Capítulo 29
Simon
Salgo de la facultad a las siete y cuarto para hacer mi ruta de dieciséis kilómetros hasta Wicker Park (al callejón junto a Viva Mediterránea), ida y vuelta.
Llego con tiempo de sobra, bastante antes de las ocho, la hora fijada para mandarnos mensajes.
No me acerco ni por asomo a los tiempos que marcaba cuando era más joven, pero todavía puedo correr un kilómetro y medio dormido.
Mientras estiro las piernas, oigo a la gente pasar el rato en el patio de Viva. Miro a las parejas en los apartamentos al otro lado del callejón, cocinando en sus porches traseros o simplemente tomando algo.
Nunca viví por esta zona ni en un barrio como este.
Nunca viví en la ciudad. Nunca salí de Grace Park.
Mi padre se fue poco después de la muerte de mi madre, cuando le dejé claro que ya no tenía un padre.
Se mudó a San Luis y empezó a trabajar en un bufete que se dedicaba a litigios por exposición al amianto: demandaba a cualquier empresa que tuviera algún producto que incluyera el más mínimo rastro de amianto y representaba a personas que supuestamente habían estado expuestas a ese amianto y luego desarrollaron un mesotelioma.
El condado de Madison en Illinois era un imán para esos casos de “meso” y volvió ricos a muchos abogados.
Así que mi padre finalmente tuvo su gran éxito y consiguió la validación que tanto deseaba.
Y yo me quedé en la casa de Grace Park y viajaba al centro para ir a la universidad.
Supongo que no estaba dispuesto a abandonar la casa, esa conexión con mi madre.
Nunca hice lo que la mayoría de los universitarios o estudiantes de Derecho hacían, mucho menos los estudiantes de posgrado, que era mudarse a la ciudad.
A un barrio como este, a uno de estos apartamentos.
En cambio, me quedé viviendo en una zona residencial, en una casa grande, toda para mí.
Sin contar esos dieciocho meses en Nuevos Horizontes. El loquero, si quieres ser políticamente incorrecto; “una institución para personas con problemas de salud mental”, si quieres sonar correcto frente a gente educada.
Me ayudó. La doctora McMorrow fue una gran terapeuta, de esas que escuchan más de lo que hablan.
Yo estaba hecho un desastre después de la muerte de mi madre e intenté seguir con mi segundo año de carrera, pero me di cuenta de que no podía y me interné por voluntad propia.
La doctora McMorrow cuestionó la culpa que sentía y me ayudó a ver todo eso que ahora predico en Supervivientes del Suicidio, aquello sobre que no podemos controlar todo ni a todos y que tenemos que aceptarlo.
Pero lo que de verdad me hizo cambiar fueron esas palabras tan simples y obvias: “Tu madre no querría que te sientas así. Querría que fueras a la universidad y tuvieras una buena vida. Entonces, ¿qué rayos estás esperando?”.
Ese fue el momento en que me di cuenta de que era hora de volver a la universidad. Y licenciarme como abogado. Anne tenía razón. Logré salir adelante.
No sanar. Pero sí salir adelante.
Salir adelante, pero recordar.
A las ocho, pongo la tarjeta SIM en mi teléfono verde y lo enciendo. Envío esto:
¿Cómo te preparas para el golf de mañana?
Es una especie de broma interna, como si fingiéramos hablar en código, aunque cuando alguien lea todos los mensajes, obviamente descifrará la farsa. Responde al instante:
Ansiosa.
Sí, bien. Vuelve a escribir rápido otra vez:
Ansiosa por hablar contigo.
Eso puede significar muchas cosas. Es deliberadamente imprecisa.
¿Todo bien?
Responde:
Pensando mucho en nosotros. Mejor hablarlo en persona.
Respondo enseguida:
¿Algo bueno o malo? ¿Debería preocuparme?