Caerás en mi trampa Capítulo 71
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Capítulo 71

Vicky

Estoy en el callejón del garaje del apartamento de Christian el lunes al mediodía.

El sol está alto, el aire es frío. La temperatura va a alcanzar hoy una máxima de cinco grados y hay una baja probabilidad de lluvia temprano por la tarde, aunque no lloverá mucho tiempo si es que llueve.

Me sirve. El clima perfecto para pedir dulces.

Una noche perfecta para cometer un asesinato.

Alguien debió haber dicho eso en una película.

Pero ¿qué es lo que no está tan bien? La puerta del garaje no se abre. Christian siempre abría a tiempo para no dejarme parada en el callejón, expuesta a la vista de todos.

Elegiste un día bastante de mierda para retrasarte, Christian.

Sé el código para entrar a su garaje, pero no quiero usarlo. No quiero asustarlo. Ya parecía bastante nervioso. Preferiría que saliese y me abriese él.

Levanto la vista hacia su apartamento, pero el sol me da de lleno en la cara y no veo ningún indicio de lo que pueda estar sucediendo allí arriba.

Cinco minutos pasadas las doce, un leve pánico empieza a apoderarse de mí. Necesito verlo. ¿Qué está haciendo? ¿Se ha olvidado? ¿Cómo se pudo olvidar?

Está asustado, eso es lo que pasa, está asustado…

La puerta empieza a abrirse y me sobresalto. Me cuelgo el bolso al hombro y entro.

Al otro lado encuentro a Christian con una camiseta blanca sucia y el cabello sobre los ojos con profundas ojeras.

—Feliz Halloween —digo, pero no sonríe—. ¿Qué pasa? Te ves hecho una mierda.

Lo sigo arriba.

—¿Estás bien? —pregunto.

Se detiene en la cocina y me mira.

—Estoy bien. Un poco nervioso nada más. Nunca he hecho algo así.

No te acobardes ahora, Christian. Te necesito, compañero.

Tiene los ojos vidriosos, como si hubiera estado llorando. Está pálido, sudado y tembloroso.

¿Es una broma? ¿Me va a abandonar ahora? Solo faltan unas horas.

—Voy a buscarte un vaso de agua —digo.

—Guantes —indica, señalando la encimera de la cocina.

Un par de guantes de goma, fuera de su envoltorio, esperándome. Inteligente.

—Es que pasé… todo el fin de semana limpiando cualquier rastro tuyo de este apartamento —explica.

Me pongo los guantes de goma, saco un vaso del armario, lo lleno de agua y se lo doy.

—Bebe —digo—. ¿Tienes gripe o algo así?

—Es que… acabo de vomitar —admite—. Es el estómago, por los nervios, supongo. No tengo gripe.

—Déjame tomarte la temperatura. ¿Tienes un termómetro?

—Eh…, creo que sí. Es viejo.

Entro al baño. Apesta a vómito. La tapa del retrete sigue levantada. ¡Menudo blandengue! ¿Qué esperaba de un tipo que tiene un cepillo de dientes de titanio que combina con una recortadora de vello nasal?

—Voy a limpiar un poco aquí —grito—. Deberías acostarte. Descansa un poco.

Descansa y compórtate como un hombre.

***

Cuando salgo del baño, está acostado en el sofá, intentando relajarse, aunque sin lograrlo. Dejo mi bolso a un lado, me siento junto a él y le levanto los pies sobre mi regazo.

—Solo tenemos una oportunidad —digo.

—Lo sé. No te preocupes. Cuenta conmigo.

—¿Practicaste con la Glock?

Asiente.

—Sí. Está bien. Es fácil.

—Vale. ¿A qué hora vas a ir?

Suspira con fuerza.

—Creo que a las seis y media, más o menos, estaré ahí. Voy a intentar mezclarme con la gente. Llegaré a la casa cinco minutos antes de las siete.

—Bien. Unos minutos antes de las siete, toca el timbre. Si son pasadas las siete, quizá no te abra.

—Lo sé. Entendido.

—Y justo a las siete, puede que la gente esté a punto de asomarse a gritar “Feliz Halloween”…

—Lo sé, Vicky. Unos minutos antes de las siete. ¿Y si hay otros niños justo en ese momento? Ya sabes, pidiendo dulces.

—No es probable —digo—. Pero si ocurre, espera a que se vayan.

—¿Y estás segura de que Conrad está en el centro?

—Sí. Lauren va a abrir la puerta. Va a estar sola. ¿Está bien? —Le doy una palmada en la pierna—. ¿Estamos bien? Es un buen plan, Christian.

—Sí —dice, como si intentara convencerse tanto a sí mismo como a mí—. Estoy bien.

Cielos. ¿De verdad quiere los veintiún millones de dólares o no?