Caerás en mi trampa Capítulo 85
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Capítulo 85

Jane

—Gracias, Simon. Nos vemos esta noche. —Una vez confirmada la reunión con Simon Dobias, Jane Burke cuelga el teléfono y mira a su alrededor en la habitación principal de la casa de Lauren Betancourt.

Es espaciosa y está bien decorada, pero no es tan ostentosa como habría esperado.

Sencilla y elegante. Techo alto con molduras ornamentadas, un televisor enorme de pantalla plana con apliques a cada lado y una chimenea debajo.

No hay ningún armario para la ropa; esos están reservados para el vestidor. Debe de ser precioso.

—Hoy sería genial. Cuanto antes, mejor —dice Andy al teléfono y, cuando cuelga, mira a Jane—.

El jefe de seguridad de la torre Grant Thornton nos va a enviar una lista de todas las empresas con oficinas en su edificio y todos los que tienen una tarjeta magnética —informa—.

Deberíamos tener todo antes de que termine el día.

Va a ser una lista exhaustiva de los que trabajan en el viejo Chicago Title & Trust, como lo llamó tu amiga del FBI. ¿Hablaste con Dobias?

—Hablé con Simon, sí. Vamos a vernos en su casa esta noche a las ocho.

Mira su reloj. Vaya día hasta ahora. Se siente como si fuera medianoche, no las cuatro y media de la tarde. Apenas es 2 de noviembre, dos días de investigación, y ya parece la semana número veinte.

—¿En su casa? ¿No en la comisaría?

Jane se encoge de hombros.

—Quiero ver dónde vive. Y quiero ver cómo reacciona a mi presencia en su casa.

—¿Creías que quizá no iba a querer que fueras allí? ¿Que se iba a resistir y propondría venir a la comisaría?

—Sí, pero no lo hizo. Me dijo que yo decidiera lo que yo quisiera.

—Como si no le importara nada —dice Andy, moviendo un dedo ante ella—. ¡Justo lo que quiere que creamos!

—Ahora solo te estás burlando de mí.

—Bueno, sí, un poco —admite—, pero eso no significa que crea que te equivocas.

Solo me parece que es muy pronto. Quiero que mantengamos la mente abierta.

Tenemos muchas razones para creer que Lauren tenía una aventura que terminó mal y no creemos que el tipo sea Simon, ¿verdad?

Quiero decir, ¿con su historia? Lauren sería la última persona en la faz de la tierra con la que Simon se acostaría. Y viceversa, sospecharía.

—Bueno, para eso estamos aquí, ¿no? —dice Jane, haciendo un gesto amplio con una mano—. Busquemos alguna prueba de que había otro hombre aquí. Alguien más, además de Conrad. Asumiendo que venían aquí para sus encuentros.

—Tendría sentido —dice Andy, entrando al vestidor—.

Si está casado, como creemos, no podrían ir a su casa.

Además, Conrad se mudó a su apartamento a mediados de septiembre.

¿Quién quiere ir a un hotel con cámaras de seguridad, porteros y recibos de tarjetas de crédito cuando puede venir aquí y satisfacer sus instintos?

—Voy a revisar el baño —dice. Se quita la mochila del hombro, la deja sobre la cama y luego extrae algunas bolsas de papel para recoger pruebas.

Andy sale del vestidor.

—Nada a primera vista. Conrad vació su lado. No quedó absolutamente nada.

Jane entra en el baño. Está hecho todo de mármol, tiene una bañera de cuatro patas y una ducha enorme. Un tocador doble con botiquines a cada lado, con un gran trabajo de ebanistería que los hace parecer muebles de lujo. Piensa en su baño diminuto y suelta una queja.

Andy entra al baño y se detiene frente al botiquín de la izquierda.

—Este sin duda parece el de Lauren —dice.

Jane abre el de la derecha. Gotas para los ojos, loción, ibuprofeno, vitaminas…

—Ey —dice ella—. Mira esto.

Andy se acerca.

—Una maquinilla eléctrica negra y reluciente. Bastante lujosa. Y ¿eso…? ¿Una recortadora de vello?

—Sí, es casi lo mismo, pero para la nariz o las orejas. También bastante lujosa —coincide Jane, mirándola, pero sin querer tocarla, incluso aunque tenga guantes—. La marca es BK y es de… titanio, dice. Sí, lujosa.

—¿Una mujer usaría una recortadora de vello nasal? —pregunta Andy.

—Nunca usé una. Yo uso unas pinzas. Pero ¿la maquinilla eléctrica? Tiene que ser de un hombre.

Andy toma el teléfono y empieza a escribir.

—Aquí está —dice—. El juego de cuidado masculino Bentley-Kravitz Elite —agrega—. Todo de titanio y viene en negro mate. Cepillo de dientes, cortaúñas, maquinilla eléctrica, recortadora para vello nasal y un portahilo dental. Un juego de cinco piezas. Cuesta casi nueve mil dólares, cielo santo.

Le muestra la foto. Sí, es el mismo.

Jane toma la bolsa para pruebas y usa un bolígrafo para empujar la recortadora de vello nasal y meterla dentro. Repite el proceso con la maquinilla eléctrica en una bolsa diferente.

—Podrían tener huellas —dice—. Es algo que se sujeta con bastante fuerza. Si es que siquiera se pueden obtener huellas del titanio.

—Quizá también haya ADN —agrega él—. Poco probable, pero posible.

Jane asiente.

—Solo tenemos dos objetos de un juego de cinco piezas —comenta—. Averigüemos si son de Conrad.

***

—La parte sombreada del mapa es la zona de cobertura de la torre de telefonía —dice Andy al teléfono cuando regresan a la comisaría—.

Cubre un área de dos manzanas, incluyendo Damen.

Revisad todos los establecimientos comerciales y ved si están abiertos a las ocho de la noche.

Si es así, entonces, quizá nuestro atacante iba allí todas las noches a esa hora, al menos de lunes a jueves, para enviar los mensajes.

Alguien que va tantas veces a una tienda o un restaurante tiene que ser reconocible para los empleados.

Conseguid los nombres del personal. Y las grabaciones de las cámaras de seguridad.

”Es más probable —agrega— que fuera alguien que estaba escribiendo desde su casa, así que conseguid la dirección de todas las viviendas de la zona, sean casas de familia, residencias o apartamentos.

Luego revisad los registros de propiedad, así nos ponemos en contacto con todos los dueños.

Es probable que la mayoría sean inquilinos.

Cruzan la comisaría hacia la sala de operaciones.

Jane entra y mira a su alrededor. Las fotos a todo color del cadáver de Lauren, las transcripciones de los mensajes ampliadas y clavadas en paneles de corcho, la cuerda usada para ahorcar a Lauren, el teléfono rosa, que ya volvió del laboratorio para analizar las huellas y se está cargando.

Se acerca a uno de los mensajes ampliados, uno de la noche del miércoles 17 de agosto: Ah, cielos. Para ser alguien con un nombre tan religioso, tienes un lado bastante sucio…

—Simon Peter Dobias —susurra para sí misma.

Pero Andy tiene razón. ¿Por qué Simon se escribiría estas cosas con Lauren?

La odiaba, la culpaba de la muerte de su madre.

No se acercaría a ella jamás. Incluso si fuera un tipo diabólico (palabra de Andy, que siempre la hace pensar en Agatha Christie), si fuera un tipo tan diabólico que fingiera interesarse por Lauren solo para acercarse y lastimarla, Lauren jamás caería en la trampa, ¿no?

Sabe lo que le hizo a la familia Dobias.

Nunca, ni en un millón de años, creería que Simon quisiera empezar un romance con ella.

No tiene sentido. Algo no encaja.

—Vale. Timpone se está encargando de Wicker Park —informa Andy, después de colgar el teléfono—. Ah..., el mensaje del “nombre religioso”. Religioso como “Simon Peter”, ¿verdad?

—Pero tienes razón, Andy —dice ella—. No puede ser. Simon podría estar detrás de todo esto, pero no hay manera de que se escribiera esas cosas con Lauren.

—Entonces, Lauren escribía a otra persona —dice—. Quizás a alguien con una recortadora de titanio.

—Y con un nombre religioso —agrega.

Suena un teléfono. Andy se da una palmada en el bolsillo y Jane mira el suyo, pero no es ninguno de los dos.

—Mierda —dice Andy.

Jane lo mira. Está señalando la mesa. Ella también mira en esa dirección.

El teléfono rosa.

Jane se acerca y mira con curiosidad a su compañero, que asiente y hace un gesto para que atienda. Jane lo hace.

—¿Hola?

—¿Quién habla? —pregunta la voz de un hombre.

—¿Quién habla? —responde Jane.

Una pausa.

—¿Eres… Lauren?

Jane mira a Andy, que está cerca y puede oírlo todo.

—Primero su nombre —susurra Andy.

—Por favor, dígame quién llama —dice Jane.

El hombre se aclara la garganta.

—El sargento Don Cheronis, del departamento de policía de Chicago. ¿Hablo con Lauren?

—No. Habla con la sargento Jane Burke, del departamento de policía de Grace Village.

—¿En serio? —dice él—. Estamos investigando una muerte sospechosa.

Jane mira a Andy con una expresión asombrada de haberlo entendido todo.

—Qué coincidencia —dice ella—. Nosotros también.