Caerás en mi trampa Capítulo 74
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Capítulo 74

Jane

—Simon y yo cursamos juntos el mismo año —cuenta Jane—.

No lo conocía bien. Compartíamos algunas clases.

Era un chico bastante bajito, pero pegó el estirón en el último año y resultó ser un gran corredor, el típico atleta delgado.

Pero cuando empezó el bachillerato era pequeño, flaco, tímido y superinteligente. Y lo molestaban mucho.

—Tiene sentido —dice el jefe.

—En primer año había un chico del último año llamado Mitchell Kitchens —continúa—.

Un tipo enorme que practicaba lucha y era de los mejores del estado en su peso.

Yo salía con un chico de segundo que también estaba en el equipo y, para él, para los más jóvenes, Mitchell Kitchens era como un dios, ¿vale?

Este estudiante del último año, luchador estrella, atleta destacado a nivel del estado, en busca de una beca; todo eso.

—Bien —dice el jefe Carlyle.

—Bueno, parece que Mitchell acosaba bastante a Simon. Todo esto salió a la luz después.

—¿Después de qué?

—Bueno, esa es la historia. Al parecer, Mitchell molestaba mucho a Simon. Decían que, cuando Simon bajaba del autobús todas las mañanas, Mitchell lo levantaba y lo lanzaba.

—Lo… ¿Cómo que “lo lanzaba”?

—Eso mismo. Lo tomaba del cuello de la camisa y del cinturón y lo lanzaba por el aire.

—¿Como en esos torneos de lanzamiento de enanos que hacían en los bares?

—No sé. Pero sí, para Mitchell era una especie de torneo. ¿Cómo de lejos podía lanzarlo ese día?

—Cielos. ¿Y nadie decía nada?

Jane se encoge de hombros.

—No lo hacía frente a toda la escuela ni nada por el estilo. Los luchadores usaban un gimnasio pequeño junto a la entrada de la escuela. Iban ahí y Mitchell hacía su lanzamiento diario, mientras sus amigotes se reían. Y supongo que Simon nunca se quejó.

—Genial.

—El otro tema era que Simon llevaba su almuerzo todos los días con una botella de Gatorade. Bueno, parece que Mitchell se la robaba siempre. Se acercaba a la mesa y le decía: “¿Me trajiste mi Gatorade?”. Al menos, eso es lo que oí. Más tarde. Después de todo.

—Entonces, quizá deberías ir a lo importante, Jane.

—Bueno. Era el final de la temporada de lucha, las competiciones “regionales”, o algo así como las eliminatorias, antes del campeonato del estado.

—Semifinales, regionales, lo que sea.

—Sí, puede ser. Entonces, Mitchell Kitchens, este luchador estrella, había llegado a las regionales.

Pero tenía que luchar contra otro tipo que supuestamente era igual de bueno.

Mismo peso. Era, no sé, como una especie de batalla de titanes o algo por el estilo.

Mi novio de entonces estaba muy entusiasmado.

Era en la Grace Consolidated High School un viernes por la noche.

Al parecer también había cazatalentos de algunas universidades con los mejores equipos de lucha del país.

Sé que Iowa tenía a alguien ahí y, al parecer, era todo un acontecimiento.

—Vale.

—Fue una cosa de locos. Las gradas estaban llenas, todos estaban entusiasmados, muchos de estos tipos musculosos corriendo de un lado a otro con esas mallas ridículas superajustadas que parecen trajes de bailarines.

—Y… —El jefe hace un gesto con la mano para que siga—. ¿Mitchell Kitchens luchó contra este tipo?

—Bueno, ese es el asunto —dice Jane—. No. Justo antes de la pelea hicieron un anuncio. Mitchell había sido descalificado por un test antidopaje que dio positivo para una sustancia prohibida.

El jefe se reclina en la silla, con la lengua entre los dientes y los ojos entrecerrados.

—No recuerdo qué sustancia —agrega Jane—. Cloro algo. Recuerdo que sonaba a cloroformo. Era una especie de diurético o… No sé, dijeron que era un “agente enmascarante”, una sustancia que se utiliza para ocultar la presencia de otra sustancia ilegal…

—Un agente enmascarante. Sí, los conozco. Pero ¿qué tiene que ver esto con Simon…? —pregunta el jefe, bajando la mirada—. ¿Me vas a decir que este tal Simon Dobias adulteró su propio Gatorade porque sabía que Mitchell Kitchens se lo robaría?

—Eso fue exactamente lo que dijo Mitchell —responde Jane.

—Es…, bueno, es…

—Diabólico —dice Andy Tate—. No existe otra palabra.

—¿Y pudieron demostrarlo? —pregunta el jefe.

—¿Que Simon adulteró su Gatorade? Cielos, no.

¿Cómo iban a hacerlo? Esas sustancias permanecen días en el cuerpo.

Simon pudo haberla puesto en alguna de las botellas que Mitchell le robó a comienzos de semana, varios días antes del test antidopaje.

Cuando dio positivo, la botella ya no existía, estaría en un vertedero, enterrada bajo montañas de basura; eso, en caso de que siquiera quedaran rastros de la sustancia en ella.

No había manera de probar nada. Mitchell estaba convencido y muchos creían que era posible, pero… no había pruebas.

—Claro —dice el jefe, con una sonrisa forzada—. Claro.

—Mitchell lo intentó. Su familia también.

Pero parte del problema era que, incluso para contar la historia, tendría que explicar por qué Simon haría algo así.

Tendría que admitir que le robaba el almuerzo a un estudiante más pequeño todos los días.

Lo que sí dijo fue que Simon le convidaba un trago todos los días, pero vamos…

nadie se lo creyó. Simon dijo que Mitchell se lo robaba y todos en su mesa, ocho o diez personas, lo confirmaron.

—Claro, por supuesto. —El jefe asiente—. Cielos. Para señalar a Simon, Mitchell tenía que admitir que lo acosaba hasta el hartazgo.

—Exacto. Ahora consideremos la versión de Simon —dice Jane—. Solo tuvo que negarlo. No sabía nada de esas sustancias. Nada de las regionales de lucha ni los tests antidopaje. Era un ratón de biblioteca. Nadie podía probar lo contrario.

—Y el luchador, Mitchell, no logró nada con su acusación.

—Lo único que logró fue complicar más su situación. La investigación de la escuela terminó demostrando que Mitchell había estado atormentando a un chico más joven que él. Y eso no lo hizo quedar muy bien que digamos. Cuando la escuela cerró el caso, Simon era la víctima, no el perpetrador.

—Aunque lo fuera de hecho.

—Ah, sí. Era víctima de un acoso brutal. Y tendría que haber visto lo que pasó cuando Mitchell lo encontró el lunes siguiente en la escuela. Ahí todo llegó al límite.

—¿Qué pasó?

—Bueno, yo no estaba presente, pero me enteré luego.

Todos se enteraron. Mitchell estaba esperando a Simon cuando llegó en el autobús.

Se acercó directo a él, lo tiró al suelo y empezó a golpearlo.

Un tipo enorme del último año golpeando a un chico diminuto de la mitad de su tamaño.

El vigilante de la escuela se acercó corriendo para separarlos, pero también recibió un golpe.

—¿Mitchell golpeó al vigilante?

—Ah, sí, para cuando terminó, ya habían llegado varios coches de la policía. Fue un escándalo. Tuvieron que dispararle con una táser y llevárselo esposado.

—¿Lo arrestaron? ¿Lo imputaron?

—Sí y sí —responde Jane—. Simon se negó a presentar cargos en su contra, pero olvidemos a Simon; Mitchell había golpeado a un vigilante.

Y tenía diecisiete años, así que podía ser juzgado como un adulto.

Resistencia a la autoridad y agresión con agravantes.

No fue a prisión. El juez le concedió la libertad condicional.

Pero lo expulsaron de la escuela y quedó con antecedentes.

Creo que ahora trabaja en la construcción.

El jefe procesa todo esto, menea la cabeza y se inclina hacia delante.

—Bueno, entonces, supongamos, y esto es solo una hipótesis, supongamos que Simon Dobias es un genio malvado. Diabólico —sugiere, mirando a Andy Tate—. Planeó todo para que su acosador básicamente se perjudicara a sí mismo al robarle su bebida adulterada.

—Y se aseguró de que fuera casi imposible de probar —interviene Jane—. Y lo obligó a confesar que lo acosaba para siquiera poder contar la historia.

—Lo acorraló por todos los flancos —dice Andy Tate—. Se aprovechó de la situación de todas las formas posibles.

—Bueno. Y luego está la muerte de su padre en San Luis en, cuándo, ¿2010? —dice el jefe—. ¿Por qué el departamento de policía de San Luis sospecha que Simon Dobias asesinó a su padre?

—Para entender la historia de la muerte de Ted Dobias en 2010 —responde Jane—, tenemos que retroceder hasta 2004. A la denuncia que hizo Simon ante la policía de Grace Park. Eso es lo que hace que todo tenga sentido.