Capítulo 26
Simon
—Mi nombre es Simon Dobias —digo a la sala. Trece personas. Dos nuevas (un hombre con el cabello que le asoma por debajo de una gorra de béisbol y una mujer de mediana edad vestida de negro) y las once de siempre; todas sentadas en sillas plegables baratas en el sótano oscuro de la iglesia.
”Para quienes vienen por primera vez, y para quienes no, bienvenidos a Supervivientes del Suicidio.
Lo primero que quiero decirles es que aquí no hay reglas.
Pueden venir e irse cuando quieran, por supuesto.
Nadie les va a hacer sentir culpables si dejan de venir y luego regresan.
Nadie va a asignarles un padrino que los hostigue para que hagan cosas.
No tenemos doce pasos ni ningún paso. Nadie va a obligarlos a hablar.
Si solo han venido a escuchar, entonces, solo escuchen.
Y si alguna vez quieren llamarme, tienen mi número en la pizarra.
”Ya sé que está de moda eso de hablar de espacios seguros. Pienso mucho en toda esa mierda, para ser honesto, pero este de verdad es un espacio seguro. Solo queremos ayudarles. Creo que podemos hacerlo. Todos atravesamos situaciones similares.
Me aclaro la garganta y respiro hondo.
—Mi madre se suicidó hace dieciocho años —cuento—.
Dijeron que fue una sobredosis accidental.
Pienso que mi padre de verdad se lo creyó.
Y les aseguro que ojalá yo también lo hubiera creído.
De verdad. Porque un accidente…, bueno, es una tragedia, es horrible, pero no te echas la culpa a ti mismo.
Un accidente es solo una de esas cosas aleatorias que ocurren.
Pero no soy tonto. Su sobredosis no fue un accidente.
”Mi madre era una profesora de Derecho brillante y también corría maratones.
Amaba la vida. Amaba todo de la vida. Cantaba fatal, pero eso nunca le impidió hacerlo a todo volumen.
Tenía un chiste tonto o algún juego de palabras para cada situación.
También se reía como una hiena y era una risa muy contagiosa.
Y era la persona más inteligente que conocí.
”Pero luego tuvo un accidente cerebrovascular, uno bastante grave, y perdió mucho de lo que tenía.
No pudo volver a enseñar. No pudo volver a correr o siquiera caminar.
Quedó confinada a una silla de ruedas. Tomaba una cantidad enorme de medicamentos para toda clase de cosas, incluidos analgésicos.
Mi padre…, bueno, mi padre no era exactamente Florence Nightingale.
No era un cuidador. Contrató a alguien para que se encargara de mamá y yo también intenté ayudar, justo cuando estaba empezando a estudiar en la universidad.
”Luego nuestra situación financiera se fue a pique.
Teníamos algo de dinero, bueno, en realidad, bastante, pero mi padre tomó algunas malas decisiones y lo perdimos todo.
Terminamos arruinados. Él era abogado y se las arregló para conseguir algo, aunque no lo suficiente para pagarle a una cuidadora a tiempo completo.
Era demasiado caro. Así que tuvimos que despedirla.
”Mi padre dijo que lo único realista era internar a mamá en alguna institución o residencia. Pero yo no quería eso. Le dije que me quedaría en casa después de clase. Me tomaría un año o dos y la cuidaría hasta que encontráramos una solución.
Suspiro.
—Mi madre tuvo una sobredosis de analgésicos opioides.
Probablemente fue una mezcla de factores.
Perder la movilidad, perder la capacidad de hacer las cosas que amaba, la idea de no estar en nuestra casa con nosotros y, siendo honestos, es probable que el ictus le hubiera afectado un poco la capacidad cognitiva.
No sé con certeza qué la llevó al límite.
De hecho, sí lo sé. Pero voy a dejar esa parte fuera.
Los secretos, las mentiras. No le cuento esa parte a la gente.
No le cuento que mi padre le rompió el corazón.
Que la engañó. Que, en sus últimos días, mi madre sabía que su esposo ya no la quería.
Que no solo había perdido la movilidad del cuerpo y parte del funcionamiento de su cerebro, sino también el amor y la lealtad del hombre que había prometido dar la vida por ella en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separara.
No le digo que yo sabía que mi padre la engañaba, que lo descubrí, que no se lo conté a mi mamá porque sabía que eso la destrozaría, que fui cómplice de su traición, que podría haber hecho más para detenerlo, que, si lo hubiera hecho, quizá todo habría sido distinto.
No menciono esa parte porque, ejem, suena como un móvil para matar a mi padre. Y esa investigación en San Luis sigue sin resolverse. Los casos de asesinato no prescriben.
—No supe cómo manejar su muerte —digo—. Hice estupideces, me metí en problemas.
Pasé un tiempo internado. Tengo suerte de que no terminara peor.
Nada cambió hasta que dejé de ser violento y empecé a escuchar que podía volver a dejar la cabeza fuera del agua.
Hablé con toda clase de terapeutas, que me explicaron que abordamos el suicidio desde el prisma del control.
Creemos que podemos controlar otras cosas y a otras personas.
Entonces, cuando un ser querido se quita la vida, creemos que podríamos haberlo evitado, que teníamos el control, y lo echamos todo a perder.
Estamos tan poco dispuestos a soltar esa idea de que tenemos el control de las cosas y las personas que nos rodean que preferimos sentirnos culpables por el suicidio antes que aceptar que nunca tuvimos el control.
Este consejo, en mi experiencia trabajando con otros supervivientes, es impagable. Ayuda a la mayoría de las personas. A mí no, pero a la mayoría sí.
No, la persona que me salvó fue Vicky. Y yo la salvé a ella. Aquí fue donde nos conocimos, en Supervivientes del Suicidio. La pérdida de su hermana, Monica, había sido mucho más reciente que la mía, pero, cuando hablamos, a solas, nos ayudamos. Lo atravesamos juntos. Hicimos un pacto.
Un plan de ataque, como lo llamó Vicky: declararle la guerra a nuestro dolor.
***
Ocurrió una noche de jueves. El día siguiente sería mi último día en el bufete de mi padre ese verano, antes de empezar mi primer año en la Universidad de Chicago.
Había ahorrado algo de dinero que gané durante esos meses y le compré un regalo.
Era una tontera, solo un trofeo pequeño: una balanza dorada que simbolizaba la justicia, con las palabras “Bufete de abogados de Theodore Dobias” grabadas en la base de madera.
Esperé hasta el final para ir a buscarla. Él creyó que ya me había ido a casa, pero, en cambio, pasé por la joyería para retirarla, hice un poco de tiempo en el centro, mientras todos salían de trabajar, y luego subí a su oficina después de las siete.
Era raro que alguien estuviera en el estudio a esa hora.
Los abogados de lesiones personales no cobran por hora, a diferencia de los especializados en derecho penal, a quienes se les paga por hora facturada (es decir, el tiempo que les lleva terminar una tarea).
Los abogados como mi padre suelen ser más eficientes con sus escritos y no se quedan toda la noche despiertos, a menos que estén preparándose para un juicio.
Además, los juicios ya no son tan comunes, así que las probabilidades de que hubiera alguien en la oficina eran mínimas.
Usé mi tarjeta magnética y entré. Las luces de la recepción estaban apagadas y, por lo general, la última persona en irse las apagaba.
Pero, al cruzar la segunda puerta de vidrio, vi de inmediato que la luz de su oficina estaba encendida y se filtraba por debajo de la puerta cerrada.
Me detuve a pensar. Mi plan era dejar el regalo en su escritorio para que lo encontrara el viernes por la mañana, cuando llegáramos juntos al trabajo.
No iba a ser posible si él seguía allí, pero al menos podía escabullirme hasta mi cubículo, esconderlo y entregárselo al día siguiente.
Entonces, oí un sonido. Mi primera reacción fue pensar que le había pasado algo. Lo imaginé moviendo algo pesado. Quizá se había hecho daño al mover un mueble o algo por el estilo. O quizás incluso le estaba dando un ataque cardíaco.
A veces, en retrospectiva, me regaño por haber sido tan inocente. Pero bueno, tal vez era normal que un adolescente no saltara de inmediato a la peor conclusión posible respecto de su padre.
Me acerqué despacio a la puerta, cuidando mis pasos sobre la alfombra, mientras los quejidos y los gruñidos continuaban; luego se oyeron un golpe y la voz jadeante de una mujer.
No teníamos cerraduras en las puertas de las oficinas. Recuerdo a mi padre decir que era para transmitir un mensaje, alguna tontería sobre una filosofía de igualdad que mantenía las puertas abiertas para todos.
Desearía que la puerta hubiera estado cerrada. Desearía no haberla abierto.
Desearía no haberlo escuchado humillarse, disculparse e intentar justificar por qué estaba engañando a mi madre, quien seguramente, en ese mismo instante, recibía comida en la boca con una cuchara de parte de nuestra cuidadora interna, Edie.
Ese fue el momento. Después empeoró, cuando perdimos el dinero, y ya no pudimos seguir pagándole a Edie y tuvimos que internar a mamá en una residencia a los cuarenta y nueve años.
Pero allí, en el estudio jurídico, en el decimoséptimo piso del Chicago Title & Trust, con mi padre persiguiéndome por el pasillo mientras se subía los pantalones, intentando impedir que entrara en el ascensor, metiéndose la camisa dentro del pantalón, rogándome que lo escuchara, que entrara en razón y no fuera a casa a hacer algo de lo que todos nos arrepentiríamos…
ese fue el momento, para mí, en que todo cambió.
Desearía no haber dejado que mi padre me convenciera de no contarle nada a mamá.
Desearía no haber dejado que mi padre me convirtiera en un cómplice de su traición.
Porque no se detuvo. Ah, no, incluso después de que lo hubiera descubierto, siguió haciéndolo.
No me lo dijo, pero lo volví a atrapar. Meses más tarde, justo antes del Día de Acción de Gracias, cuando salí al jardín a tomar un poco de aire, encontré una botella de champán vacía y dos copas escondidas en un rincón del porche.
Dos copas, no una, aunque mi madre ya no podía beber alcohol. No solo la engañaba, sino que su amiguita se escabullía en casa por la noche, cuando mamá dormía y yo me quedaba trabajando hasta tarde en la facultad.
Una estúpida botella de champán, dos copas rojas de plástico baratas, de esas que compras en cualquier almacén.
Eso fue lo que me dejó claro que mi padre no era solo un hombre débil que había sucumbido ante un momento de tentación, sino que era un mentiroso.
Un traidor. Sus necesidades carnales valían más que su compromiso con mi madre, con nuestra familia.
No las tiré a la basura. Estuve a punto. Metí la botella y las copas en una bolsa, pero, en lugar de llevarla al cubo de basura, me la llevé a la habitación y la guardé en el armario. No quería olvidarlo. Quería verla todos los días para recordarme quién y qué era mi padre.
El día que encontré esa botella, el día que comprendí que mi padre nunca dejaría de engañar a mi madre, ese fue el día en que Ted Dobias murió.
La noche en que lo encontraron con un cuchillo clavado en el abdomen, flotando en la piscina, fue solo el momento en que dejó de respirar.