Caerás en mi trampa Capítulo 17
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Capítulo 17

Jane

La sargento Jane Burke se inclina y examina con cuidado el rostro de Lauren Betancourt.

Ya han tomado todas las fotografías necesarias, desde todos los ángulos posibles, del cuerpo de Lauren colgada de la barandilla, incluso primeros planos del nudo de la cuerda en la barandilla de hierro forjado.

Por fin llegó el momento de bajarlo. Lo hicieron bajo la supervisión del médico forense del condado de Cook, quien guio a los oficiales del distrito, algunos desde la escalera, otros desde el vestíbulo, mientras desataban la cuerda de la barandilla y el cuerpo caía por su propio peso sobre una bolsa mortuoria apoyada en una camilla.

El rostro de Lauren tiene arañazos en la barbilla y Jane está segura de que coincidirán con las uñas rotas de sus dedos; rasguños que se hizo al intentar desesperadamente quitarse la cuerda del cuello.

Las marcas de abrasión dejan en claro que se ejerció fuerza desde más de una dirección.

Se distingue el patrón típico de la cuerda al cortarle finalmente el suministro de oxígeno y romperle el cuello.

Sin embargo, también hay otro patrón de abrasión más horizontal en su garganta, como si el atacante hubiera estado justo detrás de ella, sujetando la cuerda con fuerza, tal como Jane sospechaba, mientras Lauren intentaba quitarse el lazo del cuello.

Sabe que reconstruir con total precisión lo sucedido quizá sea imposible. Y será el doble de complicado si el atacante intentó alterar la escena del crimen, aunque no parece ser el caso. Incluso una escena intacta, como solía decir su madre, nunca cuenta exactamente la verdad de los hechos.

—Jane. —Su compañero, el sargento Andy Tate, responsable de recopilar información en el barrio, entra por la puerta del sur, la de la cocina.

—¿Qué quieres?

Mueve los dedos para que lo siga afuera. Andy señala hacia la calle en dirección al norte.

—Esa casa victoriana blanca —dice—. La de la esquina noroeste de Thomas y Lathrow.

—¿Qué pasa?

—La familia Dunleavy —dice—. Incluida Mary Dunleavy, de seis años.

—Vale.

—Anoche Mary se fue a dormir a eso de las siete y media. Un poco temprano para ella, pero le dolía la barriga. Demasiados dulces en Halloween, ¿no?

—Sí.

—Entre las ocho y las ocho y media, mira por la ventana de su habitación, que da hacia el sur —agrega.

Jane puede ver la ventana desde donde está—.

Ve a un hombre parado detrás de un árbol, mirando la casa de los Betancourt.

Dijo que se lo quedó mirando por mucho tiempo.

No pudo precisar cuánto, solo “mucho tiempo”.

Pero me contó que estaba mirando fijamente hacia la casa de los Betancourt, por mucho tiempo.

Después se asustó tanto que bajó corriendo las escaleras y le dijo a su mamá que tenía miedo, aunque no le contó por qué hasta hoy, justo ahora.

Jane señala.

—¿Ese árbol? ¿El de la esquina sudeste?

—Ese mismo, sí.

—Cuéntame sobre el hombre —dice.

—Tenía un disfraz. Todo negro, con una capucha grande y alargada. Estaba cubierto de pies a cabeza por la capucha y una túnica negra. No pudo verle la cara.

—¿Pudo ser más específica sobre el disfraz?

—De hecho, sí —dice y le muestra su teléfono—. Revisamos un catálogo de disfraces en internet.

Jane mira la imagen y se le eriza la piel. Una túnica negra enorme con una capucha alargada.

—Solo le falta la guadaña o lo que sea que use —dice Andy.

Jane mira a su compañero.

—¿Es… la Parca?

—Jane, te necesitan dentro.

Jane entra de nuevo a la casa. Ria Peraino, que es técnica forense del Grupo de Trabajo contra Delitos Graves de los Distritos del Oeste, está de pie en el descansillo de la escalera que lleva al primer piso.

Jane participó con Ria en un caso de abuso sexual hace unos años y se quedó fascinada con su manera de trabajar.

—Encontramos algo que vas a querer ver —dice Ria con un tono cantarín.

Jane sube con cuidado, mientras Andy Tate la sigue. Al llegar al primer piso, Ria levanta la mano.

—Que nadie se mueva excepto yo —dice—. Hay manchas de sangre por todo el rellano.

—Entendido —dice Jane.

Ria se acerca con cuidado hacia la pared del fondo, esquivando los distintos marcadores de pruebas.

Contra esa pared, justo debajo de un cuadro impresionista colorido que está intacto, hay una mesita antigua de madera, color roble dorado, seguramente con algún nombre sofisticado como cappuccino .

Tiene patas curvas y un estante, que está vacío.

Sobre ella, al parecer, había un florero con flores frescas (ahora hecho añicos en el suelo) y una fotografía enmarcada de Conrad y Lauren Betancourt (tirada boca abajo).

Ria los mira con una sonrisa llena de emoción, como si fuera la presentadora de un programa de juegos y estuviera a punto de revelar el premio mayor. Con un gesto teatral, levanta la mesa del suelo y deja a la vista lo que estaba debajo, casi contra la pared.

—Un teléfono —murmura Jane.

Un teléfono rosa.

—Andy, llama otra vez al móvil de Lauren —ordena Jane—. El que está registrado en el sistema.

Oyen que algo vibra dentro de la bolsa de pruebas que contiene el móvil registrado a nombre de Lauren Betancourt, el mismo que encontraron sobre la encimera de la cocina.

—¿Y qué es este teléfono entonces? —pregunta Jane.

—Estoy casi seguro de que es un teléfono desechable —dice Andy—. No es un iPhone ni un Samsung último modelo que una mujer rica como Lauren Betancourt llevaría a todos lados. Eso, amiga mía, es un teléfono de amantes.