Capítulo 19
Vicky
Regreso cuando termina mi turno diurno en el centro de acogida (fue día de compras, terapia de grupo, intentar reparar el aire acondicionado del dormitorio de arriba), a eso de las seis de la tarde.
Entro en el callejón de detrás de casa y aparco en el garaje.
Cruzo el jardín trasero, a resguardo de la cerca de arbustos que brinda privacidad, y cuando entro por la puerta de atrás oigo el sonido del ding dong de la alarma y la seductora voz electrónica femenina que dice “Puerta trasera”.
No oigo a Simon. No está abajo en la sala ni arriba.
—¿Hola? —digo. Dejo mi bolso a un lado y me acerco a la escalera—. ¿Simon?
Nada. No se está duchando. Oiría el agua.
—¡Simon Peter Dobias!
Quizá no esté en casa. Había dicho que estaría. Tal vez decidió salir a correr. Ese tipo y su ejercicio. Subo por la escalera.
—Hola-a —digo canturreando.
Oigo algo. Algo arriba. Voy al descansillo y veo que la escalera del techo está bajada. Está en la terraza.
Subo, abro la puerta y salgo a la terraza de madera. Simon está sentado en una de las sillas plegables que trajo aquí arriba, con una botella de Jack Daniel’s en la mano.
—Hola —digo.
Se gira y me saluda con una mano.
—No te oí llegar —dice, arrastrando las palabras.
—¿Estás bien?
Me siento en la otra silla plegable y lo observo. Sí, tiene los ojos vidriosos. Está borracho, vale.
Le quito la botella de la mano.
—¿Qué ha pasado?
—¿Qué ha pasado? —Se levanta de la silla y abre los brazos, como si se dirigiera a un público imaginario—. ¿Qué ha pasado? Lo que ha pasado es que él lo sabe, eso es exactamente lo que ha pasado.
—¿Quién sabe qué?
—El vicedelano, como tú lo llamas. —Levanta la barbilla y asiente—. Pensándolo bien, creo que yo también lo voy a llamar así.
—¿Sabe qué, Simon? ¿Qué sabe el vicedecano?
—Lo sabe . —Se da la vuelta y se tropieza. No está cerca del borde del tejado, pero empieza a ponerme nerviosa.
—Simon…
—Hace doce años, ¡creo que fue hace doce años! —grita, como si fuera un presentador de circo, girando hacia sus supuestos espectadores.
Doce años… Ay, no. Ay, mierda.
—¡El año 2010! Mmm… algo sobre un jurado de acusación y el asesinato de un eminente…
—¡Oye! —Lo sujeto por los brazos y apoyo la frente contra la suya—. Baja la voz. Alguien podría oírte.
—No me importa…
—Sí, por supuesto que te importa —digo entre dientes, manteniéndolo firme mientras intenta soltarse—. Deja de comportarte como un idiota y háblame. Déjame ayudarte.
***
—Estoy jodido —dice Simon, desplomado sobre la barandilla de madera, con la cabeza entre las manos—. El vicedecano puede hacer lo que quiera conmigo.
Le acaricio la espalda.
—No estás jodido. Vamos a resolverlo.
—No hay nada que resolver. Me tiene contra las cuerdas.
—¿Qué es lo que tiene? La sentencia no te menciona…
—Ay, vamos, Vick. —Simon se gira hacia mí, pálido, sobresaltado—.
Pero tranquilamente podría haberlo hecho.
A cualquiera que razone un poco le llevaría cinco segundos darse cuenta de que el tribunal de apelaciones hablaba de mí en ese dictamen.
“Un familiar masculino”, escribieron. En otro lugar dijeron que ese “familiar” tenía veinticuatro años.
¿Cuántos familiares tenía mi padre, además de un hombre de veinticuatro años, en mayo de 2010?
Mi madre estaba muerta, soy hijo único y mi padre también.
No tenía esposa ni otros hijos, ni hermanos, ni hermanas, ni sobrinos, ni sobrinas…
—Está bien, está bien. —Lo cojo de la mano—. Lo entiendo. Si alguien leyó el dictamen y conocía el contexto, sabría que eras tú.
—Además, me lo preguntarían —dice—. Si esto llega a la facultad y al consejo de departamento, me van a pedir que confirme que el sujeto del dictamen era yo. Tendría que decir que sí.
—No tendrías que decir que sí.
Me lanza una mirada fulminante.
—Aunque estuviera dispuesto a mentir, que no es el caso, nadie me creería. Sería un mentiroso, por si no fuera suficiente con ser un sospechoso de asesinato.
—Ah, basta de toda esa mierda de “sospechoso de asesinato” —digo—. Murió hace doce años, Simon. No veo a nadie esposándote.
—No, ¿y sabes por qué? Lee el dictamen. La única razón por la que no me condenaron fue por un tecnicismo; eso es lo que todos van a pensar.
—Estás exagerándolo todo. ¿De verdad crees que muchos profesores de Derecho, justamente, no entenderían la importancia del secreto profesional entre una terapeuta y su paciente?
—Sí, por supuesto. Probablemente también estén de acuerdo con la sentencia. Pero eso no significa que no haya asesinado a mi padre.
No tengo respuesta para eso. Tiene toda la razón.
Intento levantarle el ánimo, pero tiene razón.
Ese dictamen ha estado acechándolo desde las sombras durante los últimos doce años.
Menciona una citación a declarar emitida por un jurado de acusación que investigaba el asesinato de Theodore Dobias en su casa de San Luis, Missouri, donde se mudó tras la muerte de Glory y después de que Simon rompiera toda relación con él.
No lo menciona a él explícitamente, pero describe a un joven de veinticuatro años miembro de la familia de Ted; y Simon tiene razón, él es el único que encaja.
Luego el fiscal del distrito del condado de San Luis se interesó por una llamada que Simon hizo a su terapeuta la mañana siguiente a la noche en que encontraron a Ted muerto en su piscina, apuñalado.
El jurado de acusación citó a su terapeuta para que declarara, pero se negó a responder amparándose en el secreto profesional.
Simon contrató un abogado para llevar el caso al tribunal de apelaciones, que falló a su favor.
Nadie pudo preguntarle a la terapeuta qué fue lo que le dijo esa mañana.
Es probable que la policía aún crea que Simon mató a su padre, pero, en algún punto, debieron de aceptar que no podían probarlo. Y Simon tiene razón. Parecerá que nunca lo condenaron solo por un tecnicismo legal. Si el consejo de departamento se entera, está acabado.
Simon empieza a caminar por el centro de la enorme terraza, con las manos en la cintura, mirando a su alrededor.
—Mi madre y mi padre solían bailar aquí —dice—. ¿Alguna vez te lo he contado?
Levanto la vista hacia él.
—No.
—Ah, sí. Venían aquí con una botella de vino y un pequeño estéreo portátil, ponían música y bailaban.
A veces, mi madre cantaba. Era una pésima cantante, pero no le importaba.
—Señala las sillas—. A veces también hacíamos un picnic aquí arriba y yo me sentaba en esa silla con mi zumo y mi sándwich, mientras ellos bailaban. Deberías haber…
Baja la cabeza. Se frota el cuello.
—Deberías haber visto cómo ella miraba a mi padre. Recuerdo pensar lo grandioso que debía de ser que alguien te mirara así.
Le toco el brazo.
—Lo siento —dice—. Creo… creo que bebí demasiado.
Lo rodeo con los brazos y apoyo la cara contra su pecho.
—Baila conmigo —susurro.
Nos mecemos de un lado a otro. No sé cantar, no mejor que su madre, así que solo nos dejamos llevar por los sonidos que provienen de abajo: niños jugando y gritando, música de los coches que pasan por la calle, algunas aves cantando cerca.
Me presiona con fuerza contra su cuerpo. Puedo sentir los latidos de su corazón.
Merece alguien que lo mire como su madre miraba a su padre. Merece más de lo que yo puedo darle.
—No sé qué veía, por qué lo admiraba tanto —dice—.
Cuando eres niño, no te das cuenta de esas cosas; solo son tus padres.
Pero viéndolo en retrospectiva, ya sabes, ella era veinte veces mejor que él en todos los sentidos, pero, cielos, estaba obsesionada con él.
Era todo para ella. Y luego, cuando él… cuando él…
—Lo sé —susurro—. Lo sé.
—La rompió. ¿Sabes? Simplemente…, la rompió.
Y también rompió a Simon, como ahora, mientras contiene las lágrimas.
Le acaricio la espalda.
—Todo va a estar bien —digo—. Todo va a salir bien.
—Ojalá tuviera tanta confianza.
—Déjame ayudarte con esto —digo—. Déjame ayudarte con el vicedecano.
***
—No —dice Simon, alejándose de mí y moviendo un dedo frente a mi cara—. No. Gracias, pero no.
—¿Por qué no? Tú lo dijiste. El vicedecano te tiene contra las cuerdas. Si dejas que hurgue en tu pasado, sabrá que siempre te tendrá en sus manos. Nunca saldrás de su control.
—No me importa. Yo… buscaré otra facultad o lo que sea.
—Pero vas a estar obsesionado con esto por el resto de tu vida, Simon. Te conozco. Vas a estar obsesionado con el vicedelano y Reid Southern como te obsesionaste con ese idiota del bachillerato, Mitchell Kitchens.
Levanta la botella de Jack Daniel’s y le da otro trago, mientras el viento le agita el cabello.
—No estoy obsesionado con él.
—¡Ja!
Me mira y abre la boca para responder, pero lo piensa dos veces y no lo hace. Simon suele bromear con que tiene alzhéimer irlandés, lo que significa que olvida todo, salvo los rencores.
—Esto es diferente —dice—. Es mi carrera. Es lo que elegí hacer con mi vida. No quiero que esto quede…, no sé…, manchado, supongo. No quiero conseguir este cargo porque me vengué del vicedecano y lo chantajeé o algo así.
—No vas a conseguir el cargo a menos que la facultad lo decida, a menos que lo ganes por mérito propio —digo—. Lo único que estás haciendo es asegurarte de que el decano no te sabotee.
Menea la cabeza lentamente, durante un buen rato.
—No, Vicky. No voy a hacerlo.
***
Simon se va a la cama borracho y deprimido, y más tarde de lo habitual, considerando lo temprano que se levanta por la mañana. Lo acuesto y bajo a la oficina.
Le dije a Christian Newsome que le mostraría cómo está redactado el fideicomiso que restringe el uso que Simon puede darle a su dinero, cómo impide que su esposa tenga acceso a esos fondos hasta que hayan transcurrido diez años de matrimonio.
Abro el PDF de la enmienda al fideicomiso de Theodore Dobias que le otorgó a Simon su dinero, aunque con ciertas condiciones.
Leo con atención esa pequeña sorpresa que Ted le dejó a Simon tras su muerte: (a) Ante la eventualidad de que SIMON contrajera matrimonio con una persona física (“ESPOSA”), los bienes comprendidos en el presente fideicomiso no podrán ser utilizados, asignados o dispuestos, de manera directa o indirecta, en beneficio de la ESPOSA por un plazo de diez (10) años contados desde la fecha en que SIMON hubiere celebrado dicho matrimonio con la ESPOSA.
Esta restricción abarca, a mero título enunciativo, las siguientes situaciones: (1) la realización de gastos que redunden en un beneficio conjunto para SIMON y la ESPOSA, incluidos, a mero título enunciativo…
Qué maldito bastardo…, hacerle eso a Simon en contra de sus deseos. Dale el dinero o no se lo des. Pero ¿hacer lo que hizo? ¿Atarlo de pies y manos, pisotear su matrimonio antes de que siquiera empiece? Hablemos de un padre castrador.
Y, por supuesto, también está esto: En caso de que SIMON y la ESPOSA permanezcan casados durante un período ininterrumpido de diez (10) años y ninguna de las partes haya iniciado un procedimiento de nulidad matrimonial dentro de dicho plazo, la restricción establecida respecto de la libre disposición de los bienes, conforme lo previsto en el párrafo (a) precedente, quedará automáticamente sin efecto.
Si sigues casada con Simon durante diez años como una chica buena, “esposa”, y si ninguno de los dos solicita el divorcio dentro de esos diez años, “esposa”, puedes poner tus manos sucias y codiciosas en el dinero. Porque para entonces te lo habrás ganado, “esposa”.
¿Por qué eres tan cínico, Teddy? No todas las mujeres se casan por dinero.
Solo algunas.
***
En un rincón de la habitación, la impresora empieza a escupir las páginas del fideicomiso. Me suena el teléfono, una llamada por FaceTime de las M no tener a tu madre cerca y vivir todo eso hace que sea el doble de emocional.
—¡Genial! Entonces, escucha, ¿has hablado con tu padre?
—¡No! —grita.
—Bueno, cariño, no puedes ocultarle esto a tu padre. Él también sabía que iba a pasar.
Sí, su padre, mi excuñado, Adam, sabe que las chicas adolescentes menstrúan. Y sin su esposa, sin una mujer en la casa, estuvo aterrado por este momento. Los hombres no saben nada de anatomía femenina.
—¿Cuándo…? ¿Cuándo vas a venir? —Logra formular la pregunta.
—Iré este fin de semana, cariño, ¿vale? Iré el viernes por la noche y me quedaré todo el fin de semana.
—Está bien —dice, con tono de queja—, pero ¿cuándo vas a venir para quedarte?
Ah, eso.
—Noviembre —respondo—. Recuerda, ya te dije…
—¡Pero faltan más de dos meses para noviembre!
Respiro hondo. Faltan más de dos meses para noviembre, sí, pero siento que está pasando rápido.
—Mariah, cariño, voy a estar aquí siempre que necesites llamarme entre ahora y noviembre. Iré a verte este fin de semana y pasaremos todo ese tiempo juntas. Tomaremos batidos en ese lugar que te gusta.
—Barton’s.
—Barton’s. Vamos a pasarlo bien. En serio —aseguro—. Noviembre va a llegar antes de que te des cuenta.
***
Cuando termino de hablar con Mariah, salgo al pasillo para ver a Simon. Está dormido, sumido en sus sueños de borracho sobre jurados de acusación y vicedecanos de facultades de Derecho.
Me voy a ir en noviembre, sin duda. Es lo mejor para todos, para Simon y para mí, para los dos. Y para esas chicas que me necesitan cerca. Pero no puedo dejar a Simon así. No con su futuro en la facultad pendiendo de un hilo.
Porque así es como están precisamente las cosas. Si Simon deja que el decano use su pasado en su contra, es lo mismo que hacer las maletas ahora y marcharse. Y eso lo mataría. Podría enseñar en cualquier otro lugar, sí, pero adora Chicago y adora su facultad.
Siempre tendrá la misma expresión de esta noche. Esa expresión de derrota y resignación.
No. No voy a dejar que eso suceda. Me he cansado de pedirle permiso.
El vicedecano es mío.
Levanto el teléfono y marco el número de Rambo.
—¡Señorita Vicky! —exclama a través del manos libres—. ¿No tendrías que estar durmiendo?
—Necesito tus servicios otra vez —explico—. ¿Cuándo podemos vernos?