Caerás en mi trampa Capítulo 78
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Capítulo 78

Jane

—Gracias por esto, Dee. Te debo una.

—No hay problema. Parece que vais justos de tiempo, así que empecemos. —La agente especial Dee Meadows lleva a Jane Burke y Andy Tate a una sala de reuniones en una sede del FBI—. ¿Suelen usar estos datos de localización por antenas?

—No mucho —responde Jane—. Pero sabemos cómo funciona en líneas generales.

El teléfono envía una señal, una torre de telefonía la recibe, por lo general, la que esté más cerca, y esa torre almacena un registro de la comunicación: qué teléfono fue y a qué hora, hasta el minuto y el segundo.

Así podemos rastrear los movimientos de un teléfono, lo que significa que podemos rastrear los movimientos de su dueño.

La operadora nos dio acceso al historial de ubicaciones del teléfono rosa de Lauren Betancourt y del teléfono con el que se estaba comunicando.

Y nosotros os lo dimos a vosotros para que lo analicéis.

—Sí, a grandes rasgos es eso —confirma Dee Meadows, quien en la última época ha trabajado sobre todo en el equipo forense, pero tuvo mucha experiencia en trabajo de campo con la madre de Jane—.

Así que, primero lo primero: repasemos el historial de comunicaciones, pero dejemos de lado la noche de Halloween, que parece diferente.

—Claro.

—Bueno, salvo por la noche de Halloween, estos dos teléfonos se comunicaban solo entre sí —explica Meadows—. No se registró ninguna comunicación con otro número.

—Entendido.

—Y, como sabréis, estas comunicaciones habían sido cuidadosamente planificadas. A las diez de la mañana, de lunes a viernes, se escribían mensajes. Y luego, a las ocho de la noche, de lunes a jueves. Se tomaban los viernes por la noche y los fines de semana libres.

—Sí.

—Y mantenían los teléfonos apagados en cualquier otro momento.

—Interesante —comenta Jane—. No sabía eso.

—No podrías saberlo sin revisar el historial de los datos de localización por antenas.

Pero con eso verás que sus teléfonos no enviaban ninguna señal, salvo en esos horarios.

Así que eso que veis ahí, esos momentos en que se conectaban al mismo tiempo, en contraste con el resto de las horas que tenían sus teléfonos apagados, son las típicas señales de dos personas casadas que tienen una aventura y realmente no quieren que sus parejas se enteren.

—Ya sabemos que Lauren estaba casada, Dee. Pero no sabemos nada del hombre.

—Está bien —dice Meadows—. Esto es lo otro. Cada comunicación de Lauren ocurrió desde su casa. Y me refiero a todas. ¿Y el otro teléfono? ¿El del atacante? Excepto la noche de Halloween, que ya dijimos que fue diferente…

—Sí, Halloween es diferente.

—Bueno, dejando eso de lado, parece que él también escribía siempre desde la misma ubicación por la mañana y la misma ubicación por la noche.

Siempre dentro de Chicago. Ahora pasemos a eso —anuncia Meadows, mientras empieza a trabajar en su ordenador—.

Asumo que entendéis que el sistema no es absolutamente preciso, ¿verdad?

—Sí, solo entrega una ubicación dentro del rango de cobertura de la torre. Una zona. Cuantas más torres haya cerca, más pequeña será la zona.

—Exacto. En zonas rurales, por ejemplo, este sistema no es muy útil.

Pero este tipo estaba en la ciudad, donde hay muchas torres, así que es un poco más preciso.

Bueno, como os decía, todos los mensajes de Lauren salieron de su casa.

O de una zona bastante pequeña en la que se encuentra su casa, para ser más precisa.

—Sí —coincide Jane—. Podría haber estado dentro de su casa o en el jardín o en la entrada del garaje…

—O incluso a media manzana, como mínimo, y aun así habría enviado información a la misma torre de Grace Village. Pero sí, todos los mensajes de Lauren, cada uno de ellos, llegaron a la misma torre, así que no hace falta que veáis eso. Lo que sí quiero que veáis es el teléfono del atacante.

La agente Meadows apaga las luces y vuelve a su ordenador. Una imagen aparece proyectada sobre la pantalla blanca de la sala de reuniones. Es una vista aérea con cientos de puntos azules y varios círculos rojos más gruesos.

—Esta es la zona cerca del tren elevado en el centro, cerca de la estación Clark & Lake —explica Meadows—.

Para los mensajes de las diez de la mañana, y me refiero a cada uno de ellos, el teléfono se conectó a una o dos torres diferentes: una justo en la estación Clark & Lake y la otra a unas manzanas al sureste sobre Dearborn, entre Washington y Randolph.

Ahora bien, estas zonas tienen mucha densidad poblacional.

—Hay muchos edificios comerciales enormes allí —comenta Andy Tate.

—Bueno, espera —indica ella—. Cada torre de telefonía cuenta con antenas direccionales que dividen la zona en diferentes sectores.

Así que, en la torre de Clark & Lake, la antena sureste es la que recibió la señal.

Y en la de Dearborn, la antena noroeste es la que la recibió.

Entonces, eso nos da un área transversal bastante más pequeña.

—¿Un área de edificios comerciales enormes?

—En realidad, no —dice Meadows—. Mirad los edificios de estos sectores.

En la intersección de Clark y Randolph, tenemos el Centro Daley, oficinas del condado, ¿no?

Ya sabéis, jueces, fiscales, policías. Luego tenemos el Centro Thompson, donde en su mayoría son empleados públicos.

Y luego el edificio del condado y la alcaldía.

Lo mismo: empleados públicos. —Meadows mira a Jane—.

¿Algo de eso encaja con el perfil de tu sospechoso?

¿Un empleado público? Mencionaste que tenías una hipótesis de que este tipo tenía dinero.

—Es solo una hipótesis —aclara Jane. Es lo que la exesposa de Conrad creía: Lauren buscaba un tipo con mucho dinero para sustituir al que quería divorciarse de ella.

—Bueno, además de los edificios del Gobierno, también hay un aparcamiento enorme cerca. ¿Creéis que el tipo escribía desde un aparcamiento a las diez de la mañana?

—No creo —responde Jane—. Sospechamos que estaba en el trabajo. Solo una sospecha.

—Pero bastante buena —acota Meadows—. Entonces, si alguien con mucho dinero trabaja en este sector, es probable que lo haga en este edificio de aquí.

—Señala un edificio que se encuentra en la esquina de Randolph y Clark—.

Cuarenta o cincuenta pisos. Muchas empresas comerciales, prestamistas, abogados, la clase de oficinistas del sector privado. Gente con bastante dinero.

Jane mira el mapa.

—La Torre Grant Thornton.

—Así se llama ahora —dice Meadows—. Pero, ya sabéis, soy de la vieja escuela, así que para mí siempre será el Chicago Title & Trust.

***

—Entonces, de aquí salían los mensajes de las ocho de la noche —comenta Meadows—. Es la zona de Bucktown y Wicker Park, cerca del cruce de North, Damen y Milwaukee Avenues.

—La conozco más de lo que me gustaría admitir —dice Jane—. De mi juventud, claro.

Meadows le guiña un ojo.

—Entonces, como decía, si miramos la cobertura de estas torres de telefonía, parece que su atacante estaba en este vecindario —explica, marcando un círculo con un dedo en la pantalla proyectada—. Al norte de la avenida North, al sur de Wabansia, cerca de Damen o Winchester.

—¿Y qué hay ahí? —pregunta Jane, mirando el mapa.

—Unos edificios residenciales en Winchester —responde Meadows—. Más allá de eso, algunas tiendas en Damen, un cajero automático, Nike, Lululemon, una pizzería y un restaurante llamado Viva Mediterránea, que os recomiendo mucho, por cierto. Excelentes martinis.

Jane conoce Viva. No por sus martinis, sino por un hombre. Los martinis fueron lo mejor.

—Pero no me parece probable que escribiera desde Nike, Lululemon o Viva Mediterránea todas las noches. Es más probable que viva aquí, en Wicker Park. Quizá sobre North Winchester al 1600.

—Es tu mejor hipótesis.

—De lejos —dice—. En especial porque ahí es donde fue después del asesinato.

Jane se endereza.

—La ubicación…

—Le escribe la noche del asesinato, en Halloween, ¿cierto?

—Sí —responde Jane.

—Justo desde la puerta de su casa, ¿verdad?

—Sí.

—Y luego los mensajes cesan. Ahí suponemos que es cuando entra a la casa.

—Sí.

—Entonces, está en la casa, la mata y se va. Pero esta vez, no apaga el teléfono.

—¿Qué hace?

—Bueno, como sabréis —empieza Meadows—, el teléfono sigue activo, aunque no envíes ningún mensaje ni hagas una llamada. Se actualiza…

—Entonces, ¿dices que después del asesinato, deja encendido el teléfono y este envía señales a las torres, y eso nos permite rastrearlo?

—Sí, exacto. Y, si aislamos el 31 de octubre, tenemos este bonito recorrido.

La agente Meadows busca algo en su ordenador y proyecta una nueva imagen, esta vez con la información del 31 de octubre, Halloween. Jane se pone de pie y se queda mirando el camino registrado por las antenas y las zonas cerca de esas torres.

—Me parece que fue hacia el este desde la casa de Lauren, cruzó algún parque hasta Harlem Avenue, luego tomó Eisenhower, siguió hasta Kennedy, subió por Kennedy hasta North Avenue y desde ahí fue a su casa en Wicker Park —dice la agente Meadows.

Jane mira a Andy.

—Quizá tomó un taxi en Harlem y Lake —sugiere.

—Pudo haber dejado su coche ahí —dice Andy.

—Sí, pero es bastante difícil aparcar por esa zona —señala Jane—. Estoy casi segura de que tomó un taxi o un Uber.

—Entonces, debe de haber algún registro —dice Andy, tomando nota—. Yo me encargo.

—Como sea, el atacante llegó a su casa, en algún lugar de Wicker Park cerca de la intersección de esas tres avenidas, y envió su último mensaje —explica Jane—. La supuesta nota suicida. —Mira la transcripción del mensaje, el último que recibió Lauren después de su muerte: Lunes 31 de octubre, 22.47

Lo siento, Lauren. Lamento lo que hice y lamento que no me amaras. Pero no lamento haberte amado como nadie más lo hizo. Iré contigo ahora. Espero que me aceptes y me dejes amarte como no podrías hacerlo en esta vida.

—Noche de Halloween, 22.47 —dice Jane.

—Tiene sentido —comenta Meadows, que no tiene la transcripción, sino solo los datos de la localización por antenas—. Es la última señal que recibimos del teléfono. Y después de las 22.47, la señal muere para siempre.

—Eso significa que apagó el teléfono —dice Jane, mirando a Andy—. Y luego… ¿se mata?

Andy se encoge de hombros.

—No entiendo por qué apagaría el teléfono antes de suicidarse —agrega Jane—. ¿Qué? ¿Quería ahorrar batería?

—Todavía no sabemos si de verdad se suicidó —dice Andy—. Averigüémoslo.

***

—Entonces, ¿cuál es tu problema? —pregunta Andy al salir de la oficina del FBI.

Jane menea la cabeza.

—Ya sabes cuál es el problema. Todo parece raro.

—Pero ¿qué tiene de raro?

—¿Por qué Lauren sigue apagando el teléfono en su casa cuando ya no vive con Conrad? Ya sabes, cuando vivía con ella, está bien, tenía sentido. Pero ¿una vez que se muda a mediados de septiembre? Ya no está ahí para ver si se le enciende la pantalla o si suena.

—Quizás estaba pensando en el divorcio —sugiere Andy—. Conrad tenía pensado jugar fuerte. Seguro que contrataría a un investigador para revisar sus mensajes, sus llamadas.

—¿De un teléfono que ni siquiera sabía que existía?

—Mierda, no sé, Janey. No me parece raro que una persona infiel sea tan paranoica.

Jane guarda silencio. Por supuesto, lo que sugiere Andy es una posibilidad.

—Estás pensando en Simon Dobias —dice él—. Y en todo lo que escuchamos hace unas horas. Cómo manipula a la gente y cubre sus huellas.

—Bueno, sí. —Llegan al coche. Andy conduce.

Jane prefiere no hacerlo cuando está montando una hipótesis—.

¿No crees que todo esto parece un poco preparado, Andy?

¿No te parece demasiado obvio? Ya sabes, como si todas las flechas señalaran con mucha obviedad esas ubicaciones. ¿Esta gente nunca se movió de ahí?

—Entonces, ¿cuál es tu hipótesis? —pregunta—. Digamos que este tal Simon Dobias está detrás de todo esto. ¿Qué? ¿Va al trabajo de este tipo todas las mañanas para enviar mensajes? Y luego va a la casa del tipo…

—O cerca —lo interrumpe Jane—. Recuerda que tenemos solo una zona.

Podría haber estado parado en la puerta y enviar los mensajes desde ahí, y la señal se conectaría a la misma torre de telefonía que si estuviera dentro de la casa.

Como dijo Dee, podría estar a media manzana y la señal seguiría conectándose a la misma torre.

—Bueno, pero me sigue pareciendo rebuscado.

—Y eso es justamente lo que quiere que creamos.

—Bueno, joder, Janey, podemos estar jugando a eso todo el día. Para cada pista que absuelve a Simon, puedes decir “Eso es lo que quiere que creamos” o “Lo montó todo para que parezca de esa manera”. ¿Sabemos…? ¿Sabemos siquiera si Simon Dobias podría saber algo así?

—No lo sé, Andy. La gente sabe que sus teléfonos envían señales todo el tiempo a muchas antenas.

—Sí, pero ¿saben que esas antenas registran cada minuto y segundo de sus vidas y lo guardan por años? ¿Saben que nosotros podemos acceder a esa información y rastrear todos sus movimientos, incluso después de mucho tiempo?

—La única pregunta que importa es si Simon Dobias lo sabe —dice Jane—. Y apuesto a que la respuesta es sí.