Capítulo 20
Simon
No estoy “obsesionado” con Mitchell Kitchens.
Solo pienso en él de vez en cuando. Sí, estaba ese apodo, “Mini-Yo”, por supuesto.
Elegía siempre los momentos más incómodos para usarlo: cuando bajaba del autobús cada mañana, frente a todos; en los pasillos llenos de estudiantes; a veces, incluso, cuando me encontraba entre la multitud en las asambleas escolares.
Una vez me lo dijo delante de mi madre, un día que fue a buscarme a la oficina del director porque estaba enfermo.
Pasamos por el gimnasio justo cuando Mitchell estaba entrenando con otros luchadores.
(El profesor de gimnasia era también el entrenador de lucha, los luchadores aprovechaban esa hora para practicar además de su entrenamiento después de las clases).
Mi madre y yo estábamos cruzando el gimnasio cuando Mitchell empezó a gritar: “¡Es Mini-Yo! ¡Hola, Mini-Yo!”.
No respondí, aunque sabía lo que significaba: solo gritaría más fuerte hasta que lo mirara, hasta que me dejara completamente humillado.
Pensé que, con mi madre presente, dejaría de gritarme. Pero no lo hizo.
Ella se frenó en seco y se giró hacia él.
No dijo nada. Ni siquiera vi su expresión, pero podía imaginarla.
Conociéndola, con su gran intelecto y habilidades retóricas, sin duda tenía una docena de respuestas listas para dejar a un neandertal como Mitchell sin palabras. Pero solo lo miró y seguimos caminando.
Nunca mencionó el episodio. Debió de saber lo humillante que había sido y quizá decidió dejar que yo lo procesara por mi cuenta. Pero nunca lo hice.
Ojalá todo hubiera terminado en el apodo. Ya era bastante molesto. Pero no terminó ahí.
No tengo recuerdos agradables, así que es una buena señal que no esté obsesionado con él.
***
Anshu acaba de llegar a su oficina, al fondo del pasillo, y está metiendo la llave en la cerradura justo cuando salgo rumbo a mi clase de las ocho.
—Profesor Bindra —saludo—. Llegas temprano.
—Reuniones, reuniones y más reuniones —responde—. Las ventajas de ser titular. Oye, ¡deberías postularte para la titularidad! ¡Aún estás a tiempo!
—No empieces.
Anshu no conoce la historia completa. Sabe que el vicedecano me pidió que me hiciera a un lado para que Reid Southern se postulara sin competencia.
No sabe nada de mi segunda reunión con él ni de las amenazas veladas.
Y nunca lo sabrá. Eso es lo mejor de lo que hizo el vicedecano: sabe que no puedo exponerlo sin contar el resto de la historia.
Tengo suerte de que aquella historia no fuera tan conocida en Chicago.
Fue la ubicación lo que evitó que llegara a los medios de la ciudad.
Cuando asesinaron a mi padre, él ya no ejercía como abogado allí desde hacía años; trabajaba en el condado de Madison, en el sur del estado, donde los litigios por amianto hicieron ricos a muchos abogados y muchas empresas se fueron a la quiebra, y vivía al otro lado de la frontera en San Luis.
Así que el asesinato, la investigación y el juicio sucedieron en un estado distinto.
Cuando la policía registró mi casa, estaba seguro de que todo saldría en los periódicos.
Pero no ocurrió. Lo que me salvó, curiosamente, fue la repavimentación de mi calle, así que los dos coches de policía y la camioneta del equipo forense tuvieron que aparcar en el callejón detrás de mi casa, y no en el frente.
Quitando a mis vecinos de atrás, los Dearborn, que no estaban en ese momento, nadie vio a los policías entrar y salir por la puerta trasera de mi casa.
La policía de Grace Park colaboró en el registro, pero no filtró nada a la prensa.
Algunos vecinos quizá se preguntaron qué ocurría con la policía que iba a pie, pero, si lo hicieron, nunca me lo comentaron.
Además, casi nunca estaba en casa, ya que iba y venía todos los días a la facultad.
Esperé durante mucho tiempo que apareciera algún titular.
Policía registra la casa del hijo de un abogado asesinado.
Vecino de Grace Park investigado por asesinato en San Luis.
Algo como eso. Pero nunca sucedió. Durante meses, años, contuve la respiración, sintiendo que en cualquier momento todo se caería a pedazos y saldría a la luz.
Cuando intentaron hablar con la doctora McMorrow sobre nuestra conversación la mañana siguiente al asesinato de mi padre, y tuve que elevar el caso al tribunal de apelaciones de Missouri para mantener esa conversación en secreto, estaba seguro de que saldría en todos lados.
Pero tampoco ocurrió. Sí salió en San Luis, pero jamás en Chicago.
Nunca lo mencioné cuando me postulé para el cargo de profesor. ¿Por qué habría de hacerlo? ¿Qué iba a decir? ¿Que fui una especie de sospechoso en un asesinato, pero que no encontraron nada?
Bueno, fui más que solo una especie de sospechoso. Pero nunca encontraron nada.
No sé qué esperaban encontrar cuando registraron mi casa. ¿De verdad pensaban que un asesino sería tan estúpido de dejar abundantes pruebas incriminatorias tiradas por ahí en su casa?
Era casi insultante.
“¿De verdad creen que, si iba a matar a mi padre, elegiría la noche anterior a mi último examen final?”, les dije a los policías cuando me llevaron a San Luis para interrogarme.
“¿Que conduciría desde Grace Park hasta San Luis, lo apuñalaría en el abdomen, conduciría otras seis horas de regreso, casi sin dormir, y luego iría a hacer un examen a las ocho de la mañana? ¿Qué sentido tendría?”.
“Ninguno”, respondió el detective a cargo, un tal Rick Gully. “Y por eso sería la coartada perfecta”.
Fue difícil no sonreír.
Saqué un diez en ese examen final, por cierto.
***
—Muchas gracias, Maria —digo, aplaudiendo una vez—.
Entonces, la mayoría sostuvo que la policía puede hurgar en tu basura y obtener pruebas de un delito imputado en tu contra sin una orden judicial previa.
¿Qué tiene que decir al respecto el juez Brennan?
¿Alguna otra persona que quiera responder, además de Maria, que admirablemente se ha echado la carga a la espalda hasta ahora?
No me gusta el método socrático: llamar a estudiantes al azar y presionarlos durante minutos sin piedad.
Odio el estrés que genera estudiar Derecho, la expectativa, el miedo cuando te sientas en clase y el profesor mira la lista y llama a un alma desafortunada que estará bajo interrogatorio durante la próxima hora.
No te confundas: si se ofrecen, los haré sudar. Y ellos lo saben. Pero hay maneras que promueven el debate y el pensamiento crítico, que perfeccionan y afilan la atención, y maneras que no. El miedo, para mí, no sirve.
—Brad —digo, señalándolo cuando levanta la mano.
—El juez Brennan no estuvo de acuerdo —dice.
—Sí, Brad, eso sería la definición misma de disenso, pero gracias por recordárnoslo. ¿Podría desarrollar su respuesta, caballero? —Hago una pequeña reverencia.
—Sostuvo que cuando la gente cierra el cubo de basura espera que su contenido se mantenga privado. Tiramos cosas a la basura porque tenemos que hacerlo, pero no esperamos que alguien abra la bolsa y la empiece a revisar.
—Pero sí esperamos que los basureros se la lleven, ¿cierto? —digo.
—Esperamos que se la lleven y la tiren en un vertedero —explica—. No que la abran y la revisen.
—Pero cuando dejas algo en la calle, ¿no estás renunciando a tu derecho de posesión? ¿No le estás diciendo al mundo que ya no lo quieres?
—Bueno, sí, puede ser.
—Y si ya renunciaste a tu propiedad, ¿por qué tendrías derecho a controlar qué se hace con ella? ¿Por qué podrías rechazar lo que sea que le ocurra?
Hay muchísimas respuestas posibles a esa pregunta, muchas excepciones y sutilezas; el alma del derecho, lo que lo vuelve tan glorioso.
Lo importante no es memorizar definiciones, sino aprender a pensar, a encontrar esas excepciones, a defender tu postura, a resaltar fortalezas y minimizar debilidades. A luchar con pasión y razón.
***
Al terminar mi primera clase, camino desde la facultad hasta el edificio Chicago Title & Trust y llego a las diez. Una vez en el vestíbulo, con mi vaso de Starbucks, inserto la tarjeta SIM y enciendo mi teléfono verde. Escribo: ¿Y cómo estamos esta mañana?
Responde enseguida: Bueno, hola, extraño.
Al parecer, se convirtió en su saludo favorito. Mi respuesta: ¿Extraño? No creo que pueda ser más extraño de lo que ya soy.
Responde:
Qué te parece “hola, moreno guapo y alto”.
Sonrío. No soy tan alto, mi cabello no es tan oscuro y “guapo” es una exageración…, pero lo acepto. Incluso estoy dispuesto a ignorar que no haya usado signos de interrogación. Me vibra el teléfono otra vez: No eres extraño, eres enigmático.
Qué bien que lo diga. Pero no, soy extraño. Mi teléfono vibra otra vez: Me gusta tu oscuridad. Me gusta ser tu luz.
Suspiro. Al menos algo en mi vida está saliendo bien.