Capítulo 73
Jane
Los sargentos Jane Burke y Andy Tate bajan de su coche y entran a la central del Grupo de Trabajo contra Delitos Graves de los Distritos del Oeste en Forest Park. Jane llegó a la comisaría a las seis de la mañana, en el segundo día de la investigación, y Andy, a las seis y media.
—Cruel, sí —dice Jane.
—No puede ser peor —confirma Andy—. ¿“No te amo”? ¿“Nunca te amé”? ¿“Necesitaba a alguien diferente después de un matrimonio desastroso”? ¿“Solo fuiste una etapa de ese duelo, pero nada más”? En serio, no se puede ser más cruel que eso. ¿Te imaginas si alguien te dijera algo así?
Jane lo mira de reojo.
—No —dice—. Ese es el problema. Parece…, no sé, fingido.
—Ah, vamos, Janey. ¿En serio crees que lo hizo una mujer? ¿De verdad crees que el novio de Lauren tenía una esposa y la esposa hizo esto?
Jane se detiene antes de entrar a la comisaría. El aire frío la deja sin aliento.
—Sé que el rastro de sangre que me mostró Ria no miente, Andy. Alguien movió el teléfono rosa después del asesinato. Tuvo que haber sido el asesino. Y si el asesino era el novio de Lauren, tendría que ser el tipo más idiota del mundo para no cogerlo y llevárselo.
—Y nunca conociste a un asesino que cometiera un error...
Un par de oficiales de Forest Park, a quienes Jane reconoce, pero cuyos nombres no recuerda, pasan a su lado al entrar a la comisaría. Ella retrocede y hace un gesto de asentimiento hacia ellos.
—Sí, los asesinos cometen errores, pero este tipo no lo vio o estaba tan nervioso que se le pasó por alto.
Eso puedo entenderlo. —Da un paso hacia delante y baja la voz—.
Pero este tipo sí lo vio. Le prestó atención.
Le prestó mucha atención. Lo empujó despacio y con cuidado debajo de la mesa.
Fue a propósito, Andy. Se tomó su tiempo.
Lo pensó bien. ¿De verdad crees que cuando él, o ella, empujó el teléfono debajo de la mesa nunca se le ocurrió decir “Ey, este teléfono es bastante incriminatorio, quizá debería llevármelo… o romperlo en treinta mil pedazos”?
—Entonces, ¿fue una mujer? ¿La esposa del amante? —pregunta Andy—. Mata dos pájaros de un tiro. Mata a Lauren e inculpa a su esposo. ¿Todo porque un teléfono se movió no una, sino dos veces?
—Ya sé que no es una prueba irrefutable, de acuerdo —dice—. Pero hay algo que no encaja.
—Una mujer levantó a Lauren y la lanzó por la barandilla, mientras pataleaba y gritaba.
—¿Quién dijo que pataleaba y gritaba? El golpe en la cabeza pudo haberla dejado inconsciente. El atacante le puso el lazo alrededor del cuello y la lanzó por encima de la barandilla. Puede que no sea lo más fácil, pero muchas mujeres podrían hacerlo. Solo… hazme un favor y mantén la mente abierta.
***
—Aquí tienes, Jane —dice Marta Glasgow, del equipo forense de Delitos Graves, cuando abre una imagen en su ordenador—. Ahí está. Ahí tienes tu bota.
Jane se asoma por encima del hombro de Marta y mira la pantalla.
—Unas… Peak Explorer.
—Sí. La marca es Paul Roy. Tienen una colección que se llama Peak y este modelo es el Explorer. ¿Ves las suelas?
En la parte derecha de la pantalla dividida se ve la suela de una bota en diagonal, con una tira en el centro y la figura triangular de la cima de una montaña, junto a otras pequeñas secciones del mismo diseño.
—Unas Peak Explorer de Paul Roy.
—Sí. Talla cuarenta y cinco.
—¿Y estás segura?
—Sí. Coincide con el molde y las fotografías de las huellas en la puerta principal. Tienes suerte de que haya llovido esa tarde. Apenas lo suficiente para humedecer la tierra detrás de los arbustos, junto a la ventana.
—¿Tienes idea de cómo de viejas son estas botas? —pregunta Jane.
Marta ríe.
—No hago milagros, Jane. Pero por lo que veo, las suelas no estaban muy gastadas. Podrían ser nuevas o con muy poco uso.
—Gracias, Marta.
Jane se atreve a mirar a Andy.
—No digas nada.
Andy se inclina hacia ella.
—¿Una mujer que calza el cuarenta y cinco?
***
—¿Tiene idea de cuántas llamadas he recibido en las últimas veinticuatro horas?
Están todos muy molestos. Algunos incluso están asustados —dice el presidente del barrio, Alex Galanis, apoyando una rodilla en la silla de la oficina del jefe—.
Más de una persona me contó que piensa mudarse a Chicago para alejarse de esta clase de violencia.
—Creo que están exagerando, Alex —dice el jefe Carlyle—. Mi declaración dejó muy claro que nadie estaba en peligro.
—No fue lo suficientemente fuerte. ¿Tiene algún sospechoso o alguien de interés, al menos?
—pregunta Galanis, suspirando, mientras se coloca la corbata.
Alex Galanis es un abogado que trabaja en la ciudad y cumple su segundo mandato como presidente del barrio.
Se rumorea que lo están probando para postularse al Senado del estado en 2024.
Jane conocía a su hermano menor, Nikos, del bachillerato.
—La sargento Burke ha estado llevando adelante esta investigación sin descanso —explica el jefe—. Es nuestra mejor agente. Jane, ¿por qué no te encargas de eso?
Su primer instinto es darle las gracias por dejarle responder esa pregunta, como si le estuviera dando vía libre para hacer su trabajo y quedarse con el mérito.
Aunque el mérito, en este contexto, puede convertirse en una mayor responsabilidad y esa vía libre puede estar todo menos libre y hacer que termine atropellada por un tren.
—Tenemos numerosas pruebas que indican que este homicidio tuvo un móvil personal —comenta—.
Tenemos mensajes de texto desde un teléfono prepago.
Mensajes de amor. Lauren tenía una aventura.
Y los mensajes muestran que ella acababa de terminar ese romance.
Así que eso nos da un motivo bastante claro.
Lo desafiante ahora es identificar quién estaba del otro lado de esos mensajes.
Jane no cree que sea tan sencillo, pero como resumen es bastante aceptable.
—Bueno, bien, por lo menos es algo…, me refiero a lo del romance —dice Galanis, y levanta una mano—. No tenemos un asesino en serie suelto por ahí ni nada por el estilo. ¿Y creen que este asesino… pudo haberse suicidado?
—Bueno, señor, el último mensaje que le envió, una vez muerta, parece una nota de suicidio, sí.
Galanis asiente. No quiere desearle la muerte a nadie, pero eso sin duda calmaría el miedo en el barrio.
—Entonces, ¿cuánto va a llevar esto?
—Desearía tener una respuesta, señor.
—¿Semanas? ¿Meses?
—Espero que no. Es demasiado pronto.
—¿Pero podría llevar meses?
—Llevará lo que tenga que llevar, señor —responde con firmeza.
—Ah, no nos va a llevar meses, Alex —interviene el jefe—. La sargento Burke es muy metódica. Esperamos que no nos lleve mucho tiempo. Pero no podemos garantizarle nada.
—Sabe lo que van a decir todos —señala Galanis—. Van a decir que estamos lidiando con muchos policías incompetentes de algún pueblito perdido. Estamos hasta el cuello, ¿no? —Mira a su alrededor—. ¿No?
—Claro que no. Estamos trabajando con el FBI y con el equipo forense del Grupo de Trabajo contra Delitos Graves. Y tenemos a todos involucrados en el caso.
—Quiero actualizaciones diarias. —Se abrocha la chaqueta y sale de la oficina.
El jefe mira a Jane y le guiña un ojo.
—Otro cliente satisfecho. ¿Quién está a cargo de la geolocalización de los teléfonos móviles? ¿Delitos Graves o el FBI?
—El FBI —responde Jane—. Conozco a una agente que puede decodificar esas cosas al derecho y al revés.
—Está bien. ¿Y eso va a ser hoy?
—Sí, señor.
—Bien. Ah, otra cosa, Jane, ¿qué es lo que acaba de enviarnos Grace Park? Muchas cajas con archivos.
—Todo lo que tienen sobre Simon Dobias —responde Jane.
—¿Ese es… el tipo que hizo aquella denuncia en 2004?
—Sí.
—¿Sigue aquí? ¿En Grace Park?
—Según los registros de los impuestos a la propiedad, sí.
—¿Y crees que puede haber algo relevante ahí? Ya ha pasado mucho tiempo.
—Lo sé —admite Jane—. Conozco un poco a este tipo. Fuimos al bachillerato juntos.
—¿Y crees que pudo haber sido él?
—Bueno…, ha pasado mucho tiempo. No lo conocía tanto.
—Sí, pero cuéntale lo que me contaste a mí, Jane —dice Andy Tate—. Lo del bachillerato. La historia sobre Mitchell Kitchens.