Capítulo 33
Jane
—Ah, sí, conozco a Lauren.
Cassandra Barclay se cruza de piernas y se reclina sobre la silla en la sala de interrogatorios, ubicada al final del pasillo de la sala de oficiales.
Cassandra estuvo casada con Conrad Betancourt durante veintiséis años. Tuvieron dos hijos, ambos varones, hoy de veinticuatro y veintidós años. Se divorciaron solo unos meses antes de que Conrad se casara con Lauren, hace tres años.
—Toda una muñeca, ¿verdad? Es golfista, ¿saben? Así se conocieron. Connie no es bueno jugando al golf, pero le gusta juntarse con sus amigotes, fumar unos cigarros y hablar de dinero. Le gusta la idea de jugar al golf más que jugar al golf en sí.
—Y dice que la conoce —agrega Jane.
—¿A Lauren? La vi varias veces. Todavía voy al club en ocasiones.
—El club de campo de Grace Village.
—Ese mismo. Ya no voy tanto como antes; los chicos perdieron interés y yo también un poco. Pero si quiero ir, no lo dudo. No voy a darle el gusto a ella de que me aleje de mi club.
Jane asiente. Mejor dejar que siga explayándose.
—Es la clase de persona que imaginas —dice—. No es difícil darse cuenta. Me lo robó. Connie tiene dinero y ella quería todo. Tenía quince años menos que yo y era más guapa de lo que yo jamás fui, incluso a su edad. Yo era aburrida y ella fascinante. Ella era nueva y yo vieja.
Cassandra Barclay no parece aburrida y el paso del tiempo la ha tratado bastante bien, al menos a los ojos de Jane. Atlética, delgada, con la piel cuidada, vestida con elegancia. Jane espera verse así de bien a los cincuenta y cinco.
—Para que conste —agrega enseguida Cassandra, extendiendo una mano—. Yo no le robé a Connie a nadie. Lo conocí después de su primer divorcio y todavía no había amasado su fortuna. Éramos jóvenes y estábamos muy enamorados.
Es gracioso lo mucho que les importa a algunas personas lo que pienses de ellas, incluso si es la primera vez que las ves y probablemente nunca te las vuelvas a cruzar en la vida.
—¿Cuándo fue la última vez que hablaron? —pregunta Jane.
—Bueno, esta mañana. Cuando me enteré de lo que había pasado, lo llamé. Le dije que lamentaba mucho lo sucedido; quizá fue demasiado generoso de mi parte.
—¿Y qué respondió Conrad?
—Creo que todavía lo estaba procesando. —Se queda pensando un momento—. Imagino que lo que sentía por Lauren se había vuelto un poco complicado.
Jane guarda silencio, esperando que profundice más sobre el tema. Pero, cuando nota que no lo va a hacer, cuando Cassandra se la queda mirando fijamente, pregunta: —¿Complicado cómo?
—Bueno, nunca es agradable escuchar que le pasó algo malo a alguien, incluso aunque estés separado de esa persona.
—Separados. ¿Conrad y Lauren estaban separados?
Casandra inclina la cabeza hacia un lado, mirándola.
—Conrad y Lauren se estaban divorciando. ¿No lo sabían?
—No. La conversación por teléfono que mantuve con el señor Betancourt fue breve, aunque debería llegar en cualquier momento.
—Muy bien. Pero sí, Conrad ya había firmado los papeles.
—¿Sabe cuándo?
—Ah, no fue de improviso. Me llamó para avisarme, pero no recuerdo qué día. Septiembre, quizá principios de octubre. Durante el último mes, tal vez seis semanas.
—¿Él la llamó a usted para decirle que él y Lauren se estaban separando?
—Sí. Y para darme las gracias. —Intenta disimular el más mínimo gesto de satisfacción, frunciendo los labios.
—¿Darle las gracias por qué?
—Por sugerirle que consiguiera un acuerdo prenupcial. En su momento, no lo hice para darle un consejo de buena voluntad. Fue, más bien, un insulto. Pero uno bastante útil.
Jane espera más. Pero, otra vez, no llega. A Cassandra le gusta mantener cautivo a su público.
—¿Podría explayarse, señorita Barclay?
—Bueno, obviamente, yo estaba intentando dejarle claro que ella se casaba con él por su dinero, no por amor. Eso no evitó que Connie se casara con ella, pero, al parecer, fue lo suficientemente inteligente como para prestarme atención y protegerse con ese acuerdo prenupcial.
—¿De cuánto estamos hablando? —pregunta Jane—. El acuerdo prenupcial.
—Creo que era de un millón de dólares.
No es poca cosa, pero sí una pequeña parte del patrimonio neto de Conrad.
—¿Puedo preguntarle algo, sargento?
—Claro —dice Jane.
—¿Lauren estaba viéndose con otro hombre?
Jane intenta no mostrarse sorprendida.
—¿Por qué… me pregunta eso?
Cassandra deja escapar una pequeña risa.
—Bueno, porque alguien debió de haberla matado. Y porque estamos hablando de Lauren Lemoyne.
—Se refiere a que esperaría eso de ella, que lo engañara.
Intenta sonreír, pero tiene la mandíbula demasiado tensa como para lograrlo.
—Apostaría mi casa, sargento. ¿Lauren? Lauren siempre buscaba al número uno. Se veía desde kilómetros de distancia. Si Conrad no se hubiera dejado engañar por su belleza, también lo habría notado.
—Todavía estamos reuniendo información, señorita Barclay. ¿Tiene alguna evidencia de que Lauren se estuviera viendo con otro hombre?
—No tengo ni la más remota idea sobre la vida de Lauren. Conrad jamás me habría hablado de ella y tampoco era algo que yo quisiera escuchar. Lo pregunté solo porque sé la clase de persona que es.
Interesante. Pero ¿es solo la opinión de una exesposa resentida? ¿O Cassandra tiene razón sobre Lauren?
—No tengo dudas de que Lauren ya estaría pasando al siguiente hombre —dice Cassandra—. Y un hombre con dinero, por supuesto. Un millón de dólares no iba a ser suficiente para ella. Recuerde mis palabras: Lauren Lemoyne estaba buscando a su próximo sugar daddy .