Caerás en mi trampa Capítulo 42
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Capítulo 42

Simon

Decido salir a correr por la mañana, una versión de mi “Cinco a las cinco” que había abandonado desde que empecé a correr de noche desde la facultad hasta Wicker Park.

Echo de menos correr por esa zona de Chicago, pero hoy no es el día para compensar eso.

Esta mañana, en cambio, corro en la dirección opuesta, hacia el oeste de mi casa, hacia Grace Village. Hacia la casa de Lauren.

Ya fui demasiadas veces en coche por la mañana. Si lo hago demasiado seguido, algunos de esos vecinos cotillas van a empezar a notarlo. Y es lo último que necesito.

Ayer vine conduciendo y aparqué en la calle de su casa a las cinco y media de la mañana. Fue la primera vez que lo hacía en varias semanas.

Estaba esperando que la limusina de Conrad lo pasara a buscar a las seis en punto para llevarlo al club East Bank a hacer su entrenamiento matutino. Pero nunca apareció.

Ahora estoy aquí, corriendo cerca de la Lathrow Avenue, cruzando calles, cambiando de dirección, intentando no llamar la atención mientras el sol empieza a iluminar la mañana del viernes y las cinco y media se convierten en las cinco y cuarenta y cinco, y luego las cinco y cincuenta se convierten en las seis y las seis se convierten en las seis y diez.

Una vez más, no aparece ninguna limusina para buscar a Conrad Betancourt.

Quizá tuvo que viajar por trabajo o se tomó un fin de semana largo con alguno de sus amigos. Quizá sea eso.

¿A dónde fuiste, Conrad?

Me detengo a media manzana de la casa de Lauren y la miro. No es tarde, me repito. No es tarde para frenar todo esto y olvidar haberte visto en Michigan Avenue en mayo. Dios, siento que han pasado mucho más de cinco meses desde que reapareció en mi vida. Quizá sea porque, para mí, nunca se fue.

***

“Me enteré de que alguien cumple años pronto”, me susurró Lauren al oído, con aliento a cerveza, hace ya más de diecinueve años.

Ese verano todo iba de maravilla en el bufete de mi padre, después de que Teddy consiguiera ese enorme acuerdo en el caso del accidente por descarga eléctrica y el lugar estuviera saturado de dinero.

Todos los viernes por la noche había happy hour .

Nunca me quedaba mucho tiempo; por lo general iba directo a casa después del trabajo para hacerle compañía a mi madre, que para ese entonces ya estaba en silla de ruedas y pasaba los días en casa con su cuidadora, Edie.

Pero mi padre siempre me dejaba tomar una cerveza, a pesar de que tenía diecisiete años, como una manera de demostrar qué buen padre era, y los happy hours empezaban a las cuatro de la tarde, así que por lo general me quedaba durante la primera hora antes de tomar la Green Line de regreso a casa.

Lauren me había tratado muy bien ese primer mes del verano: bromeaba, me halagaba e, incluso, viéndolo en retrospectiva, creo que coqueteaba conmigo.

Pero yo no lo pensaba demasiado, ya que, como era el hijo del jefe, prácticamente todos me trataban como si fuera frágil como un cristal: recibía muchos “por favor” y “gracias” cuando llevaba paquetes o entregaba mensajes, muchos más de los que el resto recibía.

Pero esa noche, ese viernes de junio, Lauren me miró de un modo diferente. Después de algunas cervezas y en un ambiente relajado, me sonrió de una manera que me hizo sentir como un adulto por primera vez en la vida.

“Tengo un regalo para ti”, susurró.

Nunca había estado con una mujer. Mis experiencias previas habían sido solo unos besos incómodos en el primer y en el último año del bachillerato, un par de citas penosas que solo lograron hacerme sentir inepto y ansioso.

Nos vimos ese domingo, en su casa en Old Irving Park, a las tres de la tarde.

Llegué temprano, aparqué el Honda de mi madre en Kedvale Street, nervioso y tenso.

La verdad era que estaba completamente aterrado.

Estaba asustado, no excitado. Mareado, no apasionado.

Quería poner el coche en marcha y volver a Grace Park antes de tener la oportunidad de decepcionarla.

Lauren, que tenía veinte años en aquel entonces, todavía vivía con sus padres en una casa de ladrillo con tejado a dos aguas bastante humilde, al norte de Waveland Avenue.

Sus padres se habían ido, o eso asumí, pero nunca los mencionaba.

Abrió la puerta despacio y me recibió solo con una camisa, sin pantalones.

“Hola, cumpleañero”, dijo.

En cualquier otro contexto, habría estado ardiendo. Era el tipo de fantasía que podría tener pegada en la pared de mi habitación, seduciéndome… ¡a mí!, pero me sentía hundido, en todos los sentidos, consumido por la presión.

“No estés nervioso”, dijo, haciendo una evaluación precisa de mi reacción.

Me cogió de la mano y me llevó por la casa: una cocina pequeña con platos en el fregadero, un radiador con la pintura descascarillada, un comedero con alimento para mascotas y arena para gatos.

Todo eso me tranquilizó. Ver lo mundana que era su vida me trajo de regreso a la realidad, o al menos eso intenté.

En su habitación, hizo que todo fuera muy sencillo. Yo no tenía ninguna referencia, más allá de las incursiones ocasionales en internet para ver pornografía y alguna escena de sexo en películas, donde todo siempre parece tan fluido y seguro.

Se tomó su tiempo. Se acercó, sentí su perfume, las suaves caricias de sus labios en mi cuello, sus manos a cada lado de mis piernas. Empezó a mecerse de un lado a otro, aunque no había música, tarareando algo que no reconocí.

Se dio la vuelta y se sentó sobre mi entrepierna, apoyando la cabeza en mi hombro, mientras yo rogaba en silencio tener una erección, superar los nervios y disfrutar el momento. Me tomó las manos y las llevó a sus pechos y gimió.

“Se siente bien”, susurró.

Entonces, mis manos cobraron vida propia y presionaron sus pechos, acariciaron su cuello, recorrieron su cabello, presionaron su ropa interior de seda.

Y luego, ya listo, me dejé llevar por el momento. Me había ayudado a llegar hasta ahí, me había guiado por las primeras curvas, y ahora estaba listo para tomar el control.

Me gustaría poder decir que Lauren disfrutó horas de éxtasis.

Pero estoy bastante seguro de que fueron cuatro minutos (y eso considerando que aguanté todo lo que pude) y no creo que ningún momento haya contado como “éxtasis” para ella.

No tenía noción de cuánto se suponía que debía durar ni la más mínima idea de cómo lograr que una mujer tuviera un orgasmo.

Pero me hizo sentir como si hubiera pasado el mejor momento de su vida. Me envolvió con sus piernas y se quedó ahí, después, durante un buen rato.

“Me gusta sentirte dentro de mí”, susurró.

La verdad es que yo me sentía más aliviado que otra cosa.

Luego trajo un par de cervezas y bebimos mientras charlábamos en la cama.

Faltaban algunos meses para que yo empezara la universidad y me dijo que estaba ahorrando dinero para estudiar también.

Hablamos de música, de béisbol, y las cervezas siguieron pasando.

Fue la vez que más cervezas había bebido en mi vida, pero el entusiasmo de mi primer encuentro sexual era más embriagante que cualquier bebida alcohólica.

Estábamos viendo algunas fotografías suyas del bachillerato, cuando miró el reloj en la pared. “Mis padres van a llegar en una hora”, dijo. “A veces, llegan un poco antes”.

“Entonces, creo que es hora de que este chico cumpleañero vuelva a su casa”, dije.

“Mmm”, murmuró, apoyando las manos sobre mi pecho. “No eres un chico, eres un hombre”, agregó. “Pero ¿qué te parece si me follas una vez más antes de irte?”.

Sin duda sabía cómo excitarme.

***

Y ahora, aquí estamos, diecinueve años más tarde. Me estoy acercando rápido a ese acantilado. No es tarde para regresar. Eso es lo bello de todo esto: hasta que salte, siempre puedo cambiar de idea.

Mi vida estuvo bien. Me encaminé y salí adelante.

Puedo conservar esa vida: agradable y segura, más o menos; aburrida y monótona, quizá, pero importante para mí.

Siempre y cuando pueda enseñar, incluso si el vicedecano Comstock me despide de la facultad, puedo buscar trabajo en otra, prestigiosa o no; no va a importar, mientras pueda enseñar, hablar y escribir sobre derecho.

Si me arriesgo, no sé dónde voy a terminar. Quizá sea el mayor error de mi vida. Podría ser el final.