Caerás en mi trampa Capítulo 25
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Capítulo 25

Christian

Después de darle duro a Vicky en el sofá de mi oficina durante las últimas dos horas, llego a casa cerca de las ocho.

El sexo con una mujer casada es el mejor, porque tú eres como una válvula de presión, como su Discovery Channel, no como sus esposos viejos venidos a menos con los que follas por obligación o gratitud.

Hay que ver las cosas que logré que hicieran las mujeres casadas.

Hablando de sofás: Gavin ya está en el mío, con una cerveza en la mano, ocupado en su portátil.

—Joder —dice—. Llegas tarde. Espero que al menos hayas follado. —Levanta la vista cuando entro—. Ah, sí, has follado. ¿Quién es la psiquiátrica afortunada?

Hago un movimiento como si estuviera jugando al básquet.

—Lanza y… ¡anota! ¡La multitud no puede creerlo!

—¿En serio? ¿La Número 7? ¿La tetona de los veinte millones?

No usamos nombres. Nunca oyó el nombre de Vicky y nunca lo hará. Vicky, para Gavin, es solo “la Número 7”. Mi séptimo objetivo.

Ese anonimato, esa muralla china, es lo que mantiene nuestra amistad sin problemas.

No quiero saber lo que hace él con sus estafas financieras y él no quiere saber lo que yo hago con las mías.

Por más que confíe en él, mi amigo desde la infancia, si alguna vez lo atrapan con sus chanchullos, podría verse tentado a aligerar la condena entregándome.

Y él tiene el mismo miedo de mí, al revés.

No creo que lo haga ni creo que yo lo hiciera si los federales alguna vez me atraparan, pero evitar siquiera la posibilidad mantiene todo limpio y sin complicaciones.

No, en este apartamento, Vicky Lanier Dobias es solo “la Número 7”. Cuando Gavin montó el plan financiero, dejó en blanco el espacio para el nombre. Yo lo completé después y lo imprimí.

—Es mía, G. La pesqué como a una lubina negra.

Hace a un lado su portátil.

—Bueno, Nicky Pescador, bien por ti. —Hago una reverencia exagerada—. Cuéntame. Necesito detalles.

Cojo una botella de whisky escocés de la barra.

Volví a Chicago este verano, después de terminar mi último trabajo.

La Número 6 vivía en Lexington, Kentucky: una mujer de cincuenta y tres años que dejó a su esposo por mí y, tras el acuerdo de divorcio, recibió un millón de dólares que me dio para invertir.

Salí corriendo enseguida, claro, y mantuve un perfil bajo unos meses antes de regresar a Chicago, donde vive Gavin y cerca de donde crecimos.

—Un caballero nunca revela la vida privada de las personas —digo.

—Está bien, bueno, avísame si algún día aparece ese caballero. Mientras tanto, échame una mano. Follas veinte veces más que yo.

—O sea, ¿veinte a cero? —Sirvo un par de dedos de escocés, levanto el vaso para brindar y me lo bebo de un trago, seguido de un chasquido de satisfacción.

—Vamos, Nick.

Agito un dedo.

—No me llames así.

—Ah, lo siento. Christian. ¿Por qué cojones elegiste ese nombre para mantenerte de incógnito?

Me tomo otra copa. Prefiero las bebidas destiladas, no tienen carbohidratos.

—Porque nadie elegiría un nombre como Christian para estar de incógnito.

Habría preferido que Gavin no supiera mi alias.

Es el único fallo en mi plan de separar nuestra amistad de nuestra relación profesional.

Pero él se encarga de crearme la identidad falsa y todo lo que viene con ella: historial crediticio falso, experiencia laboral falsa, carnet de conducir falso y tarjetas de crédito falsas, diplomas y certificados falsos, incluso esos artículos inventados de Fortune y Newsweek .

No podría hacerlo sin saber que uso el nombre Christian Newsome.

Me desplomo en una silla.

—No es broma, G, esto es lo que necesitamos. Y eso que yo creía que la Número 5 había sido grande.

—¿La Número 5 era la de Milwaukee? Esa sí fue grande. Fueron un par de millones, ¿no?

—Sí. Una mina de oro en su momento. Pero ¿esta? ¿La Número 7? ¿Veinte millones de dólares? Si consigo esto, no vuelvo a trabajar en toda mi vida. Me retiro a los treinta y cuatro años y a la mierda con todo. Es como ganar la lotería.

—¿Le gustó la propuesta? ¿Lo del agua? ¿Lo de las acciones asiáticas?

—Todo. Es real, ¿no? Dijiste que era real.

—O sea…, básicamente, sí —dice—. La gente está especulando con el valor del agua ahora. Pero ¿un retorno de inversión como el que prometiste en cinco años? Olvídalo. Pero ¿qué sabe ella?

—No sé —respondo—. Ni me importa.

Menea la cabeza.

—¿Por qué siempre tienes tanta suerte? Yo me rompo el culo por cincuenta, quizá cien mil dólares por caso. Y tú estás robándole veinte millones a esta tipa sexy y encima te la puedes tirar.

—Me la estoy tirando para poder robarle.

Además, ella fue quien lo inició. ¿Qué quieres que haga?

Se desabrocha el vestido, lo deja caer en medio de mi oficina, queda completamente desnuda y ¿quieres que le diga que no estoy interesado?

Nos vamos a olvidar de ella en un abrir y cerrar de ojos. Nunca la voy a volver a ver.

—¿Se desabrochó el vestido? ¿En plena reunión? ¿Por qué mierda no me pasan esas cosas?

Porque tu dieta es la misma desde cuarto curso. Porque no haces quinientos abdominales al día ni pasas dos horas levantando pesas y haciendo escaladores. Porque eres un hijo de puta enorme y aterrador, incluso aunque eres mi mejor amigo.

—Pero la Número 7 es diferente —digo.

—¿Qué? ¿Ahora te preocupas por ella?

—Joder, no. Me refiero a que no necesito que se enamore de mí ni que deje a su esposo.

Por lo general, así es como funciona. Es el único patrón que se repite operación tras operación.

Necesito que se divorcien de sus esposos, que ni siquiera saben que existo, mucho menos que me estoy acostando con sus esposas.

Entonces, puedo controlar el dinero y desaparecer.

Es la estafa perfecta, porque ellas mantienen todo en secreto por razones obvias y suelen sentirse tan avergonzadas y humilladas que no quieren denunciar nada a la policía.

Las convenzo de que mantengan sus pretensiones de divorcio bajas para que sus esposos acepten una salida rápida: un pago único que no les molestaría soltar con tal de terminar el asunto de una vez con un descuento.

El descuento es lo único negativo, sí, pero me permite seguir siendo anónimo y decir adiós .

La manera en que lo hago varía y eso también es a propósito.

No puedo repetir la misma estafa una y otra vez o se terminaría convirtiendo en mi marca registrada.

Un par de veces elegí la del inversor pez gordo, como ahora con Vicky, pero la última vez fue hace varios años con la Número 4 en Santa Fe.

Puedo ser todo lo que sea necesario: instructor de aeróbic con la Número 3 en Naples, aspirante a actor y camarero con la Número 2 en Sacramento, estudiante de posgrado con la Número 6 en Lexington.

Encuentro a la mujer que quiero —o a veces, ella me encuentra—, hago que me quiera, se la robo a su esposo, pongo mis manos en el dinero.

—La Número 7 es diferente —digo—, porque no necesito que deje a su esposo. Lo tiene contra las cuerdas. Puede hacer lo que quiera con el dinero. Y estoy seguro de que planea hacer exactamente eso.

Gavin ahora lo entiende; se inclina hacia delante y me señala.

—Entonces, ¿no tienes la mitad o una fracción del acuerdo de divorcio? ¿Te quedas con todo?

—Me quedo con los veinte millones —respondo—. Veintiún millones, de hecho.

—Increíble. Eres un suertudo hijo de puta.

—Y tú vas a recibir tu diez por ciento, amigo. Tú también vas a estar bien.

Diez por ciento para Gavin porque no podría hacer nada de esta mierda sin las identidades que crea para mí y, en este caso, su conocimiento financiero.

—Pero el problema es que tengo que estar con un pie dentro y otro fuera —explico—. Tengo que mantenerme austero hasta noviembre, que es cuando ella recibe el dinero.

—Ah, la cláusula del fideicomiso, cierto.

—Gavin también revisó el fideicomiso por mí, aunque tapé el nombre de Simon para mantener el anonimato, y el de Vicky nunca apareció; solo “ESPOSA”—.

Si quiere seguir follándote, entonces, hazlo —agrega—.

Y si no, si solo fuiste algo de una vez y no quiere llevarlo más lejos, vas a tener que aceptarlo.

Pero no solo aceptarlo, vas a tener que asegurarte de que esté cómoda con todo esto.

Si empieza a sentirse culpable por engañar a su esposo y tú eres un recordatorio constante de esa culpa, puede que decida llevarse el dinero a otra parte.

Eso lo resume a la perfección. Entre ahora y el 3 de noviembre, tengo que manejar esto a la perfección. Tengo que mantener todo tal como ella quiere para que esté cómoda.

—Pero apuesto lo que quieras a que no siente ni una pizca de culpa —digo—.

Hizo exactamente lo que quería hacer. No parecía tener dudas.

No, la Número 7 pagó sus deudas durante los últimos diez años.

Ahora por fin va a recibir lo que le corresponde.

No va a dejar que algo tan insignificante como la culpa se interponga en su camino.