Caerás en mi trampa Capítulo 24
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Capítulo 24

Vicky

—Quizá tenías razón sobre lo del agua —digo—. Porque necesito un poco de agua ahora. —Desenredo mi cuerpo sudado del de Christian y me levanto del sofá.

—En la nevera, junto a la barra —indica—. Cielos, ¿dónde están mis modales? —Tiene esa mirada engreída y autocomplaciente que los hombres ponen cuando creen que han cambiado mi mundo.

Estuvo bien. No tan bien como él cree, pero bien. Sabe lo que hace. Es solo que nunca llegué al punto de encontrar intimidad en el sexo. El placer breve e intenso es lo máximo que puedo conseguir, en un buen día.

Saco una botella para cada uno y regreso al sofá.

Se incorpora y se queda sentado, lo que le da otra oportunidad de mostrar sus abdominales marcados.

Tiene un gran cuerpo, lo admito. El tipo debe pasar horas al día en el gimnasio.

Quienquiera que haya comparado el fisicoculturismo con la masturbación tenía un razón.

Christian bebe un trago de agua y suelta un suspiro de satisfacción.

—Bueno, señora Dobias, eso estuvo…

No digas maravilloso. Por favor, no.

—… divertido.

—Tienes mucha energía —digo.

—Solo para ti.

—Apuesto que les dices eso a todas las chicas. —Bebo un trago de agua y cojo mi teléfono. Faltan quince minutos para las siete. Estuvimos haciéndolo durante dos horas. Mañana me va a doler todo el cuerpo. Hace mucho que no practico. Hace meses que no tengo sexo.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —dice.

—Dispara.

—¿Alguna vez hiciste esto?

Me pongo la ropa interior y abrocho el sostén.

—¿De verdad quieres que responda eso?

—Sí.

—¿Seguro? ¿No preferirías quedarte en tu burbuja de fantasía masculina en la que tú eres el único capaz de desatar a la tigresa que tengo en mi interior?

—Guau —dice, y luego ríe.

Me inclino sobre él, cara a cara.

—No, Christian, nunca hice algo así. Fui una buena chica durante los últimos diez años.

Me pongo el vestido, un poco arrugado ahora. Mientras empieza a subirse los pantalones, dice: —Por cierto, nunca hemos hablado de cómo está redactado el fideicomiso.

—¿Qué le pasa?

—Nunca vi algo escrito de esa manera, pero lo que me contaste es bastante preciso. Es válido y ejecutable. Tienes que permanecer casada por diez años antes de poder tocar ese dinero.

—Ni me lo digas. ¿Y qué hay de lo que te pregunté?

—¿Si puedes gastarlo sin su aprobación una vez que lo tengas?

Me vuelvo hacia él y lo miro.

—Sí, eso.

Me mira sin expresión alguna por un momento y luego me guiña un ojo.

—Sí, puedes. Mi abogado se encargará de redactarlo para asentarlo por escrito y, si Simon lo firma, no tienes nada de qué preocuparte. Vas a poder gastar ese dinero como quieras. Es probable que estés bien igual, pero es mejor si él lo firma.

—Lo hará —aseguro—. Simon confía en mí.

Ambos nos quedamos en silencio ante la ironía.

—Me preocupo por él —agrego—. No quiero que salga perjudicado. No es mi intención.

—Claro que no. —Agita una mano—. Con el dinero que te voy a hacer ganar, pase lo que pase, él va a ser más rico de lo que jamás soñó.

Asiento, aparto la mirada y empiezo a recoger mis cosas.

—¿Qué pasa después? —pregunta.

—¿A qué te refieres? Haré que firme lo que sea que me des.

—No —dice—. Me refiero a… esto. Nosotros. —Me lo quedo mirando y agrega—: Lo que sea que decidas está bien. Sin presión.

—¿No suele ser la chica la que hace esa pregunta?

Ríe.

—Puede ser.

—Bueno, ahora la chica pregunta —digo—. Dímelo tú. ¿A dónde va esto?

—Yo… —Hace un gesto con la mano—. Ya te lo dije: me gustas.

Esta vez es mi turno de guiñarle un ojo.

—Yo te escribo —digo. Siempre déjalos con ganas de más.