Caerás en mi trampa Capítulo 81
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Capítulo 81

Christian

Llego a mi apartamento a las ocho y media, después de deshacerme del disfraz de la Parca y de las botas en un contenedor de basura a unos tres kilómetros de Grace Village.

Y después de hacer una segunda parada para deshacerme de la pistola de mierda que me dio Gavin y que se encasquilló justo cuando la necesitaba.

Cojo la botella de bourbon como si fuera un salvavidas y le doy un trago para calmarme.

Lo hice. Creo que todo salió bien.

Ahora que estoy en casa, ahora que no tengo que preocuparme de que me vean, repaso todo.

Tenía el disfraz. Nadie me vio la cara. Usé guantes. Si quedaron huellas de las botas, bueno, van a ser las mismas que las de Simon.

Estaba tapado de pies a cabeza. No dejé ningún rastro de ADN. Ninguna huella gracias a los guantes.

Apago los sonidos en mi cabeza: Lauren Betancourt ahogándose con el lazo. El ruido de su cuello partiéndose cuando la tiré por encima de la barandilla.

Se acabó. Lo hice.

“Era ella o yo”, sigo repitiéndome. “Uno de los dos se queda con veintiún millones de dólares y el otro, con nada”.

Ella misma se lo buscó. Ella hizo esto. Ella se metió conmigo. Ella intentó robarme mi dinero.

No hay nada que me conecte con Lauren Betancourt. No hay nada que me conecte con Vicky o con Simon Dobias. Solo soy un tipo más en la ciudad que…

De pronto, giro la cabeza hacia la derecha con brusquedad al oír la puerta del garaje. Alguien entró. ¿Gavin? ¿Por qué…?

—¿Hola? —grito, con el corazón golpeándome tan fuerte que apenas puedo hablar.

Reconozco sus pisadas cuando sube por la escalera.

—Soy yo —responde Vicky.

La recibo arriba.

—¿Qué haces aquí? No puedes estar aquí.

—Tenía que verte. —Lleva un abrigo largo, un gorro de lana con el cabello recogido debajo y guantes. Apoya sus manos enguantadas sobre mis mejillas—. Quería asegurarme de que estuvieras bien. Me estaba volviendo loca con tanta preocupación…

—Estoy bien, estoy bien. No deberías estar aquí. Limpié todo para que no…

—Tengo guantes —dice—. Y un abrigo y un gorro. No te preocupes.

No la contradigo. Sé que tengo razón, no debería estar aquí, pero no puedo negar que agradezco verla, tener un poco de compañía, escuchar una voz que me consuele.

—Entonces… cuéntame qué pasó.

—Lo que pasó es… —Suspiro con fuerza—. Ya se terminó. Ya está.

—¿Sí? —Su expresión es una mezcla de alivio y alarma.

—Sí, pero escucha, no salió como lo planeamos. El arma se encasquilló. Igual pude hacerlo. Y no dejé ningún rastro.

—Pero… está muerta —susurra Vicky.

—Sí.

—¿Estás seguro?

—Segurísimo. —La tomo del brazo y la llevo hacia la cocina—. Deberías irte. Quiero que te quedes, pero no puedes. Vuelve a salir por el callejón.

—Tenemos que hablar —dice—. Sobre Simon.

—Pensé que podías encargarte de él —digo—. ¿Qué…? Vale, ¿qué pasa con Simon?

—Creo que… sospecha algo.

—Eh, ¿qué? ¿Qué sospecha?

—Creo que… sospecha que estoy viéndome con alguien.

—¿Por qué?

—Es que hoy… —Pasa rozándome, agitando los brazos—. Empezó a hacerme preguntas.

—¿Qué estás haciendo?

—Quiero beber algo, tengo sed —responde—. Tengo guantes, no te preocupes. Siéntate y relájate. Me estás poniendo más nerviosa de lo que estoy. De hecho…

—¿De hecho qué?

—Deberías darte una ducha, Christian. Para calmarte. Para quitarte todo de encima. Después vemos qué hacemos.

Y, considerando lo inquieto que estoy, una ducha suena bien.

***

La ducha me ayuda. Lo hago rápido, pero con eficacia, frotando cada orificio de mi cuerpo, de pies a cabeza, cubriéndome de espuma y asegurándome de limpiar todo.

Cuando termino, me pongo una camiseta y unos pantalones cortos.

Quiero afeitarme, pero ¿dónde…? ¿Dónde dejé la maquinilla? Mierda. ¿Dónde mierda está…?

—No tengo toda la noche —dice Vicky desde la sala.

Está bien, está bien. Vuelvo a la sala. Vicky, por suerte, no se quitó nada: el gorro sigue ocultando su cabello y todavía tiene los guantes. De todas formas, voy a pasar la aspiradora cuando se vaya, aunque no es probable que deje ningún rastro.

—Por nosotros —dice, chocando nuestros vasos de bourbon. El mío está bastante lleno, pero lo bebo de un trago. Esta noche no bebo por gusto: necesito calmarme.

Vicky bebe un poco.

—No te olvides de lavar este vaso cuando me vaya —dice.

—No te preocupes, lo haré. —Venga, respira hondo y cálmate—. ¿Qué te dijo Simon?

Se sienta a mi lado en el sofá.

—Hoy me preguntó, sin rodeos: “¿Me eres fiel?”. Ni siquiera lo dijo con un tono acusador. Era más como si se hubiera resignado. Dijo: “Sé que las cosas no están bien desde hace un tiempo”.

Eso no suena bien. No suena para nada bien.

—Está preparando el terreno para el divorcio —digo—. Está terminando contigo poco a poco. Y busca quitarse responsabilidad acusándote de engañarlo.

Así funcionan la mayoría de las personas, en mi experiencia, y tengo mucha experiencia rompiendo matrimonios. Si se sienten culpables por cómo te tratan, van a intentar convertirte en la villana. Empiezan a tratarte con crueldad.

Mira su vaso.

—Puede ser. Pero ahora…

—Una vez que se entere de la muerte de Lauren, probablemente quede tan conmocionado que no le preste atención a nada más.

—Al menos hasta el 3 de noviembre —dice—. Que es lo único que importa.

Sí, ese es el primer obstáculo: llegar al 3 de noviembre o Vicky no recibe ni un centavo.

Una vez que pasemos esa fecha, podemos arreglar el resto del daño.

Necesito que sigan juntos para que ella no tenga que dividir el dinero con él en un divorcio.

Los necesito “felizmente” casados por unos días, por tiempo suficiente para que ella me entregue el control del dinero.

Solo sigue pensando en ese día. Veintiún millones de dólares.

—Solo trátalo bien los próximos días y finge no saber nada —señalo. Me hace sentir bien dar consejos; es como si tuviera más control de la situación del que realmente tengo.

—Es probable que se entere de lo de Lauren mañana —dice—. Quizá salga en las noticias.

—Entonces, el 1 de noviembre. Solo hay que aguantar dos días.

Podemos hacerlo. Vicky puede hacerlo. Lo tiene en la sangre.

—Me voy a quedar aquí sentada unos minutos —anuncia—. Me calma, ya sabes, verte.

A mí también me calma. Sin duda, me siento mucho mejor. ¡Funcionó! Hice el trabajo y me salí con la mía.

¿O estropeé algo? El miedo vuelve a invadirme. Considero el peor escenario. Pero no veo cómo podrían conectarme con Vicky o Simon.

Nos quedamos sentados en silencio. Vicky se bebe su copa. Me sirvo otra.

La tensión empieza a disiparse. Funcionó. Lo hice. Funcionó y todo va a salir bien, como dice Bob Marley.

¿Por qué siempre me preocupo tanto?

En serio, me preocupo demasiado. Todo está bien.

—¿Estás bien? —pregunta Vicky.

Mejor. Me siento mejor. Mucho mucho mejor.

—Todo va a salir bien —dice Vicky—. Es un alivio.

Alivio. Me quedo pensando en la palabra. Como si un tipo llamado Alí hubiera visto algo. Como Alí Babá y los cuarenta ladrones. Recuerdo haberlo leído cuando era niño.

¡Y ahora soy un ladrón!

Qué divertido. No sé por qué estaba tan preocupado.

Quizá debería usar Alí Babá como mi próximo alias. Aunque no va a haber un próximo alias porque ¡voy a tener todo el dinero que necesito!

—¿De qué te ríes? —pregunta Vicky, inclinando la cabeza.

—No sé, creo que… no haber dormido… me dejó…

Vicky se acerca y se sienta sobre mi regazo, presionándome contra el sofá, con su rostro cerca del mío.

—Estás cansado. Te ves cansado. Tienes que dormir, Christian. Ya está. Lo hiciste. Ahora deberías dormir. Mañana vamos a estar a un paso de estar juntos.

Reclino la cabeza contra el cojín.

—Me siento…, guau, agotado.

—Y ahora ya puedes relajarte —dice, apoyando las manos sobre mi pecho—. Nadie nos va a atrapar. Voy a conseguir esos veintiún millones de dólares, te los voy a dar y tú los vas a convertir en cien millones.

Cierro los ojos, sintiendo cómo el cansancio se apodera de mí, esa ligereza previa a quedarme dormido.

—Sí. Eso es… lo que va a pasar.

Se aleja de mí y se levanta del sofá.

—¿A dónde…?

—Voy a lavar el vaso, solo para asegurarme de que no haya quedado labial ni ADN.

—Sí, es… está bien… —No puedo abrir los ojos. No puedo resistirme al sueño.

***

¿Qué?

—Hola, he vuelto —dice Vicky, sentada a horcajadas sobre mí, expulsando su aliento sobre mi cara—. Pareces cansado, Christian. ¿Estás listo para dormir, cariño?

Abro un poco los ojos.

—Sí…

—Bueno, hazlo. Ya he lavado el vaso. Y tú eliminaste todo rastro mío del apartamento, ¿verdad?

Asiento. Creo que asiento. Siento que mi cabeza se mueve, de eso estoy seguro. Su dedo, su dedo enguantado, me acaricia la cara, deslizándose por mi nariz.

—Puedo confiar en ti, ¿verdad, Christian?

—Puedes…

—No planeas robarme todo el dinero cuando te lo entregue, ¿verdad? —Presiona el dedo contra mi nariz.

—Espera…, no…

Siento algo frío debajo de mi garganta, sube y me obliga a llevar la cabeza hacia atrás.

—No estás fingiendo que te importo, ¿verdad? ¿No es eso lo que haces? ¿Buscar a una mujer que parece infeliz en su matrimonio y fingir que te enamoras de ella para que deje a su esposo? ¿Y luego robarle el dinero?

Sí, eso mismo en pocas palabras. Pero ¿cómo…? ¿Cómo lo sa…?

Aparto lo que sea que esté debajo de mi barbilla con la mano izquierda. No puedo abrir los ojos, pero me parece oír un estallido metálico, un sonido ahogado…

—Ey, tranquilo —susurra Vicky. Todavía siento el acero frío bajo mi barbilla—. Esto no te va a hacer daño. Mira, tócalo.

Lo toco. Tiene forma cilíndrica, alargada, suave, como el silenciador que usé…

Espera… ¿Por qué…?

—Adiós, Nick Caracci —dice.