba mintiendo a su novio secreto.
—¿Y ahora?
—Ahora creo que eso fue un error. Porque Simon Dobias no sabía que Lauren y Conrad ya estaban separados. Estuvo falseando esas conversaciones, intentando hacer que parecieran auténticas, pero fue demasiado lejos y se equivocó en algo sin darse cuenta.
—Es posible, quizá, pero también es posible que Lauren le mintiera a su novio. A Christian.
—¿Por qué Lauren dejó el teléfono encendido la noche de Halloween? —pregunta Jane—. Después de deshacerse de su amante, que se supone que debemos creer que es Christian Newsome, dijo que se iría de la ciudad y que dejaría el teléfono apagado. Entonces, ¿por qué lo tenía encendido?
—No sé y no me importa —responde el jefe.
—¿Por qué necesitaba dejar apagado el teléfono salvo cuando se escribían?
—continúa—. Cuando Conrad se mudó a mediados de septiembre, la casa quedó toda para ella.
No necesitaba ocultar sus mensajes. Y sí, ya sé que se estaban divorciando, pero ¿qué le importaba?
Tenían un acuerdo prenupcial y casi todo el dinero de Conrad estaba en un fideicomiso al que ella no podía acceder.
Entonces, ¿por qué necesitaba mantener el teléfono apagado todo el tiempo? ¿De qué tenía miedo?
—Jane, no tengo…
—Y, en esa misma línea, señor, ¿por qué Christian Newsome apagaba su teléfono?
—Agita la mano—. No estaba casado. No encontramos ningún certificado de matrimonio ni ningún indicio de otra persona en ese apartamento, novia, esposa, novio, esposo, nada.
Ese hombre era soltero. No tenía a nadie a quien ocultar ese teléfono.
El jefe levanta las cejas y extiende las manos.
—¿Y cuál es tu hipótesis, otra vez?
—Todavía no estoy segura de nada —responde Jane—. No quiero sacar conclusiones apresuradas.
El jefe frunce el ceño. No es la frase que un investigador quiere oír.
—Todas estas pruebas que encontramos en contra de Christian Newsome no me parecen “conclusiones apresuradas”, sargento.
—Pero vale la pena considerar que Simon Dobias estaba moviendo los hilos en todo esto —señala Jane—. Los teléfonos estaban apagados entre los intervalos de los mensajes porque no quería que nadie rastreara sus movimientos.
—Entonces, ¿qué? ¿Simon Dobias envió esos mensajes desde el teléfono de Christian?
—Sí, esa sería la hipótesis.
—Entonces… ¿Christian Newsome y Lauren Betancourt no tenían una aventura?
—Esa sería la hipótesis, correcto.
—Ni siquiera se conocían.
—Es probable que no.
—¿Lauren no estaba teniendo un amorío con nadie?
—Probablemente no —responde Jane—. No les contó nada a sus amigas más íntimas, jefe.
De hecho, recuerde que a una de ellas le dijo que “echaba de menos el sexo”.
Y eso fue hace solo una semana. Si creemos en los mensajes, no tenía motivos para echarlo de menos. Estaba teniendo sexo bastante seguido.
—¿Y no puede ser que le haya mentido a su amiga?
—Sí, por supuesto, pero no veo por qué lo haría.
—Y la maquinilla y la recortadora de vello nasal de Christian…, Simon las plantó en la casa de Lauren.
—Correcto.
—Entonces… ¿Christian no mató a Lauren Betancourt? Fue Simon.
—Correcto. Esa es la hipótesis.
—Porque a mí me parece bastante evidente que Christian tenía el disfraz de la Parca en su casa y las mismas botas que anduvieron por la casa de Lauren.
—Sí, es verdad, sí.
—Entonces, Simon mata a Lauren a las ocho de la noche de Halloween, luego va a la casa de Christian, lo mata, planta el disfraz y deja las botas junto a sus pies. ¿Verdad?
—Eso o algo parecido, sí.
El jefe se reclina en su silla.
—Entonces, respóndeme esto, sargento —dice—. Si Simon escribía en nombre de Christian, ¿quién respondía? Asumo que no Lauren. Porque, por todo lo que sabemos, Simon y Lauren eran como el agua y el aceite.
—Ese… es el mayor punto débil en mi hipótesis —admite Jane—. Aunque, si no me equivoco, significaría que Simon no actuó solo.
—¿Y tenemos idea de quién podría ser esa otra persona?
—Todavía no he hablado con Simon. Cancelamos la reunión de esta noche después de encontrar a Christian Newsome.
Mire, señor —agrega, y se acerca al escritorio—, no digo que tenga razón en todo lo que planteo.
Es simplemente que no estoy muy convencida de esta respuesta que parece caída del cielo. Quiero seguir investigando.
El jefe tensa la mandíbula y la mira.
—Bueno, solo han pasado dos días. —Piensa un momento y asiente—.
Esto es lo que voy a hacer: daré una rueda de prensa para anunciar que estamos concentrándonos en un posible sospechoso, que estamos en proceso de seguir algunas líneas nuevas de información y que creemos firmemente que el asesinato tuvo un motivo personal y doméstico, y que no presenta ningún peligro para el resto de los residentes. Estamos de acuerdo en eso, ¿no?
—Sí, señor. —No hace falta mencionar que el posible sospechoso ahora es un cadáver.
—Entonces, mañana ve a interrogar a ese tal Dobias que tanto te interesa —dice—.
Fíjate qué consigues. Pero escucha, Jane.
No hay manera de que Simon Dobias pudiera haber estado a ambos lados de todas esas conversaciones por mensaje de texto cuando esos teléfonos estaban a más de treinta kilómetros de distancia.
Así que, si quieres convencerme de que mantenga la investigación abierta, tráeme cualquier cosa, por más mínima que sea, que demuestre que Simon Dobias no trabajaba solo.