Capítulo 55 #2
Pero sí, Lauren se salió con la suya en todo esto.
Manipuló a Simon en cada paso. Arrojarle la bomba del embarazo fue una maniobra maravillosa.
Un último recurso si todo lo demás fallaba, y todo lo demás había fallado.
La lealtad de Simon hacia Vicky era demasiado profunda, así que Lauren tuvo que usar esa bomba atómica; lo único que Vicky jamás podría darle.
Creo que podría encariñarme con esta Lauren. Si le echara un vistazo en Facebook, definitivamente podría encariñarme con ella. Es excelente, sin lugar a duda.
Pero está en mi camino. Puede haber llegado a Simon antes de que yo llegara a Vicky, pero yo no juego limpio. Ese dinero es mío y no voy a dejar que me lo quite.
Vicky camina de un lado a otro, maldiciendo por lo bajo, y a veces no tan por lo bajo, y está a punto de pegarle un puñetazo a la pared de la sala. Cuando me ve cerrar el cuaderno, entra a la cocina, asintiendo con un gesto de ansiedad.
—Estoy acabada, ¿verdad?
Me mantengo sorprendentemente calmado, viendo cómo todo mi esfuerzo se va por el retrete, junto con el dinero de mi retiro. Pero entrar en pánico no me va a ayudar a conseguir ese dinero. Tengo una rival y parece ser fenomenal en lo suyo, pero no es la primera vez que me pasa.
Y nunca he perdido.
—No va a pedir el divorcio hasta un día antes de vuestro aniversario —digo—. El 2 de noviembre. ¿Cuánto falta? ¿Una semana a partir de mañana?
Vicky asiente, mordiéndose una uña.
—Entonces, la pregunta es qué hacemos ahora.
—Ah, ya sé lo que me gustaría hacerle a ese estúpido —dice—. Me gustaría romperle el cuello.
—¿Y si lo hicieras? —pregunto. Vicky parpadea y su expresión cambia—. Dijiste que él te importa. Pero ¿cuánto te importa?
Se acerca a la ventana y mira hacia el callejón. Supongo que pasó los últimos cuarenta y cinco minutos haciéndose esa misma pregunta.
—Si él muere antes de nuestro décimo aniversario —dice—, ese dinero quedará en el fideicomiso. Yo no recibo ni un centavo. No sería un bien ganancial.
Interesante respuesta. Interesante porque no dice “Nunca podría hacer algo así, nunca podría hacerle daño a Simon”. Solo dice que no funcionaría. Eso significa que tiene la mente abierta.
—Lauren está casada —digo—. ¿Alguien llamado Conrad?
Mueve una mano con indiferencia.
—Así parece.
—¿Y si le contamos a él lo de la aventura?
—Seguro que ya lo sabe —responde, volviéndose hacia mí—. Y si no lo sabe, ¿qué importa? Parece que su matrimonio también se está yendo a pique.
Me siento en la mesa. No estoy recibiendo muchas respuestas.
—Se estuvo comportando diferente —dice.
—¿Simon?
Asiente.
—Estuvo más distante estos últimos días. Yo… no le di importancia. Suele ponerse así muchas veces, como si se perdiera en sus pensamientos. No me pareció nada por lo que preocuparme.
Exhalo con fuerza.
—¿Y si…? ¿Y si Simon resultara herido? Pero no lo suficiente como para morir.
—¡Vamos!
—¿“Vamos” qué? Hablo en serio.
Se toma un momento.
—O sea, ¿herirlo lo suficiente como para dejarlo fuera de juego, pero sin matarlo, solo para retrasarlo una semana hasta que llegue el 3 de noviembre?
—Exacto —respondo.
—¿Exacto? ¿Y cómo planeas hacer eso, exactamente?
¿Lo vas a atropellar con un coche lo suficiente como para hospitalizarlo, pero no tanto como para matarlo?
¿Le vas a disparar, pero evitando darle en ningún órgano vital?
¿Le vas a golpear la cabeza con suficiente fuerza como para dejarlo en coma, pero no tanta como para causarle muerte cerebral?
—Está bien, está bien.
Me toca el brazo.
—Créeme, si pudiera hacerlo… Pero no es factible.
—Bueno. Entonces, Vicky Lanier, ¿quizá llegó la hora de que empieces a ser muy muy amable con tu esposo?
Le lleva un momento entender a lo que me refiero y luego pone los ojos en blanco.
—No va a funcionar.
—Puedes ser encantadora.
—No tanto. No con Simon.
—¿No? En esas páginas dice que te ama, pero que tú no lo amas de la misma manera. ¿Tal vez podrías demostrarle que sí lo amas?
Lo piensa un momento, pero luego niega con la cabeza.
—Ya es demasiado tarde. Si hubiera sabido que esto estaba pasando, eso es exactamente lo que habría hecho. —Se golpea la frente con la parte interna de la muñeca—. ¿Cómo se me pasó por alto todo esto?
Se te pasó por alto, Vicky, porque estabas demasiado ocupada contando dólares en tu cabeza y enamorándote de mí.
Nos quedamos en silencio, pensando. El aire a nuestro alrededor se siente cargado de desesperación, casi rozando el pánico absoluto. Estoy viendo cómo todo por lo que trabajé empieza a girar antes de desaparecer por el desagüe.
—¿Y si me enfrento a él? —pregunta—. ¿Si voy directa al grano? Podría suplicarle. Puedo hacerlo. Le rogaría. Por diez millones de dólares, lo haría sin pensarlo.
Sí, pero eso es solo la mitad. Tú quieres todo, Vicky. Y yo también.
De todos modos, ya consideré su idea y la descarté.
—Lo único que tienes a tu favor es que él tiene miedo de hacerte esto —digo—. Esa tensión, esa presión, juega a nuestro a favor. Si le dices que sabes la verdad, entonces, todo se desmorona y la tensión desaparece. Puede que incluso pida el divorcio en ese mismo momento.
—Pero leíste lo que le pidió esa perra. Primero el divorcio y que después me lo diga.
—Lo sé, lo sé… Pero solo vas a empeorar todo si te enfrentas a él. Va a ser como abrir la compuerta de una represa. No puede saber que lo sabes.
Se sujeta el cabello y deja escapar un quejido grave.
—Me tengo que ir —dice—. Si vuelve a casa y el cuaderno y el ordenador no están, va a saber que lo he visto.
—¿A qué hora llega?
—Creo que tarde.
—¿Crees? “Creer” no nos sirve de nada.
Asiente.
—Tiene mucha flexibilidad en su trabajo. Tuvo una clase por la mañana, temprano. Nada por la tarde. Y suele trabajar hasta tarde por la noche, escribiendo reseñas y artículos para su blog. Pero sí, podría volver a casa por la tarde si quisiera.
—Sobre todo si se da cuenta de que olvidó su portátil y su diario en casa.
—Mierda. —Se lleva una mano a la frente—. Tienes razón. Tengo que irme. Puedo volver a eso de las seis.
La sigo por la escalera y le abro la puerta del garaje.
—Ey, Vicky —digo, mientras la puerta chirría al abrirse, y ella ya está con un pie en el callejón. Me mira y levanta una ceja.
—¿El diario decía que estaban usando teléfonos desechables? —pregunto—. El de él es verde…
—El de ella es rosa, sí. ¿No es bonito?
—Mira a ver si lo encuentras. Es probable que lo tenga escondido en algún lugar.
Piensa en eso y asiente lentamente.
—Su teléfono —dice—. Buena idea.
—Y, recuerda, por encima de todo, no puede saber que lo sabes —repito.
***
Vicky va a volver en cinco horas. Tengo que idear un plan antes de que venga.
Hago una llamada. Gavin atiende al segundo tono.
—Voy para allá —digo—. Necesito tu cerebro.