Caerás en mi trampa Capítulo 77
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Capítulo 77

Simon

Diez minutos para las siete. Diez minutos para dejar de repartir dulces y para que Grace Village quede sumida en la oscuridad.

Hago tiempo como puedo, pasando junto a dos chicos con bolsas de supermercado que casi ni se tomaron la molestia de disfrazarse: solo llevan chaquetas de béisbol, una gorra y un poco de pintura negra alrededor de los ojos, con la esperanza de recibir los dulces que sobraron.

—¡Presidente Obama! ¡Buena onda! —grita uno de los chicos, levantando la mano para chocar los cinco. Quizá le resulte extraño que use guantes y ningún abrigo; solo este traje azul con corbata roja y la máscara de Barack.

Empiezo a caminar más lento cuando me acerco a Thomas Street, a solo media manzana de la casa de Lauren. Un grupo de tres adolescentes se acerca en mi dirección, hacia el norte, pero doblan en la esquina y siguen hacia el oeste por Thomas.

Se oye música a través de una ventana, canciones de Halloween para niños, primero “Monster Mash” y luego algo de Will Smith que nunca había escuchado, una especie de improvisación sobre el tema de Pesadilla en Elm Street.

Casi me asusto cuando lo veo aparecer por Thomas hacia Lathrow al este. La Parca, oscura y ominosa y, lo mejor de todo, anónima, oculta por esa capucha.

Hola, Christian.

***

Viernes 15 de agosto de 2003. La mañana siguiente a cuando te atrapé, Lauren.

La mañana siguiente a cuando os descubrí a ti y a mi padre follando como animales en su oficina.

Me quedé parado en la puerta de la oficina de los pasantes en nuestro bufete, que compartías con otras tres personas. Se me hizo un nudo en el pecho. Me temblaban los brazos y las piernas. Sentía un hueco en el estómago, un profundo vacío.

Estabas sola, sentada, revisando unos documentos. Te asustaste al verme. Por un instante, parecías avergonzada, incluso arrepentida.

—¿Cómo… cómo… has podido? —logré decir con una voz temblorosa y una gran congoja en la garganta.

Pero entonces levantaste la barbilla con total compostura.

—Somos adultos, Simon.

—Pero ¿qué hay de…? ¿Qué hay de…?

—Cierra la puerta —dijiste.

Lo hice y luego me volví hacia ti.

—Espero que esto no sea por aquella vez en mi casa —agregaste—. Reconozco que fue divertido. Fue un regalo de cumpleaños. Quiero creer que no estabas pensando que nos íbamos a casar.

Y luego soltaste una risita, como si fuera un chiste. Como si yo fuera un chiste para ti.

Como si yo fuera el que estaba exagerando todo. Ni siquiera me refería a la vez que estuvimos juntos. Ni siquiera se te ocurrió pensar que me refería a otra cosa, a otra persona.

—¿Qué hay de… mi madre? —pregunté, con dificultad para articular las palabras.

—Ah… —dijiste, y apartaste la mirada—. Es una situación difícil para todos, considerando lo enferma que está tu madre. Lo entiendo. No quiero quedar en el medio de eso. En serio.

—Pero… ya estás en el medio.

Te levantaste de la silla y te acercaste a mí.

—Debes entender que la relación entre tus padres ahora es distinta. Sabes a lo que me refiero, Simon. Pero él nunca la va a abandonar. No va a dejar de cuidarla. Yo solo soy una parte diferente de su vida.

Pero su vida era con mi madre. Mamá y papá, hasta que la muerte los separe.

Levantaste una mano, como si estuvieras haciéndome una promesa.

—Nunca haría nada para que tu padre abandone a tu madre. Él siempre estará con ella. Siempre la cuidará. Siempre la amará. Nunca, ni en un millón de años, interferiría con eso.

No supe qué decir. No podía creer ni comprender tu reacción. ¿La gente se comportaba así? ¿La gente pensaba así?

Quería gritar, llorar, sujetarte y hacerte daño. Pero mis pies se quedaron anclados en el suelo. Sentía la garganta tan cerrada que apenas podía respirar. Era como una pesadilla, esas en las que quieres gritar, pero no te sale la voz.

Miraste el reloj.

—Bill me necesita para tomar una declaración. Ya llego tarde.

No me moví. Cogiste tus cosas y pasaste caminando a mi lado. Yo, una estatua inmóvil, el chico estúpido, el impotente, el inútil que no hace nada, mientras Roma arde a su alrededor.

Fue la última vez que te vi en diecinueve años.

***

Tres meses más tarde. El día anterior al Día de Acción de Gracias de 2003. Hablé con mi madre hasta que se quedó dormida en su cama, con un ronquido suave, acostada boca arriba.

Me puse un abrigo y guantes y salí a tomar un poco de aire al jardín trasero.

Hacía bastante frío, pero no me importaba.

Siempre necesitaba tomar aire fresco después de acostarla.

Necesitaba sentir un olor distinto, algo diferente.

Nunca había estado tan enfermo como ella, así que no podía imaginarme lo que debía de sentir.

Pero sí sabía lo que era ver a alguien que amas deteriorarse ante tus ojos.

Había tenido tiempo para acostumbrarme. Había pasado más de un año desde que sufrió el ictus.

Lo que hacía que fuera más difícil era que acababa de comenzar la universidad e iba todos los días, lo que se traducía en sentirme abrumado por los nervios, el entusiasmo y la exigencia de este nuevo ambiente académico y social —estaba empezando mi vida, en muchos sentidos—, mientras mi madre se marchitaba en casa con un esposo de mierda.

El viento soplaba fuerte. Levanté un poco la frente, dejé que me agitara el cabello y se filtrara por mi abrigo. Me quedé allí un rato con los ojos cerrados.

Fue entonces cuando, al volverme para entrar, la vi. Sobre una mesa junto a la barbacoa de gas.

Una botella de champán vacía. Y dos copas alargadas de plástico rojo, de esas baratas que se pueden comprar en un autoservicio para llevar a un picnic o a un concierto al aire libre.

Pero mi madre no bebía alcohol, no después del ictus. No podía.

Dos copas. No una. Dos copas rojas de plástico.

Me acerqué y me las quedé mirando. Una botella de champán Laurent-Perrier Ultra Brut. No sabía nada de champán, si Laurent-Perrier era una marca cara o barata, pero sí sabía que no era la clase de bebida que tomas con tus amigos en casa.

Me limpié la boca y me puse de pie, mirando la botella y esas copas de plástico por tanto tiempo que mi cuerpo empezó a temblar del frío. Una vez dentro, tomé una bolsa de basura, volví afuera, metí la botella y las copas en la bolsa y la cerré, rezando que mi madre jamás viera eso.

No le dije nada a mi padre esa noche. Solo fui a mi habitación y cerré la puerta.

***

El día siguiente. ¡Feliz Día de Acción de Gracias de 2003!

—Es solo por una noche —dijo mi padre, mientras secaba los platos y yo fregaba. Mi madre ya estaba en la cama hacía una hora—. Este posible cliente tuvo un accidente horrible…

—¿Quién tiene una reunión el día después de Acción de Gracias? —pregunté—. ¿Y quién pasa la noche con ese cliente?

—Ya te lo dije —respondió, abriendo el armario y guardando una bandeja—. La familia vive en Kankakee y es un viaje largo…

—Pura mierda.

Se volvió hacia mí.

—¿Qué has dicho, jovencito?

—Dije pura mierda. Sigues viéndote con ella, ¿no? Me prometiste que no lo harías, pero… lo sigues haciendo. Todavía estás con… Lauren. —Su nombre parecía veneno en mi lengua.

—Simon…

—¿Sí o no, papá?

—Baja la… —Levantó la vista hacia el techo—. Baja la voz.

—Encontré la botella de champán y las dos copas en el jardín —dije, soltando las palabras con un susurro entrecortado—. Parece que te olvidaste de deshacerte de las pruebas.

Se quedó congelado, recordando, regañándose a sí mismo.

No fue difícil descubrirlo. El contenedor de reciclaje está en el callejón y, en ocasiones, cuando hace frío, dejamos la basura en el porche trasero y la llevamos al callejón la mañana siguiente.

O nos olvidamos, como al parecer le había pasado a él.

—Entonces, ¿qué? ¿Ahora viene a nuestra casa? ¿Se mete cuando mamá ya está dormida y yo estoy en la facultad? ¿Qué más haces con Lauren aquí, debajo de la habitación de mamá, cielo santo, mientras ella…?

—Escúchame, hijo…

—¿Sí o no? —insistí, empezando a levantar la voz. Me contuve cuando mi padre hizo un gesto con la mano para que bajara la voz. No quería que mi madre me oyera. No podía permitirlo.

***

Tres minutos para las siete. Tres minutos para que se apaguen las luces en Grace Village.

Christian camina más lento al acercarse a la casa de Lauren con su disfraz de la Parca. Tiene una cuerda atada a la cintura. ¿Una cuerda? Eso no venía con el disfraz. ¿Por qué una cuerda?

El disfraz le queda mejor que a mí. El mío, que llevo ahora dentro de la funda de almohada, casi se arrastra por el suelo cuando lo uso. Pero Christian es más alto y la parte inferior de la túnica casi no llega a las botas. Sus Peak Explorer de Paul Roy.

Tú y Vicky pensasteis un gran plan para destruirme, Christian. Pero este es el problema: como dijo un sabio alguna vez, si vas a engañar a alguien, más vale que sea una sorpresa.

Christian avanza por el camino de la casa y desaparece en el porche cubierto de arbustos, un pequeño nido de ladrillos que lo mantendrá oculto cuando suene el timbre y Lauren abra la puerta.

No tardes demasiado, Christian.

***

Una vez que los platos del Día de Acción de Gracias estuvieron limpios y secos, mi padre se sentó en la sala con los codos sobre las rodillas, mirando un vaso de bourbon. Más fácil eso que mirarme a los ojos, parado junto a la chimenea.

—Hay cosas que… un joven como tú no puede entender —dijo—. Tu madre y yo…, nuestra relación… Todavía la amo y siempre la voy a amar, Simon. Siempre…

—Pero te tiras a Lauren.

—Ey, escúchame.

Levanté las cejas. Nunca le había hablado así, pero sabía que no tenía ninguna autoridad moral.

—Venga, te escucho. Pero es eso, ¿no? Mamá está en silla de ruedas y no te sirve, ¿verdad?

Ahora tienes una cantidad absurda de dinero, bajaste diez kilos, incluso te hiciste un nuevo corte de pelo.

El nuevo solterón esbelto, Ted Dobias. Y mamá no encaja con tus planes.

Quieres divertirte. Y Lauren es divertida, por supuesto.

Se llevó la mano a la cara.

—Siempre te las arreglas para dejarme mal parado.

—Ah, no es tan difícil, papá. Créeme. —Me puse de pie—. Esto tiene que terminar ahora. Lo que tienes con Lauren termina hoy.

—Eso no va a pasar, hijo —dijo con un tono decidido.

Me acerqué, sintiendo cómo mis labios temblaban.

—¿Vas a dejar a mamá? Ahora que no puede…

—No, no, no. —Agitó una mano—. No voy a dejar a tu madre. Nunca lo haría.

—Pero no vas a dejar de acostarte con Lauren.

Se tomó un momento, luego cerró los ojos y asintió.

—No. No voy a dejar de hacerlo. Es mi decisión. No la tuya, Simon. Lo siento, pero no es tu decisión.

No supe cómo reaccionar. Podría haberle arrojado algo, roto algo, pero ¿de qué serviría? Podría haberlo golpeado hasta dejarlo inconsciente, pero ¿cómo se lo explicaría a mi madre?

Mi madre. La mujer que nos dio todo.

—Y creo que estamos de acuerdo en que es mejor que tu madre no se entere —dijo mi papá.

No se lo conté a mi madre. En el estado en que estaba, solo un recuerdo de lo que solía ser, a veces lúcida y alerta, a veces perdida y olvidadiza, la mantuve en la ignorancia. Nunca mencioné nada, ya que temía que fuera la gota que colmara el vaso, que la destrozara. No podía hacerlo.

No permití que Lauren Lemoyne se metiera con el matrimonio de mis padres. Pero dejé que se quedara con mi silencio. Me convertí en su cómplice.

No volví a hablar con Lauren después de eso.

Iba y venía de Grace Park durante mi primer año de universidad, mientras dejaba a mi madre en casa con la cuidadora, Edie.

Nunca dije nada cuando mi padre tenía “reuniones” inusualmente tarde los sábados por la noche o en Nochebuena, cuando su “trabajo” lo retenía más horas que de costumbre un martes o un jueves por la noche.

Nunca hice ningún comentario. Y tampoco mi madre.

¿Lo sabía? ¿Lo sabía ella, la persona más inteligente que jamás había conocido, la mente legal más afilada de todas, incluso con el cerebro dañado? ¿Sabía lo que él hacía? Si lo sabía, no dijo nada. Y yo tampoco.

Así como tampoco mi padre, hasta aquel día, casi un año más tarde, a finales de octubre de 2004, cuando llegó a casa y rompió en llanto, desesperado y avergonzado, y confesó que había puesto a Lauren como titular de la cuenta en la que tenía todo el dinero, que le había concedido acceso total, y todo el dinero había desaparecido.

—Me dijo que la trataba como una segundona —confesó entre lágrimas—. Solo quería sentir que algo mío también era suyo.

¿Y ese algo tenía que ser la cuenta que tenía todo nuestro dinero?

Pero eso es lo que haces con la gente que amas. Confías. Confías hasta que te demuestran que te equivocas. Hasta que te traicionan.

Y, entonces, reaccionas como sea que estés configurado para reaccionar.

***

—¡Feliz Halloween!

Sería una exageración decir que todos en Grace Village salen de sus casas a las siete a celebrarlo, al menos este año, pero muchos lo hacen, lo que marca el final de Halloween.

Pero es cierto que son bastante predecibles con las luces. En uno o dos segundos, apagan casi todas las luces de las casas y el vecindario queda sumido en una oscuridad total, salvo por unas farolas lejanas en el cruce.

Sin embargo, las luces de la casa de Lauren siguen encendidas. ¿Qué ha pasado? ¿Qué está pasando ahí?

Camino por Lathrow, por la acera opuesta, intentando actuar lo más natural posible: el muchacho disfrazado de Barack Obama. Miro hacia la derecha. La puerta sigue cerrada, la luz de la entrada aún está encendida.

¿Qué está pasando ahí dentro?

Aminoro la marcha todo lo posible. Hay poca visibilidad, pero me sirve, ya que me ayuda a mantenerme oculto en la oscuridad con el contraste de la luz de la casa de Lauren.

Camino un poco más, mirando hacia atrás, preguntándome cuánto tiempo más puedo seguir caminando “con naturalidad” por la misma acera…

La luz del se apaga y la casa queda sumida en la oscuridad total.

Luego se ve una gran oleada de luz (¿la puerta que se abre?), que desaparece casi con la misma rapidez con que había surgido, mientras Christian sale de su escondite y camina a toda prisa hacia la acera.

Se dirige hacia el norte, en la dirección opuesta.

Camina demasiado rápido. Debería ir más despacio, actuar con más naturalidad.

Pero eso solo podría importarle si alguien se fija en él y, probablemente, no sea el caso. A estas alturas, cualquiera como él, como yo, pidiendo dulces en un vecindario que dejó de entregarlos estaría en retirada, como suelen decir.

Yo también giro hacia el norte, solo para pasar otra vez por frente a la casa. Todo está a oscuras. Eso es bueno. La puerta está cerrada. También es bueno. ¿La puerta está cerrada con llave? Imposible saberlo. Nunca entré a esa casa.

Respiro hondo y sigo caminando.

Gracias por tus servicios, Christian. Aunque no supieras que lo estabas haciendo por mí.