Caerás en mi trampa Capítulo 76
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Capítulo 76

Jane

—¿Si sospecho que Simon Dobias mató a su padre? Sí.

Jane, Andy y el jefe Carlyle están sentados frente al ordenador del jefe en una llamada de Zoom con la teniente del departamento de policía de San Luis, Brenda Tarkington, y con Rick Gully, ahora retirado y asentado en Wyoming.

—Estoy de acuerdo con Brenda en eso —dice Gully—.

Durante la semana de finales del último año de universidad, fue hasta San Luis, le estampó una botella de vino en la cabeza a Ted Dobias, luego lo apuñaló en el abdomen mientras estaba en el suelo cerca de la piscina y lo empujó al agua.

Después volvió a Chicago y llamó a su terapeuta temprano esa mañana para confesar sus pecados.

Solo que no pudimos obligar a la terapeuta a hablar por el secreto profesional.

La corte falló en nuestra contra. Si bien no hablamos con su terapeuta durante algunos años, los jueces dijeron que él seguía contactando con ella a demanda.

— Y sin eso, ¿no pudieron probarlo? —pregunta Jane.

—No teníamos ninguna prueba tangible —responde Gully—.

El cuchillo no tenía huellas. Encontramos una huella en la botella de vino y ADN femenino en una copa, pero no tuvimos ninguna coincidencia en la base de datos ni con las huellas de Simon, y la base de datos de ADN también fue un callejón sin salida.

Es probable que haya sido un arma improvisada: una botella de vino que Ted había compartido con alguna amiga un rato antes. Y además…

—Tampoco disponíamos de las herramientas que tenemos ahora —agrega la teniente Tarkington—.

Simon tenía un coche viejo, así que no contaba con GPS ni ninguna memoria que indicara a dónde había conducido esa noche, o incluso si lo había hecho.

La interestatal no tenía cámaras de seguridad como ahora.

Si se detuvo a echar combustible, no usó una tarjeta de crédito.

Y creo que revisamos todas las cámaras de seguridad de todas las gasolineras de la interestatal entre San Luis y Chicago.

Algunas ya habían grabado encima para cuando fuimos a buscarlas.

Otras ni siquiera tenían cámaras que funcionaran y solo las usaban como fachada.

Y en ninguna de las que sí funcionaban y todavía tenían grabaciones de esa noche vimos a Simon Dobias.

—No pudimos desmentir su testimonio de que estuvo toda la noche en su casa estudiando —agrega Rick Gully—. No había forma de probar que no era verdad. El fiscal no pudo hacer nada.

—Creo que tenía el recibo de una pizza que había comprado —indica Tarkington—. ¿Verdad?

Sí. Jane lo vio entre los archivos que enviaron.

—Me había olvidado de eso —dice Gully, riendo—.

Así tuvimos nuestra ventana de tiempo. Firmó el comprobante de la tarjeta de crédito cuando compró la pizza a una hora específica de la tarde, cerca de las cinco, y el repartidor confirmó que Simon Dobias atendió la puerta y pagó.

También le dejó una propina bastante generosa, por lo que recuerdo.

Jane sonríe. Dejó una propina bastante generosa para que el repartidor lo recordara.

—Este tipo es bueno —susurra Andy Tate.

—Entonces, cuando vimos la hora y la comparamos con la hora en que se presentó a hacer el examen el día siguiente a las ocho de la mañana —dice Tarkington—, vimos que casi no tuvo tiempo suficiente para ir hasta San Luis, apuñalar a su padre con un cuchillo de cocina, regresar a Chicago y presentarse a hacer el examen. Pero solo casi.

—Una coartada casi perfecta —interviene Gully.

—¿No hay otros sospechosos? —pregunta Jane.

—Nadie que hayamos podido encontrar. El padre tenía dinero, pero no robaron nada en la escena.

Muchas empresas grandes probablemente lo odiaban porque las había llevado a juicio y les había quitado una buena cantidad de dinero, pero estas empresas no se dedican a matar a abogados que las denuncian.

Les gustaría, pero luego aparecería otro y ocuparía su lugar.

—Ted Dobias no tenía novia en esa época —dice Tarkington—.

Por lo que pudimos reconstruir, estaba bastante paranoico con las mujeres.

Tenía algunas escorts que contrataba, algunas mujeres de la vida.

Pero ninguna relación seria. Quizá porque Lauren Lemoyne le había robado todo el dinero, como descubrimos luego gracias a la policía de Grace Park.

—Además, nos focalizamos en Simon bastante rápido —interviene Gully—.

Lo primero que pensamos fue, por supuesto, un tipo rico es asesinado, ¿quién se beneficia?

¿Quién es su heredero? Era Simon. Listo para heredar, ¿cuánto?

¿Dieciséis? ¿Diecisiete millones? Pero luego descubrimos que Simon y su padre habían dejado de hablar cuando Ted se mudó a San Luis.

No hay ninguna llamada telefónica, ni tarjeta de Navidad.

Así que Simon, por lo que entendemos, probablemente ni siquiera sabía que iba a heredar ese dinero ni cuánto era.

—El dinero no era lo único —explica Tarkington—.

Era él. Simon mismo. Cuando lo interrogamos, el tipo fue bastante frío.

Recuerdo que me pareció un tipo impasible, insensible.

Y luego nos enteramos, gracias a los chicos de Grace Park, de que Simon había denunciado a Lauren Lemoyne en 2004, de que Ted engañaba a su esposa y dejó que Lauren se marchara con todo ese dinero; y el suicidio de su madre y, bueno, Simon fue ingresado a una clínica psiquiátrica un tiempo después de su muerte...

—Sí, eso lo leí.

—… y después escuchamos todo lo que pasó con ese luchador y el Gatorade adulterado. Y más tarde descubrimos que, la mañana siguiente a la muerte de Ted, Simon llamó a su terapeuta a primera hora de la mañana, la primera llamada que le hacía en años.

—Muchas alarmas, pero ninguna prueba —señala Jane—.

Sin embargo, lo que no entiendo es… ¿por qué lo hace en 2010?

Su madre murió en 2004. ¿No estuvo internado en la clínica…

qué… dieciocho, veinte meses? Eso ya sería 2006.

¿Por qué esperó cuatro años para hacerlo?

¿Y por qué elegir la semana de los exámenes finales?

Una pausa. Jane deja a todos en silencio con esa pregunta. Luego Brenda Tarkington suelta una risita. Gully también empieza a reír.

—¿Dije algo gracioso?

—No, sargento, para nada. No queremos faltarle el respeto —dice Tarkington—.

Es que nos hicimos esa misma pregunta. ¿Por qué esperar tanto?

El tiempo pasa, sigue adelante, está a punto de graduarse y especializarse en una facultad prestigiosa.

Está listo para el éxito. ¿Por qué elegir ese momento para vengarse de papi?

—¿Y qué respuestas tienen?

—Esas preguntas son las respuestas —dice Gully—.

Porque nos hicimos esas mismas preguntas y lo descartamos como sospechoso.

¿Por qué esperar tanto? ¿Por qué elegir el momento en que está a punto de hacer los exámenes finales, cuando sería increíblemente inconveniente, casi imposible, hacer algo así?

¿Justo cuando está a punto de entrar a la facultad de Derecho y tener una vida exitosa?

—Se tomó su tiempo.

—Ah, sí, sargento —coincide Gully—. Se tomó todo el tiempo del mundo.

—Parece que ese es el modus operandi de Simon Dobias —agrega Tarkington—. También esperó el momento adecuado para destruir a ese luchador que lo acosaba.

—Pero todo esto del padre parece diferente —interviene Andy Tate—. Con lo del luchador, cielos, lo hizo perfecto. Usó todo ese acoso en su contra. Lo manipuló para que se hiciera daño a sí mismo y luego tuviera que admitir que lo acosaba. Pero con su padre…, ahí no fue manipulador.

—Bueno, no podía manipular las cosas del mismo modo con su padre —dice Tarkington—.

Estaba demasiado lejos. Estaban totalmente distanciados.

Habría tenido que pasar mucho tiempo en San Luis preparando algún plan, aprendiendo todo lo posible sobre la nueva vida de su padre y, además, tendría que haber explicado por qué estaba pasando tanto tiempo allí.

No, con su padre fue diferente. Lo mejor que podía hacer era buscarse una coartada sólida y hacerlo él mismo.

—O quizás eso era una cuestión tan personal que quería hacerlo él mismo —opina Jane.

—Sí, claro, eso también puede ser —coincide Gully, moviendo un dedo frente a la cámara—.

Pero cuanto más lo interrogamos y más ayuda recibimos del departamento de policía de Grace Park sobre lo del luchador…

¿Nuestra teoría? Es un manipulador, antes que nada.

Brenda tiene razón. No contaba con los recursos para orquestar un plan así en San Luis o lo habría hecho.

Jane se reclina, asintiendo, y mira a Andy por si tiene alguna otra pregunta.

—Escuchad, muchachos —dice Gully—. Si sospecháis que fue él quien asesinó a Lauren, y creo que deberíais hacerlo, más vale que estéis listos para que os presente una coartada sólida y mejor que estéis listos para ir un paso más allá.

Se toma su tiempo, como dijo Jane. Lo tiene todo planificado.

No va a dejar ningún rastro de sus propias huellas.

Tarkington asiente y sonríe.

—Es capaz de orquestar todo —concluye— para que alguien más haga su trabajo sucio sin siquiera saberlo.