Capítulo 41
Esto podría traer problemas, este asunto. ¿Qué voy a hacer?
Ya te expliqué todo eso.
—Se lo voy a decir esta noche —dije—. Me voy a mudar y conseguir otro lugar. Podemos mudarnos juntos hoy mismo. Pero no puedo pedirle el divorcio ahora. Falta menos de un mes. ¿Qué más da un mes?
—No le corresponde ese dinero —dijiste—. Es una herencia de tu padre. Es tu dinero. No lo merece.
—¿No lo merece? Estamos casados desde hace casi diez años.
—¿Y por qué crees que es eso? —dijiste—. ¿No lo ves, Simon?
No entendí a qué te referías. O quizá no quería entenderlo.
Te quedaste en silencio, como si buscaras las palabras justas. Luego suspiraste, como si ya te hubieras cansado de suavizarlo.
—Vosotros dos no estáis enamorados y nunca lo estuvisteis —dijiste.
Escucharte decir eso me hizo quedarme sin aire.
—Eso no es verdad.
—Ella nunca te amó, Simon. Necesitaba alguien que la cuidara. Y tú lo hiciste. Y ahora está mirando con atención el dinero del fideicomiso, que está tan cerca que ya puede saborearlo. Le dedicó nueve años y once meses.
Retrocedí y casi me caigo sobre la cama.
—Haces que suene como una condena.
Te acercaste y me cogiste de las manos.
—Mereces algo mucho mejor —dijiste—. Si quieres hacer algo por Vicky, entonces, está bien. Págale la pensión conyugal con tu salario de profesor. Pero no le entregues millones de dólares. Es tu dinero.
Me besaste, primero suave y luego con intensidad, y mi termómetro interno se disparó hasta la estratósfera.
—Querrás decir nuestro dinero —dije.
—Sabes que no me importa el dinero —susurraste, mientras me desabrochabas la hebilla del cinturón.
—Lo sé.
Te arrodillaste y empezaste a bajarme el pantalón.
—Prométeme que le pedirás el divorcio ahora —dijiste.