Capítulo 40
Jane
Conrad Betancourt se desploma en el sofá de su sala. Tiene los ojos vidriosos y unas ojeras oscuras y pronunciadas. Lo único que lo salva es su bronceado.
Un oficial lo recibió en O’Hare, donde aterrizó hace dos horas.
Lo llevaron a la morgue del condado de Cook, donde identificó el cuerpo de su esposa, Lauren.
El informe del oficial fue bastante escueto: más allá de balbucear “Cielo santo” y confirmar que la fallecida era, efectivamente, su esposa desde hacía tres años, pidió un momento de privacidad.
Si lloró en silencio o si soltó alaridos como un esposo devastado o se mantuvo frío e inalterable, Jane no podía saberlo, porque su oficial tampoco lo sabía.
Cuando salió de la habitación fría, no dijo nada en el trayecto de regreso a la casa.
—¿Quién le hizo esto a mi esposa y por qué? —pregunta.
“Mi esposa”. No “Lauren”. Desde que llegó, no pronunció su nombre, solo se refirió a ella como una posesión. Qué masculino. Jane se preguntó cómo se sentiría si estuviera casada y su esposo se refiriera a ella de esa manera en lugar de por su nombre. Sería bonito descubrirlo algún día.
—Ayúdenos a averiguarlo —responde Jane.
—Bueno, no se suicidó.
—¿No? ¿Por qué no?
—No sería capaz de hacer eso. —No entra en detalles. Parece un jefe, un líder, haciendo declaraciones autoritarias sin necesidad de dar explicaciones. Estaba bastante segura de que no disfrutaría trabajar para él.
—¿Estaba deprimida? —pregunta Jane.
—No como piensa. Nosotros… estábamos en medio del divorcio —explica—. Así que supongo que se podría decir que no era un momento feliz.
—¿Alguno de los dos ya había presentado los papeles? —pregunta, aunque ya sabía la respuesta por su exesposa, Cassandra.
—Yo sí.
—¿Puedo preguntar por qué? —Se cuestiona a sí misma si hizo bien en preguntarle eso, como si necesitara permiso. Es una policía que está investigando un asesinato. Le corresponde saber la respuesta, por más personal que sea. Toma una nota mental.
Conrad Betancourt la mira de arriba abajo con los ojos entrecerrados, en un gesto de desaprobación.
—Diferencias irreconciliables.
—¿Puede explayarse más?
Parece que la situación lo entretiene; probablemente la llamaría “entrometida” si no fuera policía, “una chiquita entrometida”, pero luego rompe el contacto visual y se queda mirando fijamente a la pared.
—El matrimonio no funcionaba.
—¿Su esposa compartía la misma opinión?
Esa pregunta lo entretiene más.
—Estoy bastante seguro de que sí.
—¿Cuándo solicitó el divorcio?
—Hace algunas semanas.
—Entonces, octubre, mediados de octubre.
Se encoge de hombros.
—Búsquelo. Es información pública.
Deja pasar eso porque tiene razón.
—¿Hubo infidelidad?
Tensa la mandíbula, una expresión ilegible.
—¿Tenía una aventura? No sé. A esas alturas, yo me quedaba en el centro, en nuestro apartamento de Michigan Avenue.
Tenemos un apartamento en Superior y Michigan.
Me he quedado exclusivamente ahí desde… algún momento de agosto o septiembre.
No creo que le hubiera costado conseguir a alguien más.
Y tampoco me sorprendería. Pero, si me pregunta si lo sé con seguridad, no, no lo sé.
—¿Y usted? —pregunta Jane.
—Ah, vamos. —Chasquea los dedos—. Me mudé el 11 de septiembre. Lo recuerdo porque fue el 11 de septiembre. Recuerdo pensar que mi matrimonio se había desmoronado como las Torres Gemelas.
Jane percibe algo en la expresión de su compañero, Andy Tate, pero lo deja pasar. Vuelve a hacer la pregunta.
—¿Y usted, señor Betancourt? ¿Fue fiel?
Esperaba esto. Su rostro muestra una leve decepción; si hubiera intentado concentrarse en Lauren y explayarse más con sus respuestas anteriores, Jane habría ido en la dirección opuesta. Pero ahora él baja la vista hacia sus uñas, mientras mantiene ahuecada su mano ancha y robusta.
—Siguiente pregunta —dice.
Entonces, no. No fue fiel. Jane se queda en silencio y lo mira. Vale la pena intentarlo. Hay un viejo dicho que dice que, si te quedas en silencio, el testigo nervioso hablará para llenar el espacio. Duda de que funcione con Conrad Betancourt.
No funciona. Finalmente la mira y repite: —Siguiente pregunta.
Todo esto es como un baile delicado. Quiere presionarlo, pero no demasiado. Porque el testigo tiene un as bajo la manga que, honestamente, le sorprende que aún no haya usado: puede negarse a responder y exigir un abogado.
Pero eso también le diría algo. Un hombre no tiene que estar físicamente presente para hacer que asesinen a su esposa, no si tiene todo el dinero del mundo. ¿Qué mejor manera, de hecho, que pasar un largo fin de semana con tus hijos en Florida mientras ocurre?
—Está bien, señor Betancourt —dice—. Mi siguiente pregunta es cuánto dinero tiene.
—Ah, ahí está. —Inclina su enorme cabeza y esboza una sonrisa amarga—. ¿De verdad sospechan de mí? ¿Creen que maté a mi esposa para no tener que dividir el dinero con ella? ¿Aprendieron a ser policías viendo películas o qué?
Jane se reclina en su silla y abre las manos.
—Tengo que descartarlo, señor Betancourt. Sabe cómo es esto. Así que ayúdeme.
—Teníamos un acuerdo prenupcial —dice Conrad—. A ella le correspondía un millón de dólares en caso de divorcio. Es una cifra que no tendría problema en darle. Además, le ofrecí pagar los honorarios de su abogado.
—Quizás ella quería oponerse a ese acuerdo —sugiere Jane.
—Quizá, pero no podría hacerlo. De todas maneras, el resto de mi dinero está en un fideicomiso desde antes de que nos casáramos. No tiene acceso a él. Es impenetrable. Así que, si lo objetaba o no, no me habría preocupado en lo más mínimo.
—Señor Betancourt —interviene Andy—, ¿está seguro de que se mudó el 11 de septiembre?
Conrad se toma su tiempo antes de mirarlo.
—Ya respondí eso. Pensé en las Torres Gemelas. Sí, estoy seguro de que me mudé al apartamento del centro.
—Pero está seguro de la fecha —presiona Andy.
Conrad parpadea. Una reacción natural al verse acorralado. Mira al techo y vuelve a mirar a Andy.
—Sí, estoy seguro de la fecha.
—¿Y nunca regresó a esta casa, ni siquiera para pasar la noche?
—No. Nunca. Nunca regresé a esta casa después del 11 de septiembre.
—¿Lauren alguna vez pasó la noche en el apartamento del centro después del 11 de septiembre?
Conrad se inclina hacia delante, levantando las manos.
—Déjenme decirlo con la mayor claridad posible: no veo a Lauren desde el 11 de septiembre. Siéntanse libres de preguntarle al personal del edificio. El portero se lo confirmará.
Andy vuelve a sentarse.
—Déjeme mostrarle algo —dice Jane, y saca el teléfono rosa de la bolsa de pruebas—. ¿Alguna vez vio este teléfono?
—No… no —responde—. ¿Qué es eso? Ya sé que es un teléfono, pero… ¿de quién?
—¿No lo sabe?
—No tengo idea. —Su expresión se endurece. Sin duda piensa lo mismo que Jane y Andy cuando lo vieron: un teléfono desechable para un amorío extramatrimonial.
Mira alrededor como si quisiera golpear algo.
—Entonces sí había alguien más —dice. Ahora que lo sabe con certeza, parece importarle más que antes. La ira se le marca en la mandíbula, tensa y colorada—. ¿Quién es el otro hombre?
—No sabemos si hubo otro hombre —dice Jane—. Y, si lo hubo, no sabemos quién.
—¿Cuál es el…? —Señala el teléfono—. ¿Hay mensajes? Tiene que haber mensajes.
—No podemos revisarlo ahora —responde ella.
—Pero puede responderme a eso. ¿Hay mensajes? ¿Mensajes de amor?
—Hay mensajes, sí. Le prometo que cuando podamos darle…
—¿Cuándo empezaron? ¿Desde hace cuánto…? —Aparta la mirada con gran amargura.
—No podemos responderle, señor.
—Solo díganme eso. Denme una fecha.
—Señor Betancourt, por favor. Pronto, se lo prometo, pero no ahora.
Conrad se enfurece más e intenta contener la ira, aunque apenas lo logra. Pero empieza a calmarse poco a poco y parece comprender que reaccionar así ante la idea de una infidelidad solo aumentaría cualquier sospecha en su contra.
—Grandioso —balbucea—. Esto es… grandioso.
—Señor Betancourt, ¿nos disculpa un momento? —dice Andy.
Jane lo sigue hacia la cocina de la casa, donde Andy coge de una carpeta una copia de la transcripción de los mensajes.
—Toma —susurra Andy—. Lee los mensajes del 19 de septiembre.
Jane lee sobre su hombro:
TELÉFONO DEL DESCONOCIDO
TELÉFONO DE LA VÍCTIMA (PRUEBA #1)
Lunes, 19 de septiembre, 10.01
Llegó el mejor momento de la mañana, princesa.
Lunes, 19 de septiembre, 10.04
Buen día, mi reina.
TELÉFONO DEL DESCONOCIDO
TELÉFONO DE LA VÍCTIMA (PRUEBA #1)
Lunes, 19 de septiembre, 10.06
Parece que estás ocupada. Hablamos por la noche, amor.
Lunes, 19 de septiembre, 20.00
Llegó el mejor momento de la noche, cosita linda.
Lunes, 19 de septiembre, 20.01
Eh soy una persona pero okey
Lunes, 19 de septiembre, 20.01
¿Estás molesta?
Lunes, 19 de septiembre, 20.02
No dormí bien anoche. Con ronca demasiado bostezo
Lunes, 19 de septiembre, 20.02
¿Entonces por eso no hablamos esta mañana?
TELÉFONO DEL DESCONOCIDO
TELÉFONO DE LA VÍCTIMA (PRUEBA #1)
Lunes, 19 de septiembre, 20.04
Cuando se fue dormí hasta media mañana
Lunes, 19 de septiembre, 20.05
No puedo decir que disfruto imaginarte durmiendo con él.
Lunes, 19 de septiembre, 20.05
Bueno es su casa no te pongas goloso
Lunes, 19 de septiembre, 20.06
JAJA no te pongas CELOSO maldito autocorrector adiós por ahora
No tiene sentido…
—No tiene sentido —dice Andy—. El 19 de septiembre, Lauren se queja de que la noche anterior Conrad estaba roncando tanto que no pudo dormir.
Y él jura que no se acercó a Lauren en ningún momento después del 11 de septiembre.
Y no me parece que esté mintiendo. Podríamos comprobarlo muy fácilmente.
Conrad tendría que ser un idiota para mentir sobre algo tan específico.
—Coincido —susurra Jane—. Conrad no está mintiendo. Lauren sí, a su amante.
—Pero ¿por qué? —pregunta Andy—. ¿Por qué Lauren le mentiría?
—Y si le mintió sobre eso, ¿sobre qué más mintió? —dice Jane.