Capítulo 43
Vicky
Estoy sentada en un sillón de respaldo alto, fuera del salón de baile del Hotel Península, donde ochocientas de las personas más ricas de Chicago socializan y compiten en juegos de casino para recaudar dinero y generar conciencia sobre el autismo.
No estoy vestida para la ocasión y no tengo invitación, pero al menos llevo un vestido, así que, en general, no parezco fuera de lugar.
Tengo el teléfono sobre el regazo y los AirPods en los oídos. Finjo estar mirando algo en la pantalla, pero no; está apagada. Aun así, las voces del salón Gold Coast llegan con bastante claridad:
Él: Entonces, ¿te quedas aquí esta noche?
Ella: No. ¿Tú?
Él: Tengo una suite.
Ella: Ya veo. ¿Y por qué me cuentas eso?
Él: Oh, oh. ¿Fui inapropiado?
Ella: Dímelo tú. Dime qué estás pensando.
Él: No creo que sea oportuno.
Ella: ¿Por qué no?
Él: Me podría ganar una bofetada.
Una pausa.
Ella: Crees que te daría una bofetada.
Él: O quizá mi esposa si me escuchara.
Bien hecho. Una prueba. Es precavido. Avanza despacio, lanza indirectas, pero deja siempre a mano una salida rápida.
Ella: Bueno, está bien, menos mal que tu esposa no está aquí esta noche.
Setenta y cinco minutos más tarde. Más rápido de lo esperado. El sonido es mucho mejor en la habitación que en el salón, mucho menos ruidoso, menos interferencia. Sus gemidos son un fastidio, pero me sirven.
Él: Eres… una caja de sorpresas.
Ella: ¿Te gusta eso?
Él: Me gusta… Me gusta mucho.
Ella: ¿Tu esposa hace esto, Paul?
Él: ¿Mi esposa? Por favor. Solo se queda acostada como un saco de patatas. Siempre tengo que revisarle el pulso.
Ríen.
***
Melanie baja por la escalera más de una hora más tarde, pasada la medianoche, con el vestido de anoche y una pequeña chaqueta sobre los hombros.
Conozco a Mel desde nuestros días en la industria del “entretenimiento”, que ella todavía no ha abandonado, aunque está estudiando Sociología en la universidad.
Espero que pueda graduarse y salir de ese lugar.
Puedes decirte a ti misma todo lo que necesites para pasar las noches, pero no hay manera de que dures demasiado en este negocio.
Le entrego un sobre. Lo abre y cuenta el dinero.
—Es más de lo que acordamos —dice—. Es demasiado.
—Considéralo un bono. Conseguiste material muy bueno.
—Sí, bueno, no le gusta su esposa, ¿verdad? —Se quita el broche de cristal del vestido y me lo entrega—. Estoy bastante segura de que ahí está todo. Si lo usas, ¿puedes taparme la cara?
—Claro, Mel. Igual no creo que llegue a eso.
Le doy un abrazo y nos despedimos.
—Consigue ese diploma —le digo—. Prométemelo.
—Te lo prometo. Me quedan dos semestres. —Mira a su alrededor y se inclina hacia mí para susurrarme algo al oído—. Por cierto, ¿qué hizo este tipo para molestarte tanto?