Capítulo 80
Simon
Camino dos manzanas hacia el norte desde la casa de Lauren, casi siguiendo la ruta que tomó Christian hace algunos minutos, aunque él avanzó bastante rápido, mientras que yo prefiero mantener la actitud tranquila del expresidente cuyo disfraz estoy usando.
Está empezando a hacer un poco de frío, y yo solo llevo un traje y ningún abrigo, aunque la máscara de Obama me mantiene la cabeza caliente.
Llego a la escuela de primaria y presto atención a cualquier sonido detrás de mí, girando de vez en cuando en busca de la odiosa luz de algún coche de policía, atento a alguna sirena.
Por ahora, nada. Ningún coche de policía yendo a toda velocidad hacia la casa de Lauren.
Solo hay dos opciones: irán en cualquier momento o no irán para nada.
Camino hacia la parte trasera de la escuela y me quedo parado junto al contenedor de basura, que me deja fuera de la vista desde la calle. Dejo que pase el tiempo. Necesito que pase el tiempo. Espero que pase rápido. Cuanto menos tiempo tenga para pensar, menos margen para volverme loco.
Respira hondo. Respira hondo, Simon.
¿Dónde está la cuerda del reloj cuando hay que “darle cuerda”?
Si un amigo alquila una casa, ¿está pagando o está cobrando?
Empiezo a saltar en el lugar para entrar en calor y descargar energía, ansioso porque todo esto termine.
Respiro hondo.
***
Faltan diez minutos para las ocho. Busco el disfraz de la Parca en mi bolsa de dulces.
Me cuesta un poco ponérmelo sin quitarme la máscara de Obama.
Sí, voy a usar una doble capa de anonimato.
Dudo de que alguien me vea la cara con esta capucha gigante, pero si alguien, de algún modo, lo lograra, el rostro que vería sería el de nuestro primer presidente afroamericano.
Me estoy congelando aquí fuera con solo cuatro grados y después de haber estado quieto durante media hora, así que el disfraz me brinda el calor que necesito.
Esta es la parte más arriesgada, pero no hay recompensa sin riesgo y ya he llegado hasta aquí.
Siempre me repito: si me atrapan, mala suerte. El primer objetivo era Lauren y parece que Christian ya se ha encargado de eso por mí. El segundo objetivo, no menos importante, es que no me descubran. Aunque tengo que aceptar la posibilidad de que lo hagan.
Vuelvo a la casa de Lauren. Camino por Lathrow hasta Thomas y me detengo junto a un árbol enorme en la esquina. Ya ha pasado una hora desde que Christian salió de la casa. La policía todavía no ha aparecido, así que nadie vio ni oyó nada sospechoso.
La casa junto a la que estoy parado tiene las luces de la planta baja encendidas, pero el primer piso está a oscuras.
Supongo que alguien podría asomarse y verme, pero, por ahora, no he hecho nada malo, ¿verdad?
Eso no significa que quiera que me vean ni mucho menos toparme con la policía. Nada más alejado de eso.
Este es el momento. Este es el momento en el que me expongo de verdad.
Aquí vamos.
Cruzo la calle y me acerco a los arbustos frente a la ventana, sin aminorar la marcha, actuando lo más normal posible, o tanto como puedo disfrazado de la Parca, caminando por el jardín de otra persona en plena oscuridad.
Actúo como si estuviera previsto que estuviera ahí y no como si me estuviera escabullendo.
Me detengo frente a la ventana y miro hacia el interior, dejando que mis botas Peak Explorer de Paul Roy dejen bien marcadas sus huellas en la tierra húmeda.
Lo suficientemente húmeda, por la llovizna del día, como para considerarse barro.
Agito una mano, como si intentara llamarle la atención a alguien dentro de la casa, solo por si algún vecino me está mirando.
Solo verían a un amigo, no a un acosador.
Un amigo raro, quizá, pero no un tipo peligroso.
Mis pulsaciones empiezan a acelerarse, mi respiración se entrecorta, y siento como si me estuvieran apuntando a los ojos con la linterna más brillante del mundo.
Señalo la puerta principal, como si quisiera que Lauren me abriera.
De nuevo, todo es una fachada. Extraño, sí, lo sé, pero parece como si estuviera hablando con Lauren desde fuera; soy un tipo raro, pero amigable, no un asesino al acecho.
Entonces, levanto los dos pulgares, como si Lauren hubiera aceptado recibirme en la puerta.
¿Qué pensaría ese vecino chismoso? No creo que esté tan seguro de llamar a la policía. No cuando estoy saludando a Lauren dentro, comunicándome con ella por medio de señas. ¿Verdad?
Salgo de entre los arbustos y camino con confianza hacia la puerta del frente protegida por el porche de ladrillos. Este porche es la mayor de las bendiciones. Ningún vecino puede ver directamente la puerta, ya que los ladrillos la tapan. Nadie puede verme aquí.
Apoyo un pie contra la puerta y empujo con fuerza, asegurándome de hacer el menor ruido posible, o eso espero. A estas alturas, con el pulso retumbándome en los oídos, no creo que pueda oír ni siquiera un par de platillos de batería.
Repito el movimiento una vez más, empujando la puerta con suavidad, aunque con fuerza. La suela de la bota, oscura por la tierra húmeda, es inconfundible. Las Peak Explorer de Paul Roy, talla cuarenta y cinco.
Es hora de entrar.
¿La puerta está abierta? ¿Christian la dejó abierta? ¿Suele quedar sin llave? No lo sé. Si es necesario, entraré por la ventana lateral, junto a la cocina, que Lauren siempre deja abierta. Pero preferiría entrar por la puerta del frente, por obvias razones.
El sudor empieza a caerme sobre los ojos, siento el cuerpo en llamas, apoyo mis manos enguantadas sobre la puerta y giro el picaporte.
La puerta cede.
Miro hacia dentro, sin levantar demasiado la vista, esperando verla tirada en el vestíbulo.
Pero no está tirada en ningún lado. Entonces, levanto la vista y la veo. Está colgada (¿¿¿colgada???) de la barandilla del primer piso. Colgada de una larga cuerda anudada, la misma que Christian llevaba atada a la cintura. Eso explica por qué tardó tanto. ¿Por qué no le disparó?
Entro y cierro la puerta. ¡Esperé tanto este momento!
Levanto la vista hacia sus ojos muertos. No mira en mi dirección. Está bien. La vida no es perfecta.
—Cuánto tiempo, Lauren —susurro—. ¿Me recuerdas?
***
Espero. Dentro de la casa, el cuerpo de Lauren cuelga justo frente a mí y, en el suelo, cerca de mis pies, hay un tazón de vidrio roto. Me acerco a la mirilla que da a Lathrow. Si algún vecino llamó a la policía, no tardarían tanto en responder. Llegarían en cuestión de minutos.
En cuanto vea un coche de policía, correré hacia la puerta trasera, cruzaré el jardín y escaparé desesperado. No hace falta decir que no es el desenlace que quiero.
Saco el teléfono verde y lo enciendo. Envío un mensaje al teléfono rosa: ¿Truco o trato?
Luego busco el teléfono rosa en mi bolsillo y lo enciendo. Dos teléfonos: uno rosa y uno verde.
El teléfono rosa recibe el mensaje. Bien.
Espero. Vuelvo a asomarme por la mirilla.
Si algún vecino ha llamado a la policía, lo habría hecho bastante desesperado.
“¡Hay un tipo raro fuera y ahora se ha metido en la casa!”.
La policía no tardaría tanto en responder, vendría enseguida.
Probablemente ya debería estar aquí o llegar en cualquier momento.
O quizá… quizá no. Quizás el vecino dudó, ya que no estaba seguro, no querría armar ningún escándalo innecesario, no querría tener problemas con los Betancourt si todo esto no era nada, aunque, sin embargo, sintió una cierta preocupación, hizo la llamada, minimizando lo que vio, y la policía se lo tomó con calma porque no parecía urgente.
Eso significa que pueden aparecer en algunos minutos, que todavía no estoy fuera de peligro…
Respira, Simon. No te vuelvas loco. Concéntrate en lo que viniste a hacer.
Escribo otro mensaje desde el teléfono verde: ¿Hola? ¿Estás en casa? Necesito hablar contigo.
El teléfono rosa suena. Pasan otros dos minutos angustiosos, porque necesito un poco de tiempo entre los mensajes, y luego escribo otro: Probando… probando… 1, 2, 3… probando, probando… 1, 2, 3.
Entonces, vuelvo al teléfono rosa y escribo una respuesta que parece apropiada para la situación: No estoy en casa, te dije que salí de la ciudad.
Seguida de una respuesta rápida con el teléfono verde: Qué raro, juraría que te acabo de ver cruzando la sala, ¡debo de estar viendo fantasmas!
Eso requiere una respuesta rápida y cargada de miedo desde el teléfono rosa: ¿¿¿Estás en mi casa???
Y la respuesta razonable y calma desde el teléfono verde: Solo quiero hablar, eso es todo.
Un ida y vuelta cargado de desesperación.
No es tan fácil escribir con guantes, aunque son guantes de correr, diseñados para que los corredores puedan seguir usando sus teléfonos para cambiar la música o lo que sea que hagan.
Mis manos temblorosas tampoco ayudan. Pero ya he llegado hasta aquí y es momento del último intercambio: No tenemos nada de qué hablar, por favor, vete, ¡por favor!
Déjame entrar, trátame como un adulto. Sé que todavía me amas. ¿Por qué finges que no?
Vete y COMPÓRTATE como un adulto. Lo siento, de verdad lo siento, pero se terminó.
¿Qué estás haciendo? ¿Te has vuelto loco?
Deja de patear la puerta, voy a llamar a la policía.
Adelante, llámalos, atrévete.
Te dejaré entrar si me prometes que vas a estar tranquilo.
Lo prometo, lo juro.
Listo. Con eso es suficiente. Christian está molesto, viene a su casa, monta una escena fuera, ella no tiene más remedio que dejarlo entrar. Y, cuando lo hace, la mata.
Bien. Ya casi he terminado. Casi.