Caerás en mi trampa Capítulo 39
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Capítulo 39

Simon

Lunes por la mañana. Me despierto solo. Vicky fue a Elm Grove a pasar el fin de semana otra vez para ver a sus sobrinas.

La mayor, Mariah, tuvo su primera menstruación hace algunas semanas y se asustó mucho, probablemente más que cualquier otra chica porque no tiene a su madre para que la acompañe, así que fue un golpe emocional fuerte.

Vicky, que se aferra a la idea de que podría haber evitado el suicidio de su hermana si hubiera hecho más, ha estado pasando muchos fines de semana con ellas últimamente.

Esa es una de las razones por las que la amo.

“No hables a menos que tengas algo para decir”, solía aconsejarme cuando charlábamos antes de arroparme. “Pero, cuando elijas hablar, di lo que piensas, piensa lo que dices y prepárate para defender tu postura. Si no puedes defenderla, entonces, no valía la pena desde un principio”.

Es temprano, poco más de las cinco. No estoy saliendo a correr estos últimos días, nada de “Cinco a las cinco” por ahora, ya que estoy corriendo a Wicker Park por la noche.

Así que salgo a dar una caminata larga, vuelvo a casa, me baño, publico un informe en mi blog, Simon dice , sobre un nuevo caso del Tribunal Supremo de Wisconsin acerca de la excepción de buena fe al requisito de una orden judicial, y llego a mi oficina a las ocho.

A mi madre le habría encantado tener un blog que le permitiera quejarse de cualquier tema jurídico para quien quisiera leerla.

Estaba especializada en una rama del derecho, como cualquier profesor, pero leía sentencias sobre cualquier asunto.

Devoraba cada fundamentación de las sentencias del Tribunal Supremo de los Estados Unidos y charlábamos sobre ellas en la cena.

Resumía los hechos, discutía ambas posturas, las ventajas y las desventajas, y luego anunciaba cuál era la sentencia correcta, que, como el proceso judicial era de los ochenta, por lo general difería de del Tribunal Rehnquist.

A eso de las nueve y media, empiezo a caminar por la rambla hacia el Chicago Title una cinta roja marcaba el punto de partida y una cinta azul, su mejor lanzamiento.

Sosteniéndome de la cintura con una mano y de la camisa con la otra, Mitchell me lanzaba por el aire y yo caía con un golpe duro sobre las colchonetas.

Sus amigos reían y festejaban mientras medían la distancia.

A veces, si no quedaba conforme con el primer lanzamiento, me hacía volver para intentarlo otra vez.

“No te molesta, ¿verdad, Mini-Yo?”, solía preguntarme, y me daba una palmada tan fuerte en la espalda que casi me hacía caer.

Pero recuerdo esa parte; el tipo tenía el coeficiente intelectual de una boca de incendio, aunque siempre se aseguraba de que le dijera que estaba bien, para poder usarlo como defensa llegado el caso.

“Dijo que no le molestaba. Lo disfrutó. Solo estábamos divirtiéndonos”.

Pero sí me molestaba, por supuesto. Era humillante. Y, a veces, dolía. Sin embargo, empecé a volverme un experto en amortiguar la caída, protegerme el rostro al dar sobre la colchoneta, cerrar los puños para no romperme ningún dedo.

Siempre me preguntaba por qué yo. ¿Qué le había hecho a este tipo? Sí, era un estudiante de primer año diminuto y nerd. Era un cliché andante para convertirme en el blanco perfecto de un acosador. Pero no era el único.

En retrospectiva, no me cuesta entenderlo. Cursábamos matemáticas juntos. Yo estaba en geometría, que es básicamente una clase de honor para estudiantes de primer año, y él la cursaba en su último año. Yo sacaba dieces y él casi no aprobaba.

Y como divertirse conmigo antes de clases no era suficiente, también me iba a buscar durante el almuerzo.

Se acercaba a mi mesa y me daba una palmada en la cabeza.

Yo llevaba una botella de Gatorade todos los días.

Mi madre estaba intentando hacerme crecer.

“No te molesta, ¿verdad, Mini-Yo?”, me decía, y me quitaba la botella.

Un día, llevé una segunda botella para compensar, pero también me la robó.

“Debe de ser mi cumpleaños”, decía. Los otros chicos, la mayoría estudiantes de primer año como yo, solo miraban para otro lado.

Nunca nadie me decía nada. Sabían que, en mi lugar, harían lo mismo: nada.

Mitchell era uno de los reyes de la escuela. Había colegios de todo el país que venían a verlo luchar para reclutarlo. Al final, no le sirvió de nada. Estropeó un encuentro bastante importante y después terminó escapando de la ley; casi acaba preso.

Así que quizás el karma sí exista, después de todo. Quizá debería dejarlo ahí. Pero cada vez que siento esa cicatriz en mi mejilla izquierda, vuelve a aparecer en mi mente.

***

Un poco pasadas las siete de la noche, salgo de la facultad y corro mis ocho kilómetros hacia Wicker Park.

Me detengo en el callejón entre el patio trasero de Viva Mediterránea y una serie de apartamentos en la calle de enfrente.

Hay una leve llovizna y el otoño ya empieza a coquetear con nosotros, lo suficiente como para apagar el entusiasmo del patio exterior de Viva, aunque aún hay algunas personas fuera, con chaquetas y jerséis, disfrutando sus copas y aferrándose a los últimos vestigios del verano.

A las ocho en punto, saco mi teléfono verde, inserto la tarjeta SIM y escribo: Llegó el mejor momento de la noche, cosita linda.

Responde: Eh soy una persona pero okey Ah, enfadada. Escribo: ¿Estás molesta?

Responde: No dormí bien anoche. Con ronca demasiado bostezo Vale, demasiada información. Incluso llama al esposo por su nombre. En fin... Mi respuesta: ¿Entonces por eso no hablamos esta mañana?

Responde: Cuando se fue dormí hasta media mañana Ah, eso funciona. Escribo: No puedo decir que disfruto imaginarte durmiendo con él.

Responde: Bueno es su casa no te pongas goloso Sigue escribiendo y agrega: JAJA no te pongas CELOSO maldito autocorrector adiós por ahora Está bien. Suena justo. Apago el teléfono, le quito la tarjeta SIM y guardo ambas cosas en el bolsillo de mis pantalones de entrenar.

Levanto la vista hacia los apartamentos, hacia los balcones que dan a este callejón. El tercero está vacío, pero tiene las luces encendidas.

El tercero es de Christian Newsome, el tipo que estuvo acostándose con Vicky las últimas semanas.

Sí, eso ya lo sé. He visto a Christian en su terraza varias veces cuando vengo aquí para estas charlas nocturnas. A veces, está solo. A veces, está con su amigo Gavin.

Pero nunca con Vicky. No, Vicky es demasiado precavida como para permitir que la vean en público con Christian.

¿Me molesta que Vicky esté teniendo sexo con otro hombre? Por supuesto. Soy humano. Pero se podría decir que no tengo legitimación procesal para hacer una reclamación en estas circunstancias.

Intento pensar en frío. A veces, pienso demasiado en frío.

Otras veces, solo dejo que las cosas me molesten más de lo que deberían.