Caerás en mi trampa Capítulo 50
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Capítulo 50

Jane

—No sé si puedo contarles esto, pero… Lauren y Conrad se estaban divorciando —dice Shari Rowe, sentada en la silla en la sala de interrogatorios.

Espera una reacción. Es la última del grupo de amigas de Lauren, que en su mayoría viven en el centro, a quienes Jane Burke y Andy Tate interrogaron esta noche.

—Lo sabíamos —dice Jane—. ¿Cómo se sentía Lauren al respecto?

—Bueno, no es un buen momento para nadie, pero…

—Shari tiene treinta y seis años, está divorciada y trabaja como maestra en una escuela del centro.

Es una persona elegante y segura de sí misma, una de esas mujeres con las que Jane nunca se sintió identificada, pero cuyos rasgos encajan con las cinco amigas de Lauren.

Su perfil de Facebook está lleno de fotos con ellas en clubes, en brunches de fines de semana, en clases de yoga, en “noches de películas”.

—¿Pero qué?

—Diría que Lauren ya estaba lista para seguir adelante. Las cosas con Conrad iban mal desde hacía rato. Así que no nos sorprendía. Pero ¿una infidelidad? Nunca mencionó nada.

—¿Cree que lo habría hecho? ¿Que se lo contaría?

Shari piensa un momento.

—Todos tenemos secretos, ¿no? Pero nosotras éramos bastante abiertas con nuestras vidas. Hablábamos de lo que fuera. Nos cubríamos la espalda. Solo diré que, si hubiera querido tener una aventura con alguien, pretendientes no le faltaban.

—¿Los hombres se sentían atraídos por ella?

—Ah, sí, siempre que salíamos. Volvió a salir con nosotras el último año, cuando las cosas empeoraron con Conrad.

Los hombres se amontonaban a su alrededor.

O sea, mírenla. —Se queda inmóvil al decir eso y sus ojos parecen nublarse, como si solo ahora se diera cuenta de que nadie volvería a mirar a Lauren—.

¿Creen que estaba viéndose con alguien y ese tipo… la mató?

—Solo estamos analizando todas las hipótesis —explica Andy, quien sin duda disfrutó mucho estos interrogatorios a las amigas atractivas de Lauren Betancourt.

—Creo que… —dice Shari, inclinando la cabeza—. Creo que quería volver a salir con alguien. Decía que “echaba de menos el sexo”. Sé por experiencia propia que, cuando un matrimonio empieza a venirse abajo, el sexo es lo primero que desaparece.

—¿Sí? —pregunta Jane, intentando sonar indiferente—. ¿Cuándo dijo que echaba de menos el sexo?

—Ah, la última vez que salimos.

—¿El jueves pasado? ¿El 27 de octubre? —Al parecer, las seis habían ido a una disco en River North ese jueves.

—Sí. Cielos, solo ha pasado una semana. Todavía no puedo… no puedo creer que ya no esté. —Menea la cabeza, parpadeando para contener las lágrimas.

Jane mira de reojo a Andy, que mueve las cejas de arriba abajo.

***

—Dame lo último —dice el jefe, desperezándose. Son pasadas las nueve y parece que nadie quiere ser el primero en irse esta noche, no después de haber encontrado el cuerpo de Lauren Betancourt esta mañana.

—Vale, primero, los teléfonos —responde Jane.

—Rastreamos la operadora del teléfono de Lauren y del número con el que se escribía —explica Andy Tate—. Misma empresa, como ya sabíamos. Intentamos localizar el otro teléfono con GSM, pero no lo encontramos.

—Está apagado —dice el jefe.

—Está apagado, sí. Así que no tiene señal.

—Quizás está con él en el fondo de un río.

Jane levanta un hombro. No está tan convencida de la hipótesis del suicidio.

Sí, no cabe duda de que el último mensaje que le envió insinuaba que pensaba quitarse la vida: “Iré contigo ahora. Espero que me aceptes y me dejes amarte como no pudiste hacerlo en esta vida”, pero decir que te vas a suicidar es una cosa y otra completamente diferente es hacerlo.

—El historial de ubicación debería llegar en uno o dos días —dice Jane.

—Bien. ¿Qué más?

—Las amigas de Lauren —agrega Jane—. Hablamos con las cinco esta noche.

Todas coinciden. Lauren se estaba separando de Conrad y eso generaba mucha incertidumbre sobre lo próximo que ocurriría en su vida.

Pero le daba miedo avanzar. Y escuche esto: le dijo a una de ellas, el jueves pasado, cuando salieron al centro, que “echaba de menos el sexo”.

—¿Echaba de menos el sexo?

—Lo sé —dice Andy—. Uno lee los mensajes y pensaría que ella y su novio secreto estaban fornicando como conejos. Pero no mencionó un novio, una aventura o algo de eso a sus amigas. Por lo que ellas saben, siempre fue fiel a Conrad.

—Entonces, tomamos eso y lo sumamos a lo otro que encontramos —sugiere Jane—.

Mantenía su aventura en secreto incluso con sus amigas más cercanas.

Y sabemos que tampoco era honesta con su novio secreto, al menos no en ese mensaje donde le dice que Conrad todavía dormía en su casa y roncaba, cuando sabemos que para ese momento ya se había mudado.

—Parece que mantuvo su jugada en secreto —comenta el jefe, frunciendo el ceño—. Suena como alguien que tenía un plan.

Jane asiente.

—Sí. La vida secreta de Lauren Betancourt se vuelve cada vez más extraña.

***

Cuando Jane y Andy salen de la oficina del jefe, el sargento Matthew Mooney se acerca con paso firme, sosteniendo un papel en la mano.

—Ey, Matt.

—Aquí tenéis. Los registros de nuestra víctima.

—¿Lauren tenía algún antecedente?

—Bueno, algo así. Mirad esto.

Jane toma el papel, una impresión de una vieja denuncia policial, y Andy lee por encima de su hombro.

—Mierda —murmura Jane.

—Esto nos puede servir —dice Andy—. Pero es demasiado antiguo. ¿Quién sabe si este tipo todavía vive por aquí?

—Sí —asegura Jane—. Al menos, la última vez que lo vi.

—La última vez que… ¿Conoces a este tipo, Janey?

Jane levanta la vista hacia el techo.

—Personalmente, no muy bien. Grace Consolidated High School, 2003.

Era el que mejores notas sacaba en clase.

Un chico callado, tímido, retraído. Recuerdo que era un buen corredor; bastante bueno, de hecho.

Lo vi en el reencuentro por los quince años hace un tiempo, pero no creo que hayamos intercambiado más de dos palabras.

Andy toma la denuncia de las manos de Jane y la vuelve a leer.

—Bueno, sargento Burke, parece que pronto vas a tener otro “reencuentro” con Simon Dobias.