Caerás en mi trampa Capítulo 54
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Capítulo 54

Simon

Después de la clase, camino hacia el edificio Chicago Title & Trust. La rutina de siempre: pido algo en Starbucks, me siento en el vestíbulo, enciendo el teléfono, inserto la tarjeta SIM. A las diez, envío el mensaje: Hola, princesa.

Responde enseguida: Hola, príncipe azul. ¿Cómo estás?

La palabra príncipe no es una palabra fácil de relacionar conmigo. Respondo: No puedo concentrarme en nada más que en ti. Olvidé qué caso enseñé esta mañana. Me tienes flotando entre las nubes, señorita.

Responde: No puedo hablar ahora. Por la noche tampoco. Pero ¿mañana?

Escribo: Mañana será, mi reina. Pronto tendremos todo el tiempo que queramos.

Apago el teléfono, quito la tarjeta SIM y cierro los ojos. De verdad vamos a hacerlo.

***

De regreso a mi oficina en la facultad, veo que mi persona favorita viene en mi dirección. En cualquier otro día, preferiría comer la corteza de un árbol antes que obligarme a hablar con el vicedecano.

Pero no estoy de humor para correr o esconderme. No hoy.

Su expresión cambia al verme.

—Hola, Simon —saluda, y mete las manos en los bolsillos, como si temiera que yo quisiera estrecharle la mano—. Eres una caja de sorpresas.

No hablamos desde que envié la documentación para el concurso antes de la fecha límite. Habría dado lo que fuera para ver su cara cuando se enteró.

—Creí que habíamos llegado a un acuerdo —dice.

—No recuerdo haber acordado nada, vicedecano.

—No, es cierto. Pero asumí que entendías que estaba velando por tus intereses, considerando tu…

—¿Mi qué? ¿Mi pasado sucio?

—Si prefieres ponerlo así, sí.

Miro alrededor, al igual que él, para asegurarme de que estamos solos en el pasillo. Me inclino un poco hacia delante y bajo la voz.

—¿Va a difamarme frente a toda la facultad, vicedecano? ¿Ese es su plan?

—Bueno, como dije antes, Simon, en todo concurso entre aspirantes tan aptos, la gente naturalmente buscará…

—Algo para desempatar, sí, lo recuerdo —digo—. Usted y yo sabemos que soy mejor profesor. Soy mejor académico. Yo soy el que merece el cargo.

—Sin duda, estás en tu derecho de tener tu opinión.

—Al igual que todos. Por los méritos. Por los méritos, vicedecano. No por rumores ni chismes ni insinuaciones.

—Bueno, Simon, yo no le digo a la junta lo que debería o no debería considerar relevante…

—No tiene huevos —digo.

El vicedecano retrocede.

—¿Qué dijiste?

—Dije que usted, vicedecano, no tiene huevos.

Admito que el viejo sabe mantenerse inexpresivo. Sus ojos relucen y su mandíbula se tensa, pero, más allá de eso, conserva la compostura. Incluso deja escapar una risita.

—Ay, querido Simon, no cometas el error de subestimarme —dice.

Le doy una palmada en el hombro.

—Qué curioso, vicedecano, estaba a punto de decir lo mismo —respondo.