Capítulo 70
Simon
Tres de la mañana. Técnicamente, ya es Halloween. Vicky está en el quinto sueño, durmiendo pacíficamente en la habitación. Yo, en cambio, no puedo dormir; estoy demasiado acelerado. Necesito correr, pero es demasiado temprano, incluso para mí.
Me quedo mirando el teléfono verde. No, aquí no, ahora no.
No quiero despertar a Vicky, así que bajo y deambulo por la casa a oscuras. Tiemblo del frío, o quizá de los nervios, no sé, pero tengo muchísimo frío, como si un viento invisible me estuviera atravesando.
Camino de un lado a otro, frotándome los brazos, y pienso. O, al menos, intento pensar. No puedo quedarme quieto.
Respira hondo. Cálmate, Simon. Respira hondo.
¿Por qué le decimos “Salida” al punto de partida de un juego de mesa, cuando en realidad es el lugar por donde “entramos” al juego?
Respira hondo.
La frase “Es la única opción” es un oxímoron.
Si alguien me dice “Creí al hombre que no tenía dinero”, ¿creyó que no tenía dinero o creyó a un hombre pobre?
Respira hondo.
No. No. Los viejos trucos no funcionan, no funcionan para nada. No puedo lograr que mi cabeza deje de recordar. Recordar tus palabras, Lauren, hace diecinueve años, y la expresión en tu rostro cuando me lo dijiste.
“Supongo que no estabas pensando que nos casaríamos”, dijiste.
Y luego te reíste, una risa pequeña, como si incluso la mínima posibilidad de tener una relación conmigo fuera divertida. Era una broma para ti. Yo era una broma para ti.
No te importaba. Ni siquiera te molestaste.
Después de estrellarte contra mí como una bola de demolición, te fuiste. Al menos tuviste la decencia de irte.
Y yo estaba dispuesto a dejarte ir. Me llevó mucho tiempo, fue difícil, brutal, pero dije: “Está bien, déjala ir, hazte a un lado”, y lo hice, Lauren. Me hice a un lado. Nunca te olvidé, ni un solo día, pero me hice a un lado.
Y después volviste. Y ni siquiera me lo dijiste.
Solo volviste como si nada importara, como si nada de lo que habías hecho hubiera cambiado algo y simplemente volviste a pasearte por aquí y ¿qué mierda importaba si era cerca de mi casa?
Y ese club, ese club de campo, al que nunca voy, solo soy socio por herencia familiar, pero sabías que era el lugar predilecto de mi familia y tenías que haber pensado que nos cruzaríamos allí, pero ni siquiera eso evitó que fueras; lo hiciste, Lauren, fuiste todos los días, porque nunca te importó una mierda, ¿verdad?
Porque todo gira alrededor de ti. Nunca te importó nadie más que tú.
Desearía no haberte visto ese día de mayo. Cinco segundos, Dios, cinco segundos de diferencia y quizá no te habría visto, nunca me habría enterado de que habías regresado.
Abro la llave de gas de la chimenea en la sala, me siento cerca cuando el fuego cobra vida y la leña empieza a crepitar. Acerco las manos. Pero no puedo dejar de temblar.
Tomo el certificado de matrimonio. Acta de matrimonio . Nombre Simon Peter Dobias. Nombre Victoria Lanier. Fecha de registro 03/11/2012.
Vicky me ayudó a ser mejor. La habría amado para siempre si ella me hubiera amado de la misma manera.
Abro la pequeña puerta metálica y arrojo el certificado al fuego. Me quedo mirando cómo se quema, se retuerce y se convierte en cenizas.
El diario verde. Odio ese diario. Estoy harto de ese diario. Lo hojeo, mientras el calor abrasador me golpea el rostro. Lo leo, todos esos días de primavera, verano y otoño.
—¿Quieres que nos volvamos a ver?
Arranco la página y la tiro al fuego.
—¿Quiere que sea su puta, profesor Dobias?
La arranco y la tiro. La observo quemarse.
¿Eres mi adicción, Lauren? ¿Estoy avanzando a toda velocidad hacia un acantilado?
Al fuego.
Me convertí en el hombre que odio.
¡Al fuego!
—Quiero que nos casemos.
Fuego, fuego, maldito FUEGO…
Las quemo todas. Quemo todo. Quemo la tapa. Quemo hasta el último registro de su existencia. Recojo las cenizas y salgo al jardín, aprovechando que los arbustos y los árboles me ocultan en la oscuridad total, y las tiro al viento como cuando sueltas las cenizas de un muerto.
Luego voy al sótano, a la pequeña habitación donde está la caja fuerte que vino con la casa, esa que ya estaba aquí cuando mis padres la compraron hace treinta años.
Giro la rueda hacia la derecha, 9; hacia la izquierda, 19; hacia la derecha, 81, y abro la puerta.
Casi necesito ambas manos para abrirla, por lo pesada y chirriante que es.
La caja fuerte está incrustada en el suelo, como una de esas antigüedades enormes que parecen más un horno que una bóveda para objetos valiosos.
Si bombardean la casa, la caja fuerte va a quedar intacta.
Solía usarla para guardar liquidaciones fiscales y otros documentos importantes, pero ya no. Ahora solo contiene dos cosas.
Una: fajos de dinero. Un millón de dólares en efectivo. Dinero que saqué del fideicomiso este verano y que ocupa la mayor parte de la caja.
Y dos: la pistola de Vicky.
Una Glock 23, según dijo ella, lo que sea que eso signifique. No sé mucho sobre armas. Pero sé lo necesario. Sé que disparan balas. Sé que matan personas.
Apoyo la pistola contra mi sien y cierro los ojos.
Ah, qué ironía, ¿no? El tipo que coordina el grupo de prevención del suicidio se mete una bala en la cabeza.
No es demasiado tarde. No es demasiado tarde para arrepentirse. Les ahorraría a todos muchos problemas, mucho dolor. Tal vez sea lo mejor para todos.
No.
Dejo la pistola sobre la caja fuerte.
No voy a dejar que te salgas con la tuya con tanta facilidad, Lauren.
Esto no ha terminado. Eso es lo que escribí en el último mensaje. Y lo digo en serio. Esto no ha terminado.