Caerás en mi trampa Capítulo 23
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Capítulo 23

Vicky

Después del Día del Trabajo, vuelvo a la oficina de Christian, otra vez a las cuatro de la tarde.

Cuando termino de leer su propuesta, lo miro.

Todavía tiene esa barba un poco crecida y se ve igual de atractivo, el mismo estilo de traje caro y discreto, el cuello de la camisa abierto, y esa expresión engreída, como si supiera que hoy conseguirá otra victoria.

—¿Agua? —pregunto.

—Es el futuro —dice—. El agua es escasa. Y esa escasez se va a volver cada vez más real a medida que la población siga creciendo como lo viene haciendo. Menos de una décima parte del uno por ciento del agua del mundo puede usarse para alimentar y nutrir a siete u ocho mil millones de personas.

—Guau.

—Exacto —dice, señalándome con la punta del bolígrafo—. Entonces, ¿cómo nos adelantamos? Podríamos invertir en zonas donde el agua es abundante y transportarla, pero no es viable. Las barreras de entrada son demasiado altas.

—¿Las barreras…?

—Es difícil transportar agua. Necesitas acueductos, lo que trae numerosos problemas.

Son costosos, tienen mala fama, generan conflictos con la propiedad privada.

Alteran ecosistemas. Y piensa en esto: estás extrayendo agua de su fuente original.

El impacto para el medioambiente, la vida acuática, la vegetación, las costas… , podría ser catastrófico.

—Entonces, ¿qué haces?

—La manera de invertir en agua es a través de los alimentos.

Es la manera menos conflictiva y controvertida de redistribuirla.

No transportas el agua, produces alimentos en áreas donde el agua es abundante y los vendes en zonas más áridas.

¿Sabes cuánta agua se necesita para producir siquiera pequeñas cantidades de alimentos?

Poco más de siete mil quinientos litros para producir cuatrocientos gramos de carne vacuna.

Y vender alimentos es rentable, ¿no? Así que eso garantiza una redistribución sostenible, lo que significa que la industria no dejará de hacerlo.

—Entonces, compramos una granja.

—Exacto. Mira los retornos que conseguimos.

Les di a mis inversores un retorno de la inversión de más del trescientos por ciento.

Los próximos cinco años van a ser incluso mejores.

Tú me das veintiún millones de dólares y yo te doy cien millones en cinco años.

Te lo prometo, Vicky, te voy a llevar al viaje de tu vida.

Respiro hondo. El viaje de mi vida, sin duda.

Cuando tenía seis años, tuve que atar una cinta alrededor de mi zapato izquierdo porque la suela se había despegado por completo y no podía comprar otros.

Caminé cojeando todo ese año para evitar que se me saliera el zapato.

Cuando tenía dieciocho años y vivía sola, empecé a donar plasma una vez por semana para tener algo de dinero.

Cuando tenía veinte, me acosté con el dueño del apartamento donde vivía para pagar la renta.

Como no respondo, Christian agrega: —Si no te sientes cómoda con ese riesgo, dame diez millones y los convertiré en cincuenta.

Invertiremos los otros diez en acciones asiáticas.

Eso también va a dispararse hasta la luna, aunque no tanto como el agua.

Pero quizá diversificar te haga sentir más segura.

Para cuando tenía veinticuatro años, el sexo era la única manera que conocía de sobrevivir.

Era transaccional. Fui escort en Indianápolis.

Conocí a una mujer que me enseñó que la mejor manera de sobrevivir como prostituta era tener a algunos policías entre mis clientes.

Ellos se asegurarían de que nunca me arrestaran, me defenderían si alguien intentaba pasarse de listo.

La mayoría de mis clientes eran hombres casados con dinero que buscaban algo de emoción en sus vidas.

Y policías. Y cuando no era una transacción directa, era indirecta.

Aprendí a hacer que los hombres hicieran cosas por mí.

Cenas caras que terminaban en mi habitación o en la suya, pero que para mí significaban dos días de sobras en la nevera.

Las cifras de las que habla Christian son tan reales para mí como viajar a Marte.

—O no hacemos nada de eso —agrega.

Salgo de mis pensamientos y vuelvo a enfocarme en él.

—Escucha, Vicky, esto no es para todos —dice—.

Mis inversores adoran el lado positivo de mis inversiones y no les preocupan demasiado los riesgos.

Pueden arriesgar veinte millones en el mercado porque tienen muchísimo más.

Tú no. Lo entiendo. Y sí, veinte millones es mucho dinero.

Podrías ser más conservadora, invertir en bonos de bajo riesgo o algún fondo indexado, vivir en gran parte de los intereses y gastar el capital poco a poco.

Vivirías cómoda. Muy muy cómoda toda la vida.

Si eso es lo que quieres, entonces, deberías hacerlo.

Yo puedo encargarme de organizarlo todo por ti.

O puedes usar a cualquiera de los otros tipos con los que te reuniste.

Sin remordimientos. No quiero presionarte.

Levanto la vista de la propuesta.

—¿Diseñarías una cartera de bajo riesgo para mí?

—Si es lo que prefieres.

—Pero tú no haces eso. Quiero decir, todo lo que leí sobre ti… No es a lo que te dedicas.

—No, es verdad. De hecho, nunca lo he hecho.

—Pero lo harías por mí.

—Sí, claro —dice encogiéndose los hombros.

—¿Por qué? —pregunto.

—Bueno…, me gustas —responde—. Me gusta tu estilo.

Exactamente lo que creí.

Asiento despacio y veo que él mantiene el contacto visual. Finalmente, aparto la mirada hacia el sofá de cuero en un rincón. Luego vuelvo a mirarlo. Todavía me mira con intensidad.

—¿Tienes otra cita hoy?

Hace una breve pausa.

—No —responde.

—¿Y la recepcionista? ¿Cuándo se va?

Mira hacia la puerta, más confiado ahora que entiende perfectamente lo que insinúo.

—A las cinco.

—Podrías darle un descanso hoy, hacer que se vaya antes —sugiero.

Ahora está seguro y sabe cómo manejarlo.

—Podría hacerlo.

Sonrío de un modo travieso.

—Entonces, hazlo.

Pulsa un botón en su teléfono.

—Emily, no tengo nada más hoy. ¿Por qué no te tomas el resto del día?

Me pongo de pie y desabrocho mi vestido, tomándome mi tiempo con cada botón, sin dejar de observar cómo me mira. Mi vestido cae al suelo. Me quito los tacones y me inclino sobre el escritorio.

—Creo que voy a ir por la primera opción, señor Newsome —digo—. Lléveme en el viaje de mi vida.