Capítulo 27
Sabías que algo andaba mal esta noche. Intenté ocultarlo. Te saludé como siempre, envolviéndote entre mis brazos, besándote de esa manera en que nos besamos, levantándote del suelo.
Pero después te diste cuenta. Me apartaste. Y yo hice esta promesa, Lauren, como ya dije antes en estas páginas: no te mentiría, no me escondería de ti. Entonces, te lo conté.
—Mi padre ha engañado a mi madre —te dije—. Eso la destruyó.
Te sorprendió. Conociste a mi padre durante una temporada, cuando era tu jefe, no tu supervisor directo, pero sí el jefe de todos, el nombre en la puerta, y probablemente creíste que era un tipo bastante agradable.
O tal vez no. Tal vez pensaste que era un cretino. Como sea, no lo conocías de verdad.
Y, al parecer, yo tampoco. Creí que sí. No estaba tan unido a él como a mi madre.
Pero pensé que lo conocía. Cuando ya era demasiado tarde, me di cuenta de lo inseguro que era, porque estaba en la misma profesión, en líneas generales, que mi madre, pero ella era más inteligente, más capaz, más exitosa.
Ella enseñaba derecho constitucional en una de las facultades más prestigiosas del país, la Universidad de Chicago. Y mi padre era un abogado que se las arreglaba con casos de caídas y de conducción bajo los efectos del alcohol, lo que fuera que encontrara.
Lo que él nunca entendió era que a mi madre no le importaba eso. Ella no medía a las personas de esa manera. Pero mi padre sí. Quizá por ser hombre.
Y, entonces, mi padre se llevó el premio gordo.
Cuando un chaval con el que se había criado en Edison Park estaba trabajando en una obra en construcción y el brazo de una máquina tocó un cable de alta tensión y él recibió una descarga eléctrica que lo dejó desfigurado y gravemente herido, mi padre tomó el caso.
Un acuerdo de treinta millones de dólares, un tercio para el Bufete de abogados de Theodore Dobias, lo que significaba que casi diez millones irían directos al bolsillo de mi padre.
Creyó que eso lo validaría, que lo haría sentir como si ahora estuviera en las grandes ligas, igual o casi igual que mi madre.
Pero, al parecer, necesitaba más. Ahora era el tipo exitoso, el abogado de peso que usaba trajes costosos, que cenaba en restaurantes lujosos, que conducía un Porsche… y que también necesitaba tener a una chica joven a su lado.
Me enfrenté a él más de una vez, pero nunca se detuvo.
Estaba enamorado, decía. Y había cosas que un joven como yo quizá no podía entender, lo que era un eufemismo para decir que todavía quería tener sexo y que era difícil con una mujer en silla de ruedas.
Sí, tenía dieciocho, no ocho. Sabía a qué se refería.
Pero también había cosas que un chico como yo sí podía entender, como comprometerte a amar a alguien para siempre, incluso después de que la otra persona haya tenido un accidente cerebrovascular; EN ESPECIAL cuando la otra persona había atravesado algo tan devastador como un accidente cerebrovascular.
Mi padre derrochó todo el dinero en ese nuevo y ostentoso estilo de vida, haciendo inversiones ridículamente malas, gastando sin moderación en su amante. Y así el dinero desapareció.
Mi madre estaba en casa, necesitaba de muchos cuidados, y mi padre se había quedado sin dinero para pagar una cuidadora.
Cuando el dinero se esfumó, mi madre descubrió la verdad. Mi padre se lo confesó. No era la misma después de su accidente cerebrovascular, pero todavía quedaba suficiente de ella como para que yo pudiera ver cuánto la destrozó enterarse de que su esposo la había abandonado.
Y nunca lo sabré con certeza, porque mi madre era demasiado orgullosa como para admitirlo, pero creo que sabía que yo lo sabía y que nunca se lo dije. No puedo siquiera imaginar la humillación que debió de haber sentido, la total desolación.
Mi madre se mató porque ya no tenía nada de lo que creía tener. Estaba casada con un hombre al que ya no reconocía, alguien que la había engañado.
Y ahora… ¿qué estoy haciendo yo?
Estoy engañando a mi esposa.
Me he convertido en el hombre que odio.