Capítulo 38
Christian
—Salgamos —dice Gavin cuando aparece en mi apartamento y va directo a mis botellas de licor en la cocina—. Compremos unas entradas para ver a los Cubs y después vamos a algún club. —La idea parece entusiasmarlo y empieza a tararear “Cubs, club, Cubs, club”, mientras se sirve un vaso de whisky.
—No sé si tengo ganas —digo.
—¿De ver a los Cubs? Bueno, entonces, solo vamos al club. Comemos algo y después vamos para el West Loop.
Me quejo.
—A Triangle, entonces —sugiere—. O Tavern.
—No sé.
—¿Qué no sabes? Es viernes por la noche. ¿Qué quieres? ¿Quedarte en casa?
—Puede ser. Estoy cansado.
Menea la cabeza.
—No, no, no. Nicky no está cansado un viernes por la noche. Nicky se emborracha con su amigo Gavin y después se lleva alguna nenita a casa…
—No me siento bien, cielos. Déjame en paz.
Gavin bebe un largo trago de su whisky y me mira detenidamente. Moviendo un dedo frente a mí, pregunta:
—¿Cómo va todo con la Número 7?
—Bien. Todo bien. La tengo justo donde quiero.
—¿Sí?
—Sí.
—Bueno, entonces, podemos beber unas copas aquí antes de salir —dice—. Háblame sobre ella.
—No es lo que acordamos.
—Bueno, no me digas su nombre; solo, ya sabes, en general. No sé, ¿cuál es su historia?
Me encojo de hombros.
—No hay mucho. Solo que huyó de su casa; eso es todo.
Eso lo sorprende. A mí también me sorprendió cuando investigué, pero después dejó de importarme.
Cuanto más tiempo pasaba con Vicky, más veía que es una chica solitaria, una luchadora.
La mayoría de las mujeres que elegí —las seis anteriores, de hecho— tenían vidas bastante normales y privilegiadas.
Ninguna había tenido una vida ni remotamente parecida a la mía.
—¿Escapó de su casa cuando era adolescente? —pregunta Gavin—. ¿Qué hizo?
—No sé. No me habla de su pasado. Y no puedo encontrar nada en internet.
—Sabes lo que hizo —dice Gavin, mientras se sirve un segundo vaso de whisky.
—No.
—¿Qué otra cosa podría haber hecho? ¿Escapa de su casa y tiene que arreglárselas sola?
—Cierra la boca, G.
—Era una puta, Nicky. O una actriz porno. Algo con el sexo. No hay otra opción —dice.
Saco una botella de agua de la nevera.
—¿Folla como una puta?
—¡Te he dicho que cierres la boca! —Le arrojo la botella de agua, la tapa se sale y el agua salpica por todas partes.
—Ey, tú —exclama Gavin, retrocediendo—. ¿Qué cojones te pasa, tío?
Cojo una toalla y seco el suelo. Mientras tanto, Gavin va a la sala y enciende el televisor.
Dejo la toalla húmeda en el lavabo, me sirvo un whisky y salgo a la terraza.
La vida nocturna en esta zona es siempre tan intensa como en el resto de la ciudad.
Me encanta este lugar. Siempre supuse que terminaría en Chicago después de juntar suficiente dinero con mis estafas si todo salía bien.
Aunque también siempre estuve preparado para salir del país si no me quedaba otra opción para estar a salvo.
Creo que hice todo lo necesario para mantenerme un paso por delante de la ley.
La mayoría de estas mujeres ni siquiera se molestan en buscarme después de que les haya quitado todo, por la vergüenza de admitir lo que hicieron.
Y a sus esposos les importa todavía menos, después de que los hubieran engañado, los dejaron por otro hombre y firmaron acuerdos de divorcio de un solo pago.
¿Y qué podían hacer, incluso si me encontraban?
Era su amante, su secreto sucio; no es que me presentaran a sus amigas ni nada por el estilo.
Además, usé un nombre distinto en cada ocasión (Collin Daniels, Richard Nantz, David Jenner), así que solo tenía que negar, negar, negar.
No, no soy yo. ¿Qué dinero? No pueden rastrear nada. No pueden probar nada.
¿Vicky? No sé qué hará después de que le quite el dinero.
Ella básicamente le va a robar todo a su esposo y yo voy a robarle todo a ella.
¿Tendría derecho a quejarse? ¿Puede una ladrona quejarse de otro robo?
Sí, puede ser. Tal vez lo intente. Vicky parece ser una persona bastante rencorosa.
Pero, como me sigo repitiendo una y otra vez, la verdad es que no la conozco.
No, va a venir a buscarme. Es lo que yo haría. Y ella es como yo.
Voy a la sala, donde Gavin está despatarrado en el sofá, viendo una película y bebiendo mi whisky. Señala la pantalla.
— Juego de espías —dice—. ¿La has visto?
—No.
—Es vieja. Redford, Pitt. Redford es un agente de la CIA de la vieja escuela, ¿vale?
Le enseña a Pitt todo lo que sabe. Le dice que no se involucre con nada ni nadie, que ahorre dinero para cuando se retire y que no lo gaste nunca, que primero piense en él mismo, ¿vale?
Luego resulta que, a pesar de mostrarse como un tipo duro y frío, tiene un corazón de oro. ¿Sabes qué tienes en común con Redford?
Me siento en el sofá.
—No. ¿Qué tenemos en común?
Apaga el televisor y nos quedamos en silencio.
—Nada —dice—. Porque es una maldita película, una ficción, un cuento de hadas. Y tú, Nicky, esta es tu vida real. Así que haznos un favor a ti y, más importante, a mí, ¿entiendes?
—¿Qué?
—No te encariñes —dice—. Y mucho menos, para nada, te enamores de esta mujer. Toma el maldito dinero, olvídala y sigue adelante. Luego sal y busca a tu princesa.
***
—Bien, uno más y después vamos a comer —dice Gavin.
—No tengo ganas.
Estamos en la terraza de mi apartamento, en el primer piso, que da a un callejón y a la vida nocturna.
—¿Y ahí, por lo menos? —pregunta Gavin.
—¿Dónde?
—Ahí enfrente, Einstein. Ese lugar donde todos están bebiendo algo y disfrutando, a diferencia de nosotros. Ese lugar donde hay al menos veinte bellezas que abrirían las piernas si solo les guiñas un ojo. Aunque bueno, ya sabes…, si no estuvieras enamorado de la Número 7.
—¿Puedes terminar con eso?
—Terminaré después del 3 de noviembre, cuando la Número 7 le quite el dinero a su esposo y tú se lo quites a ella. Después, yo me quedo con mi parte y cierro la boca. Hasta entonces, me estás preocupando.
—No estoy enamorado ni me voy a enamorar de ella.
—Bien, ahora, ¿qué te parece si vamos a comer a ese lugar de ahí? ¿Tienen carne?
—No creo. Debo de tener un menú en algún lado.
—No vamos a pedir, colega, vamos a salir. Dime qué tienen si no tienen carne, ¡por el amor de Dios!
—El shawarma de pollo es bastante bueno…
—¿El qué de pollo?
—… y los kebabs de kofta no están mal.
—¿Kaf-qué? ¿Kafka? Dios, Nicky, ¿qué te pasa?
Me inclino hacia delante y hablo entre dientes.
—¿Puedes dejar de llamarme Nick? Para ser un tipo que se preocupa tanto por no cagarla, ¿de verdad vas a gritar mi nombre desde el balcón? ¿Por qué mejor no vas al maldito Chicago Tribune y anuncias al mundo que mi nombre no es Christian Newsome?
Asiente, bebe un trago de su whisky.
—Tienes razón, Christian. Te ofrezco mis más sentidas disculpas.
Además, acabo de darme cuenta de que tienes que comer tu comida fifí para mantener esa figura tan atractiva.
Así que retiro mi objeción previa y te solicito amablemente que me acompañes a…
—Mira el patio al otro lado del callejón—. ¿Cómo se llama ese lugar?
—Viva —respondo—. Viva Mediterránea.