Capítulo 34
Christian
De una manera algo ostentosa (mandíbula tensa, una leve exhalación, un temblor), Vicky colapsa sobre mí.
Envuelvo su cuerpo sudado con mis brazos y la siento sobre mi regazo.
Prefiere estar arriba, por lo que noté, y le gusta dejarse puestos los tacones, aunque eso probablemente sea para mí.
Y sí, los tacones son para mí. No soy demasiado original con mis fetiches.
Pero lo que más me calienta, por lejos, es ese anillo en su dedo.
Después de un momento para recuperar el aliento, se baja de mí y va al baño, dejándome cansado y satisfecho en el sofá de mi apartamento.
Eso es algo bueno, porque, de lo contrario, dudaría. Vicky no es de hacer cumplidos. No gime con satisfacción después ni me dice lo maravilloso que fue, ni cuánto mejor soy que su esposo.
—¿Qué es esto? —grita desde el baño.
Uy. ¿Qué he hecho? ¿Dejé algo que ella no debería…?
Voy corriendo al baño intentando que no se note la prisa. Tiene mi cepillo de dientes en la mano.
—Ah —digo.
—¿Qué es esto? Parece, no sé, un metal carísimo…
—Titanio —respondo.
—¿Tienes un cepillo de dientes de titanio? Y… —Mira mi botiquín—. Y cortaúñas y… una maquinilla y… ¿Qué es esto?
—Para sujetar el hilo dental —respondo con inocencia, como si estuviera un poco avergonzado de tener un cepillo de dientes hecho completamente de titanio, negro mate, con un recubrimiento antibacterial, una maquinilla eléctrica, una recortadora de vello nasal y un portahilo dental, todo combinado en el mismo material.
—¿Cuánto te costó esto, Christian?
El precio de mercado fue más de ocho mil quinientos dólares, o eso descubrí después de buscarlo. De hecho, fue un regalo, de uno de mis objetivos, la Número 4, en Santa Fe, antes de que ella supiera que era un objetivo.
Al principio iba a esconderlo, pero Vicky necesita ver algunas cosas, pequeñas, que dejen en claro que algo tan caro y exagerado no es más que una chuchería para mí.
—En serio —dice—. Debió de haber costado una fortuna.
—Fue una gran inversión —respondo—. Son resistentes y duran mucho tiempo. Si lo amortizas a lo largo de su vida útil, el precio por unidad…, bueno, es caro, pero mucho más razonable.
—No sabía que la gente amortizaba cepillos de dientes. —Deja el cepillo a un lado y apoya las manos sobre mi pecho desnudo—. Debe de ser estupendo ser tan rico e inteligente.
Acerca sus labios a los míos. Puedo sentir su sonrisa.
Quiere más de mí. Esta vez, usaremos la cama.
***
Después, Vicky se queda mirando mi apartamento, perdida en sus pensamientos.
No soy dueño de este lugar. Es alquilado, aunque nunca se lo voy a contar.
Cuando regresé a Chicago el verano pasado, no me parecía sensato comprar un apartamento.
Sabía que no me quedaría por mucho tiempo y, además, había ahorrado solo un millón de dólares y quería conservar la mayor parte de esa liquidez.
Decidí alquilar un buen sitio en un vecindario caro y, aunque la renta es exorbitante, será algo a corto plazo.
Aun así, por más elegante que sea este lugar, no grita “megarrico”.
Mi biografía sugiere que gané cientos de millones de dólares con mis inversiones de riesgo, así que quizá mi apartamento no parezca tan elegante, pero mi frase de cabecera es que vuelvo a invertir la mayor parte del dinero que gano y que estoy en las mismas inversiones en las que te estoy metiendo a ti, que es un discurso de venta bastante bueno.
Cuando mi pantalla es un hombre adinerado, como este caso, intento dejar en claro que tuve una infancia humilde (verdad), que aprendí a ahorrar (también verdad) y que mantengo esos hábitos. Sí, tengo dinero, pero no voy a chapar todo en oro ni comprar más espacio del que necesito.
Es un equilibrio. La riqueza atrae a las mujeres.
La riqueza exorbitante, en mi experiencia, puede intimidarlas.
Así que intento mantenerme en un punto medio: mostrar alguna pincelada de extravagancia absurda (como el cepillo de dientes de titanio), pero mantener un perfil bajo y humilde que le reste importancia a lo material.
—El apartamento es algo temporal —comento—. Me gusta el vecindario y el valor de las propiedades sigue subiendo en esta zona. Es una inversión sólida.
—Todo es una inversión para ti. —Se pone el sujetador y la ropa interior, luego la falda y la blusa, en ese orden—. ¿Crees que vas a asentarte aquí en Chicago?
Ahí está. Sabía que lo preguntaría en algún momento.
Quiere conocer mis intenciones. Creo que yo conozco las suyas: se va a ir.
Apostaría cualquier cosa. Cuando consiga ese dinero de Simon una vez que termine su condena marital de diez años, no va a querer quedarse por aquí y ver a Simon triste. Se irá bien lejos. ¿A dónde? No lo sé.
¿Nueva York? No, no creo. No tiene pinta de chica de Manhattan.
Disfrutaría el ajetreo y la vida nocturna, sí, pero no me da la impresión de ser una chica de gran ciudad.
Tampoco parece importarle una mierda la diferencia entre una botella de cuatrocientos dólares de un exclusivo vino francés y una botella de vino tinto que compré por veinte dólares en un almacén.
Cuando hablo de teatro y música, no parece interesada y casi no aporta nada a la conversación.
Pero también es difícil imaginarla asentándose en un pueblo pequeño, teniendo hijos y horneando galletas.
Vicky ha hecho un trabajo admirable hasta ahora manteniendo el misterio. Incluso para alguien como yo, que dedicó su vida a leer a las mujeres, el sexo opuesto sigue siendo un enigma.
Lo que sé sobre Vicky Lanier es esto: casi nada.
Cada vez que le pregunto acerca de su vida, cambia de tema.
Mencionó algo sobre una infancia difícil.
Hizo un comentario de pasada sobre “Virginia Occidental” y la semana pasada hice lo que pude: algunas búsquedas en Google, algo no muy sofisticado.
La investigación no es mi fuerte y no es algo que realmente necesite para mis propósitos.
No puedo pedirle ayuda a Gavin porque, entonces, sabría su verdadero nombre: sería Vicky Lanier Dobias y no “la Número 7”.
Pero hice lo suficiente por mi cuenta para saber que una adolescente llamada Vicky Lanier desapareció en 2003 en Fairmont, Virginia Occidental.
Tiene que ser ella. Y no tuvo un buen comienzo en la vida.
Es una luchadora, una superviviente. Tuvo que hacerlo sola.
¿Mi hipótesis? Simon Dobias le dio estabilidad y comodidad, más que amor y pasión.
Y vio todo ese dinero, todos esos dólares, y tomó una decisión basada en la necesidad.
Estos casi diez años de matrimonio con Simon fueron una inversión.
Pero, ahora, ¿me pregunta a mí por mis intenciones? Es su manera de tantear el terreno. Está pensando en una vida conmigo. Es demasiado precavida como para decirlo, pero lo está pensando. Y la asusta. Debo asegurarme de que confíe en mí.
—Lo mejor de mi trabajo es que puedo hacerlo en cualquier lugar —digo—.
Aquí, en Manhattan o con los pies en la arena de Monterrey.
Pensé en París, pensé en la Toscana. Sin embargo, creo que me quedaré en los Estados Unidos, así puedo ver las tendencias más de cerca, porque de manera remota es más difícil. Pero… ¿quién sabe?
Me observa mientras digo esto, sin expresión alguna, mientras me pongo los pantalones. Por lo general, me quedo sin camisa tanto como puedo porque a las mujeres les encantan mis abdominales.
—Entonces, ¿no tiene que ser una gran ciudad? —pregunta.
Sí, quiere saberlo. Está fantaseando con distintos lugares, aunque cuáles, no sé; y conmigo junto a ella.
—No necesariamente —respondo—. ¿Qué hay de ti? ¿Quieres quedarte para siempre en Chicago?
Le devuelvo la pelota de la misma manera indirecta, sin enfrentarla con la idea de un futuro juntos, pero coqueteando de cerca con eso. Si va despacio, yo también. No agitaré las aguas, como acordamos con Gavin. Mantendré a la Número 7 firme hasta el 3 de noviembre.
Cuando me vuelvo hacia ella, la encuentro mirando por el ventanal que da al patio y los edificios magníficos de la ciudad.
—No me voy a quedar en Chicago —dice—. En cualquier otro lugar menos en Chicago.
***
—Déjame invitarte a una cena —digo.
—¿A dónde? —pregunta.
—A cualquier lugar. Tú decides. Hay como veinte lugares a los que podemos ir caminando. O a cualquier otro lugar.
Se muerde el labio y mira su reloj. Ya son casi las siete de la tarde.
—Se está haciendo tarde.
—¿Tienes miedo de que te vean en público conmigo? —pregunto, riendo.
Me mira.
—No de la manera en que tú imaginas, pero, de hecho, sí, tengo mucho miedo de eso. ¿No lo tendrías si fueras yo? ¿Y si alguien nos ve?
—Bueno, sí, supongo.
—¿“Bueno, sí, supongo”? No es una broma, Christian. ¿Y si Simon se entera?
—Está bien, yo…
—¿Y si Simon se entera y me pide el divorcio?
Levanto las manos. Toqué una fibra sensible. Sus ojos parecen arder.
—¿Y si Simon se entera y me pide el divorcio antes del 3 de noviembre? —dice—. ¿Leíste el fideicomiso?
—Sí…
—Si me pide el divorcio antes de que se cumplan los diez años, estoy acabada. No tengo ni un centavo.
—Lo sé.
Se levanta del sofá y coge su bolso.
—Bueno, me alegra que lo sepas. ¿También sabes que no tengo cuatrocientos millones de dólares en inversiones o lo que sea que tú tengas? ¿Que ese dinero es lo único con lo que cuento?
Vale, vale, esto se está descontrolando.
—Sí y lo siento —digo—. No quería sonar como si no me importara.
Oye… —Me acerco a ella, aunque no parece dispuesta a dejarse consolar ni a tener intimidad—.
Vicky, nunca haré nada que ponga en riesgo eso.
Nada. Si es importante para ti, también lo es para mí.
Tú eres importante para mí. ¿No te has dado cuenta de eso todavía?
Sigue enfadada, triste, y evita mirarme. No me muevo; le sigo el juego.
Pero, al final, como sabía que sucedería, me mira a los ojos.