Caerás en mi trampa Capítulo 55
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Capítulo 55

Christian

Voy a trabajar como todas las mañanas. Saludo rápido a mi recepcionista, Emily, y entro a mi oficina.

Como no soy un financiero de verdad, en realidad no necesito este lugar, pero hay que mantener las apariencias.

Además, me volvería loco si pasara todo el día en casa. Un cambio de ambiente no viene mal.

A veces, sí trabajo. Aunque “trabajar” no significa analizar la bolsa ni predecir inversiones, sino buscar nuevos objetivos y considerar otras ciudades para mi próxima aventura.

Pero ahora que encontré a Vicky y sus veintiún millones de dólares, no voy a necesitar más objetivos. Me voy a retirar pronto.

Para Emily, una chica de diecinueve años que encontré a través de una agencia de empleos temporales que estudia en la universidad a tiempo parcial, interpreto el mismo papel que para Vicky: el tipo rico y brillante que tiene solo unos pocos clientes ricos.

Le expliqué que la mayoría de ellos me acompañan desde hace años, que viven en distintas partes del mundo y que tienen mi número personal, así que esta oficina en el centro no funciona en realidad como una oficina.

Asumo que Emily cree que soy uno de esos excéntricos superricos y superinteligentes para quienes el gasto que supone una oficina y una recepcionista es solo calderilla, un capricho para tener un lugar al que llamar su oficina.

Pero no se queja. ¿Por qué lo haría? Es el puesto perfecto para ella.

Tiene clases por la mañana y por la noche en la Universidad DePaul y solo trabaja por la tarde para mí.

Pasa la mayor parte del tiempo haciendo sus trabajos en su escritorio.

Para mantener las apariencias, le dejo pagar algunas facturas de la empresa y le pido que me busque algunas cosas de vez en cuando.

Pero su trabajo, para ella, es como dar un paseo por el parque.

Unos minutos después de las once, suena el teléfono.

No mi móvil habitual, sino el desechable, el que uso para hablar con Vicky.

No sabe que tengo un teléfono especial para ella, pero es necesario.

Una vez que le quite el dinero, tendré que cortar toda conexión entre nosotros, borrar cualquier rastro de mi existencia de su vida y el de ella de la mía.

—Necesito hablar contigo —dice sin aliento.

—¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?

—No, no estoy para nada bien. ¿Dónde estás?

—En la oficina.

—No quiero ir a tu oficina. ¿Podemos vernos en otro lugar?

***

Vicky está en el callejón junto a mi garaje cuando llego con el coche. Lleva unos vaqueros azules y una sudadera, no lleva maquillaje y tiene el cabello hecho un desastre. Nunca la vi así. No me molesta; de hecho, me gusta el estilo, pero su expresión tensa me pone nervioso.

Tiene una bolsa azul colgada del hombro y, cuando bajo del coche, dice: —Arriba.

La sigo por la escalera hasta mi apartamento. Saca un portátil y un cuaderno verde de la bolsa, los deja sobre la mesa de la cocina y los señala como si quemaran.

—Va a… dejarme —dice con la voz temblorosa—. Va a pedirme el divorcio antes de noviembre… Antes del 3 de noviembre.

—Espera, ¿qué? —digo—. ¿Qué…? Espera un segundo.

—¿Que espere un segundo? Sí, claro, voy a esperar mientras esa perra me roba a Simon y su dinero. Mi dinero. Mi maldito dinero.

—¿Quién…? ¿Quién es una perra? ¿Puedes…?

—Lauren —dice, casi escupiendo el nombre—. Lauren Lemoyne. La zorra con la que salió cuando era adolescente. ¿Recuerdas?

—Eh, sí, mencionaste que alguien le había roto el corazón…

—Bueno, parece que lo recuperó. Volvió a la ciudad y están juntos ¡y van a casarse!

—Creo que estás exagerando.

—¿Exagerando? —Abre el portátil. La pantalla está negra y escribe la contraseña. La pantalla se enciende.

Es un documento para presentar ante un tribunal.

No soy abogado, pero estoy bastante familiarizado con las solicitudes de divorcio, por todas las mujeres que estafé.

Dice “Solicitud de nulidad de matrimonio”, el término formal.

Simon Peter Dobias, demandante, y Victoria Lanier Dobias, demandada, en el Tribunal de Primera Instancia del Condado de Cook.

“La presente solicitud de nulidad matrimonial se fundamenta en la existencia de diferencias irreconciliables entre las partes, que a la vez constituyen causales irremediables del deterioro de la relación conyugal. Asimismo, todo intento pasado de reconciliación ha resultado infructuoso y cualquier intento futuro de restablecer el vínculo matrimonial se considera impracticable y sin posibilidad razonable de éxito”.

Mierda. Le va a pedir el divorcio.

—¿Todavía crees que exagero?

—Espera, espera.

Abro el cuaderno verde. Es una especie de diario escrito a mano. Tiene entradas fechadas. La primera es del 4 de julio.

—Cielos, no puedo creerlo —dice Vicky—. Solo faltan nueve días para nuestro aniversario. ¡Nueve días!

Me aclaro la garganta y leo la primera entrada.

—“La razón principal por la que vine al club hoy, la primera vez en varios años, fue porque creí que podría encontrarte en la celebración del Día de la Independencia” —Leo—. “Aunque he estado pensando en ti desde ese día de mayo…”.

—Ah, sí, aparentemente la vio en Michigan Avenue en mayo y su corazón empezó a acelerarse. Y lo primero que hace es ensayar frases frente al espejo para cuando la vuelva a ver.

La entrada del 15 de julio menciona que Simon y Lauren se encontraron en una cafetería.

—“Y luego, el beso”. —Sigo leyendo en voz alta—. “Si hubiera dependido de mí, no sé si habría ocurrido…”.

—Si hubiera dependido de él —repite Vicky, riendo—. Jamás habría dependido de él. Ella le puso el ojo encima. Ella tramó todo esto. Lo está manipulando como a una marioneta. ¡Quiere su dinero!

—No puedes estar tan segura —digo—. Espe…

—Eh, sí que puedo. Sigue leyendo. Ve al final si quieres, así no tienes que seguir leyendo cómo esa pequeña puta se abre de piernas y le dice cochinadas y lo manipula sin parar. Lo tiene comiendo de su mano.

Leo las últimas entradas, ya sentado, y la conmoción inicial le da paso a un dolor profundo en el estómago.

—¿Está embarazada?

—Eso es lo que le dijo a Simon —explica—. ¡Joder, que está embarazada!

—¿Crees que se lo inventó para…?

—Cualquiera puede decir que está embarazada.

¿Leíste esas últimas entradas? Está intentando convencerlo de que pida el divorcio antes de nuestro décimo aniversario.

Y, cuando él se resiste, ella lo presiona.

Y él sigue diciendo que no. Y luego, de pronto, ¿está embarazada?

Es imposible. No puede ser. —Menea la cabeza, esbozando una sonrisa de amargura—.

Sabe que Simon y yo no coincidimos en eso.

Yo no quiero tener hijos. Él sí. Así que, cuando todo lo demás falla, juega la carta de embarazada, esa manipuladora hija de…

—Déjame leer esto, Vicky. Quiero leerlo todo.

—Bueno, date prisa —dice—. No tengo mucho tiempo.

***

Leo rápido, intentando digerir la información más importante.

El inicio del romance, cuando Simon suena como un cachorrito locamente enamorado.

Lauren fue su primer amor, aparentemente, como Vicky me contó.

Y se comporta de esa manera en estas páginas.

Ella le rompió el corazón, pero volvió a Chicago casi dos décadas después.

De regreso en Chicago, en Grace Village, donde siente que está atrapada en un matrimonio condenado y, al parecer, Simon también.

Me pregunto cuánto tardó en enterarse del dinero del fideicomiso.

No pudo haberle llevado mucho. Aquí dice que solía trabajar en el bufete del padre de Simon, así que debía saber bastante bien que Teddy tenía un buen dineral a su nombre.

Y no me cabe ninguna duda de que, en algún momento, se enteró de que Teddy había muerto.

Debía de saber desde hacía mucho tiempo que Simon había heredado ese dinero.

Y entonces activó su encanto.

En la entrada del 16 de agosto: “¿Quiere que sea su puta, profesor Dobias?”.

En la entrada del 13 de agosto, incluso Simon admite que está obsesionado con ella, tanto que no puede controlarlo: “¿Eres mi adicción, Lauren?”.

Pero, aun así, su consciencia empieza a ganarle.

En la entrada del 12 de septiembre, vuelve a contar cómo Teddy engañó a su esposa y cómo él estaba repitiendo el mismo patrón.

“Me convertí en el hombre que odio”. Parece que le dijo todo eso a Lauren y ella debió de haberle respondido con algún mensaje críptico en ese teléfono rosa que le compró, uno de esos mensajes al estilo “tenemos que hablar” que lo dejó sufriendo hasta que se vieron.

Y luego, sí, Lauren es buena… ¡Le dijo que no estaría engañando a nadie si se casaban!

Bien hecho, Lauren. Lo tuvo toda la noche al borde del abismo ante la posibilidad de perderla, preguntándose qué haría sin ella, y luego le lanzó la idea del matrimonio, haciéndole creer que se le había ocurrido a él.

Y así lo tuvo bajo su control. Simon estaba en el séptimo cielo. Fantaseaba con esa vida. Le daba miedo decírselo a Vicky, sí, pero igual estaba más feliz que nunca.

Lauren fue inteligente. No lo hizo demasiado obvio. Esperó hasta mediados de octubre, justo la semana pasada, para empezar a hablar del dinero del fideicomiso.

Y luego están estas últimas entradas, a finales de la semana pasada y esta semana.

La lectura que hizo Vicky es acertada. Simon estaba sufriendo con lo del divorcio.

Lauren lo dio todo, incluso asumió varios riesgos.

“Vosotros dos no estáis enamorados y nunca lo estuvisteis”, dijo Lauren.

“Ella nunca te amó, Simon. Necesitaba alguien que la cuidara. Y tú lo hiciste. Y ahora está mirando con atención el dinero del fideicomiso, que está tan cerca que ya puede saborearlo”.

Bueno, no se equivocaba. Vicky sí está saboreando ese dinero.

Y yo también.