Caerás en mi trampa Capítulo 86
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Capítulo 86

Jane

El sargento Donald Cheronis, del departamento de policía de Chicago, Distrito Catorce, con su cabellera ondulada y canosa, y su rostro estrecho y arrugado, está esperando junto a la puerta cuando Jane y Andy entran.

—Tenemos que quitar al cuerpo de aquí —dice, estrechándoles la mano—. Pero les pedí que os esperaran.

—Te lo agradezco, Don. Mucho.

Jane percibe de inmediato el olor penetrante de un cuerpo en descomposición. Según el médico forense y las pruebas circunstanciales, explica Cheronis, la hora de la muerte corresponde a dos noches atrás, la noche de Halloween.

Los hace pasar.

—A vuestra izquierda —indica—. Os presento a Christian Newsome.

Jane se detiene, mantiene la distancia, mientras observa todo. Sobre la mesa baja hay una botella abierta de bourbon.

En el sofá, rígido y pálido, está Christian Newsome, con la cabeza echada hacia atrás sobre el respaldo acolchonado y la mirada vacía clavada en el techo.

Su cuello está completamente expuesto y justo debajo de la barbilla tiene un único orificio de bala.

A su lado, hay un envase caído sin etiqueta y varias pastillas desparramadas por el sofá y el suelo.

Detrás de él, una enorme salpicadura de sangre y masa encefálica en la pared.

Lleva puesta una camiseta blanca y pantalones cortos de deporte.

Está descalzo. Pero, a su lado, como si se las hubiera quitado con los pies, hay un par de botas color caramelo de cordones gruesos.

—¿Puedo revisar las botas? —pregunta ella.

—Sí —dice Cheronis—. Tomamos las fotografías y vídeos necesarios. Las guardaré cuando termines.

Con los guantes puestos, Jane levanta una de las botas y mira la suela, solo para confirmar lo que ya sospechaba. Son unas Peak Explorer de Paul Roy. En la lengüeta figura la talla.

Mira a Andy.

—Cuarenta y cinco —dice.

Se ve más feliz de lo que Jane se siente.

***

—Le quitamos la pistola de la mano —explica Cheronis—. Obviamente, por protocolo. Era una Glock 23, tenía el cargador casi completo; solo se dispararon dos balas. El número de serie estaba limado.

Dos balas.

—Entonces, ¿suicidio? —pregunta Andy.

—Puede ser —responde Cheronis—. Mirad el techo.

Hay un trozo de cinta adhesiva amarilla en un rincón, donde la pared ensangrentada se encuentra con el techo. Un orificio de bala.

—Ese no es el disparo que lo mató, obviamente —explica Cheronis—. El ángulo no cuadra.

—Un segundo disparo —dice Jane.

—Un segundo disparo.

Jane mira a Cheronis y luego a Andy.

—Quizá no fue un suicidio.

—Todavía no tenemos los resultados de toxicología, así que no sabemos lo borracho o drogado estaba —informa Cheronis—.

Pero dejadme deciros que vi muchas cosas en mi vida.

Vi muchos suicidios. Vi muchas vacilaciones en las víctimas de suicidio.

Pero nunca vi a nadie que se apuntara con una pistola y fallara.

***

—Entonces, su nombre es Christian Newsome —dice Jane, mirando a Andy, que claramente está pensando en el comentario sobre el nombre religioso de los mensajes de texto.

Cheronis le entrega una tarjeta personal. Verde, el color del dinero. No tiene ningún logotipo ni eslogan. Solo el nombre, “Christian Newsome”, con una tipografía negra sencilla y, debajo, separada por una línea horizontal, la leyenda “Newsome Capital”.

En una esquina, los datos de contacto: NEWSOME CAPITAL

Torre Grant Thornton 161, North Clark Street Oficina 1320

Chicago, IL 60601

Jane le pasa la tarjeta a Andy.

—Torre Grant Thornton —dice ella.

—Esto está en Clark y Randolph, en el centro —agrega Cheronis—. Justo frente a los centros Daley y Thompson. La mayoría la conoce como el Chicago…

—Chicago Title & Trust —termina Jane—. Sí, lo sé.

***

—¿Está casado? —pregunta Jane.

—Por lo que sabemos, no. Encontramos el cuerpo hace solo unas horas, así que, quién sabe, pero nada aquí sugiere que viva con una mujer. O con otra persona siquiera.

Jane se inclina hacia delante, cuidando de no tocar el cadáver, y examina con especial atención el orificio de bala debajo de la barbilla, la salpicadura de sangre y masa encefálica en la pared, y el ángulo del otro disparo.

Forma una pistola con la mano, extiende el dedo índice debajo de su propia barbilla, luego lo gira hacia la derecha, hacia un lado, y baja el pulgar simulando presionar el gatillo.

Eso es lo que pasó. La bala que no lo alcanzó terminó incrustada en la pared, a pocos centímetros del techo, a su derecha. La única manera de que acabara allí es si la pistola se disparó justo por un lado de su rostro.

Estaba debajo de su barbilla y luego ya no. La pistola se movió hacia la derecha y se disparó.

—No es difícil imaginar que estuviera dudando —dice Cheronis—. Ni que pudo haberse apuntado por debajo de la barbilla y luego, por los nervios, la apartó hacia un lado.

—Pero no dispararía —dice Jane—. O, al menos, no intencionadamente.

—Uno creería que no —coincide Cheronis—. Pero, bueno, si tomas la decisión de suicidarte, ¿quién sabe lo que se te pasaba por la cabeza? Quizá le tembló el pulso, ¿no? Es posible que la pistola se disparara sola. Además, quién sabe cuántas pastillas había ingerido.

Puede ser.

—O alguien le puso la pistola debajo de la barbilla, él la apartó y se disparó en el forcejeo —dice ella.

—Es… posible, sí —admite Cheronis.

—¿Los vecinos oyeron algo? ¿Alguna pelea? ¿Disparos?

—Nada. Hablamos con todos. La nota suicida sugiere que murió cerca de las once de la noche de Halloween. A esa hora, la mayoría ya estaba durmiendo. Y Wicker Park, Bucktown… ya sabéis, es una zona bastante ruidosa, más aún en Halloween.

—La nota suicida.

—Le envió un mensaje a esta tal “Lauren” a las diez y cuarenta y siete de la noche.

—Sí. Yo tengo el teléfono de Lauren.

—Asegurémonos de que hablamos de lo mismo —dice Cheronis, mostrándole un teléfono desechable idéntico al de Lauren, aunque este es verde en lugar de rosa.

Jane coge el teléfono verde.

—¿Con cuántas personas habló desde este aparato?

—Solo con una —dice Cheronis—. Con esa tal “Lauren”.

Aún con los guantes puestos, Jane busca los contactos del teléfono y encuentra solo uno: Lauren. Abre los mensajes. Todos los mensajes que intercambió con Lauren durante meses están allí. Hasta el último: Lunes 31 de octubre, 22.47

Lo siento, Lauren. Lamento lo que hice y lamento que no me amaras. Pero no lamento haberte amado como nadie más lo hizo. Iré contigo ahora. Espero que me aceptes y me dejes amarte como no podrías hacerlo en esta vida.

—Y todo esto nos lleva a lo que tenemos y lo que sabemos —dice Jane.

—¡Jane! —grita Andy—. Jane, tienes que venir a ver esto.

***

Andy está en el baño, con las manos en los bolsillos.

—¿Ves algo que te resulte interesante? —pregunta.

—Ah, sí, este tipo —dice Cheronis—. El tipo tiene un maldito cepillo de dientes de titanio y otras cosas por el estilo. ¿Sabéis qué es esto?

Jane mira el lavabo. Tres objetos del juego de cinco piezas de cuidado masculino Bentley-Kravitz Elite, titanio y negro mate: cepillo de dientes, cortaúñas y portahilo dental.

—Esta cosa es para sujetar un maldito hilo dental —dice Cheronis—. ¿Os imagináis lo que cuesta algo así? ¿Cuánto dinero hay que tener…?

—Casi nueve mil dólares —comenta Andy, mostrándole la página web en su teléfono a Cheronis—. Lo único que falta es la maquinilla eléctrica y la recortadora de vello nasal. ¿Y adivinas dónde las encontramos?

***

Andy levanta la túnica con las manos enguantadas, cuidando de no tocarla con otra parte del cuerpo ni moverla. Es una túnica larga negra con una capucha enorme. Un disfraz de la Parca, sobre la cama de Christian Newsome, idéntico al que vio la niña la noche de Halloween.

Jane sale de la habitación, coge su teléfono y marca.

—Simon, habla Jane Burke —dice—. Escucha, surgió algo y no voy a poder ir a Grace Park esta noche. ¿Podemos vernos mañana? ¿3 de noviembre?