Capítulo 52
Simon
Amanece. No pude dormir; todo estaba llegando al límite, el precipicio se acercaba cada vez más.
Yo mismo estoy redactando el documento. No es física cuántica.
Soy abogado y tengo toda la información necesaria; además, no es difícil encontrar los hechos que justifiquen la nulidad de un matrimonio.
Estás casado, no quieres seguir estándolo, intentas que funcione y no funciona.
Bebo un sorbo de café y reviso lo que tengo escrito hasta ahora:
EN EL TRIBUNAL DE primera instancia DEL CONDADO DE COOK, ILLINOIS DEPARTAMENTO DEL CONDADO, DIVISIÓN DE RELACIONES FAMILIARES
con relación al matrimonio entre :
SIMON PETER DOBIAS,
demandante,
Y
VICTORIA LANIER DOBIAS,
demandada.
SOLICITUD DE NULIDAD DE MATRIMONIO
Comparece el Demandante, Simon P. Dobias, ante este honorable tribunal para solicitar la nulidad del matrimonio contraído con la Demandada, Victoria Lanier Dobias, y expone lo siguiente:
El Demandante, Simon Peter Dobias, de 37 años de edad, se encuentra domiciliado en el vecindario de Grace Park, condado de Cook, estado de Illinois.
La Demandada, Victoria Lanier Dobias, de 36 años de edad, se encuentra domiciliada en el vecindario de Grace Park, condado de Cook, estado de Illinois.
Las partes contrajeron matrimonio el día 3 de noviembre de 2012 en la ciudad de Playa del Carmen, México.
La presente solicitud de nulidad matrimonial se fundamenta en la existencia de diferencias irreconciliables entre las partes, que a la vez constituyen causales irremediables del deterioro de la relación conyugal.
Asimismo, todo intento pasado de reconciliación ha resultado infructuoso y cualquier intento futuro de restablecer el vínculo matrimonial se considera impracticable y sin posibilidad razonable de éxito.
“Diferencias irreconciliables”, la frase que lanzó mil barcos al mar, el término legal que describe con poca fuerza las incontables y complejas razones que llevan a una pareja que alguna vez se amó a tomar caminos separados.
“No soy la indicada para ti”, dijo Vicky aquella vez, cuando le propuse matrimonio, aunque, en retrospectiva, creo que quiso decir que yo no era el indicado para ella. Bien podría haber dicho: “Nuestras diferencias serían irreconciliables”. Y habría tenido razón.
Camino por el pasillo desde mi oficina hasta mi habitación. Vicky duerme con la cara enterrada en la almohada.
“Lo mejor de mi vida eres tú”, me dijo mi madre el que terminó siendo el último día que la vi con vida, sentada en la cocina, en su silla de ruedas junto a la mesa.
Le costaba hablar. Sonaba como si la lengua le pesara, como si estuviera intoxicada, lo que no estaba tan lejos de la realidad, si uno consideraba los analgésicos que tomaba.
Tomé sus manos y las besé. “Lo mejor de mi vida eres tú”.
Hizo un sonido de desaprobación, cerró los ojos y meneó la cabeza. “Espero que algún día… eso no sea verdad. Pro… prométeme… que tendrás hijos. Nunca conocerás… un amor así”.
“Sí, mamá, lo haré”, respondí, sin saber que me estaba dando un consejo de despedida. Al recordarlo, debería haber sido más obvio para mí.
En ese momento, a los diecinueve años, la idea de tener una relación seria, ni hablar de hijos, no estaba en mi horizonte inmediato.
Mi única experiencia previa en el amor, con Lauren, había sido un fracaso estrepitoso.
No solo había jugado con fuego, sino que había metido la mano directamente en el horno mientras miraba cómo se quemaba.
Así que le dije a mi madre lo que quería sin sentirlo mucho.
Sí, tendría hijos. Sí, claro, algún día.
Ya no era ella, ya no era esa alma enérgica y atrevida de la enorme sonrisa, la voz melodiosa y esa risa contagiosa. Pero el ictus no le había quitado todas sus facultades mentales. Sabía cuándo la estaban consintiendo, cuándo la estaban desestimando con palabras vacías.
Su débil mano derecha sujetó la mía con fuerza.
—Promé… temelo.
—Está bien, te lo prometo, mamá. Te prometo que tendré hijos.
Quiero tener hijos. Se lo dije a Vicky cuando le propuse matrimonio. Pronuncié un breve discurso sobre lo mucho que quería casarme con ella y tener bebés, ser una familia donde reinaran la honestidad, el diálogo y el afecto. Nosotros contra el mundo: un equipo, un poderoso y feliz equipo.
Y sus palabras fueron: “No soy la indicada para ti”. Me llevó demasiado tiempo entender que tenía razón.
Desearía que las cosas hubieran sido diferentes para nosotros, Vicky. En serio.
Regreso a la oficina y abro mi diario verde.
Martes 25 de octubre de 2022
Estaba empezando a pensar que nunca ocurriría, que la promesa que le había hecho a mi madre nunca se volvería realidad.
De hecho, había hecho las paces con eso.
El tiempo había pasado y no me estaba volviendo más joven, como decían, y había llegado a la conclusión de que mi vida estaba bien así como estaba.
Pero tú acabas de reconfigurar todo para mí, Lauren. Me mostraste lo que es posible. Me hiciste darme cuenta de cuánto más quería de la vida.
Te prometo esto: haré todo lo que esté a mi alcance para que nuestro hijo se sienta amado y protegido. Te daré a ti y a nuestro hijo todo lo que pueda daros.
Ni siquiera tuviste que decirlo, Lauren. Todo es diferente ahora. Voy a modificar la solicitud de divorcio ya mismo. Mi abogado necesita que le agregue algunos datos personales y otros detalles, pero estoy seguro de que la voy a tener lista y presentada antes…, sí, antes…, del 3 de noviembre.
El miércoles 2 de noviembre, para ser exacto, el día anterior, solo un día antes de la fecha límite, nuestro décimo aniversario.
Ya tengo la cita pactada con mi abogado.
Él no podía hacerlo antes, pero está bien, un día antes es lo mismo que una semana antes.
Terminaremos la solicitud de divorcio y la enviaremos.
Sienta bien pactar eso, cimentar el plan.
Tienes razón, Lauren, acerca de todo. No debería conformarme. No debería conformarme con alguien que no me ama. No debería conformarme con alguien que se niega a tener hijos.
Y tampoco debería darle a Vicky la mitad del dinero. No es su dinero. Es nuestro dinero. Tuyo, mío y del bebé.
Y tienes razón sobre cuándo tengo que decirle esto a Vicky.
—Díselo después de que hayas solicitado el divorcio —me dijiste.
Ese no era mi plan.
—¿No debería decírselo antes?
—Primero el divorcio —dijiste—. Y luego se lo dices. Confía en mí.
Supongo que es como ese viejo refrán, ¿verdad? Mejor pedir perdón que pedir permiso.
Cuando termino de escribir esta entrada en mi diario verde, toco la pantalla del teléfono para ver la hora.
—Ah, mierda.
Son pasadas las siete. Llego tarde, muy tarde, a mi clase de las ocho de la mañana. Creo que me dejé llevar por lo que estaba haciendo.
Salgo a toda prisa de la oficina, paso por la puerta de la habitación y me asomo. Vicky sigue dormida y puedo oír un leve silbido en su respiración.
En verdad deseo que las cosas hubieran sido diferentes.