Capítulo 12
Simon
Por la mañana empiezo con mi “Cinco a las cinco”: cinco kilómetros a las cinco de la mañana.
Mi madre solía hacerlo. Cuatro días a la semana, a las cinco en punto, se ponía las zapatillas de deporte y salía a “comer pavimento”, como decía ella.
Tenía dieciocho maratones encima y había clasificado varias veces para la maratón de Boston.
“Es un momento para estar a solas contigo”, solía decirme.
“Te olvidas del estrés, las llamadas, las discusiones; solo estás tú. Es la mejor terapia”.
Voy hacia el este y cruzo Austin, en el oeste de Chicago. No es normal decir que la zona más insegura y violenta de la ciudad es un lugar bello, pero hay algo en su humildad decadente y en esa determinación por mantener una reputación tosca y brutal que me impulsa a correr por ahí.
Todos piensan en los tiroteos y los homicidios, pero yo veo a la adolescente que toca el violín junto a la ventana del primer piso, cerca de Augusta y Waller, todas las mañanas al amanecer; al anciano con uniforme beis sentado en la escalera de entrada de su casa, preparándose para ir al trabajo, bebiendo café de un termo y gritándome “¡Maldito idiota!” cuando paso corriendo por Long Avenue; a la abuela que estudia la Biblia con varios chicos en el porche, cuando el clima lo permite, o desde la ventana del frente, cuando no; a la mujer del apartamento de Leclaire, que vuelve del turno noche a casa con su uniforme verde de camarera y una mochila llena de libros.
Correr por este vecindario me recuerda que hay gente con preocupaciones mucho más urgentes que conseguir un estúpido cargo titular en la facultad. Hay personas que están luchando por tener una vida decente.
Todos creen que estoy loco por correr por esta zona, y quizá Vicky tenga razón en que soy demasiado terco como para cambiar la ruta, como si estuviera intentando demostrar algo.
Perdí la cuenta de cuántas veces me siguió un coche de policía y luego frenó junto a mí para que los agentes me preguntaran qué diablos estaba haciendo.
Tal vez sí soy un maldito idiota. Pero, bueno, me han dicho cosas peores.
***
Como “Mini-Yo”, por ejemplo. Así me llamaba Mitchell Kitchens, un gigantón del equipo de lucha libre, bastante exitoso, cuando yo acababa de entrar al bachillerato y medía solo un metro cincuenta y pesaba quizá cuarenta y cinco kilos.
Mitchell parecía hecho de ladrillos: su cuello era como un tronco de árbol, tan grueso que era difícil distinguir dónde terminaba y dónde empezaba la cabeza.
Tenía dientes horribles, mal aliento y una nariz que se había roto varias veces.
Sus ojos eran pequeños y estaban muy separados entre sí, lo que le daba un aire casi prehistórico.
Ese verano había salido la secuela de Austin Powers .
Al parecer, Mitchell la había visto el Día de Acción de Gracias.
Recuerdo que, después de las vacaciones, me vio en el pasillo, me señaló y gritó: “ ¡Vaya! ¡Es Mini-Yo!”.
Y se quedó, ¿no? Claro que se quedó. Los apodos que odias siempre se quedan.
Cuando bajaba del autobús cada día, él estaba ahí, al otro lado de la cerca, llamándome: “¡Ven aquí, Mini-Yo!”.
Me lo gritaba en los pasillos. Me lo gritaba cuando entraba a la clase de matemáticas (sí, alguien que estaba por graduarse compartía clase con un estudiante de primero; eso deja bastante claro su nivel académico).
Al principio, intenté ignorarlo, no responder, pero solo conseguía que lo gritara una y otra vez, y lo empeoraba todo, así que terminé respondiendo la primera vez que me llamaba.
Sí, Mitchell no me agradaba. No estoy obsesionado con él ni nada por el estilo. Pero, si alguna vez me veo tentado a olvidarlo, solo tengo que mirarme al espejo y ver la cicatriz que me dejó en la mejilla izquierda el día que perdió el control.
***
“ Una buena abogada sabe las respuestas a todas las preguntas antes de siquiera hacerlas”, solía decir mi madre.
“Una buena abogada sabe lo que quiere decir en los alegatos finales antes incluso de que el juicio haya empezado. Tienes que trabajar hacia atrás desde el resultado que quieres obtener, y planificas el juicio para que, al final, puedas respaldar con pruebas todo lo que quieras decir”.
A las seis y cuarto, me estoy afeitando después de darme una ducha, haciendo un círculo con la mano en el espejo empañado para ver mi reflejo borroso.
Vicky abre la puerta del baño, quejándose. Tiene los ojos entreabiertos y el cabello pegado a la cara. Se apoya contra mi espalda y dice:
—¿Cómo haces para levantarte tan temprano?
—Es mi hora favorita del día —respondo.
—La cama… es tan cómoda .
—Me alegra que te guste.
Se sienta en el retrete para hacer pis mientras termino de afeitarme y golpeo la maquinilla en el lavabo.
—¿Noche larga? —pregunto.
Deja caer la cabeza.
—Recibimos una llamada cinco minutos antes de la medianoche.
—Uf. ¿Cinco minutos antes de que termine tu turno? Podrías habérselo dejado a otra persona.
—Bueno, no lo hice. Su esposo también estaba en la sala de urgencias, intentando lograr que volviera a casa y retirara los cargos en su contra. Fue toda una escena. Necesitamos a tres policías para detener al tipo. Encima me tiró un puñetazo.
—¿En serio? ¿Te golpeó?
—No.
Por suerte para él.
—¿Y la mujer? —pregunto—. ¿Se fue contigo?
—Sí, al final sí. Terminé como a las dos de la mañana.
Aprieta el botón dela cisterna y se arrastra al lavabo para lavarse las manos.
—Vuelve a dormir —digo.
—No te preocupes, lo haré. —Regresa a la cama como si estuviera en la Marcha de la Muerte de Bataán, se desploma boca abajo sobre la almohada y gime de satisfacción.
Me visto y me sirvo un poco de café. Me llevo un vaso para el camino. Me espera un largo viaje. Vuelvo a subir a la habitación para despedirme.
—Hola, linda. Papi se va.
Abre un ojo.
—Eres raro.
Me la quedo mirando por un momento. Se ve tan sexy acostada ahí, con esa camiseta enorme de los Cubs de Chicago; esta mujer dura y fuerte que, cuando duerme, parece tan inocente y vulnerable.
Tengo que protegerla. Tengo que asegurarme de que salga bien de todo esto.
***
Antes de ir a Wisconsin, paso por la casa de Lauren.
No me quedo mucho tiempo. A esta hora, su esposo, Conrad, ya se ha ido hace rato.
Su chófer lo llevó al centro para entrenar en el exclusivo club East Bank, antes de pasar el resto de la mañana alardeando sobre sus inversiones millonarias.
¿Está mirando a todas las chicas de cuerpo esculpido en su ropa de deporte de licra?
¿Está buscando a su cuarta esposa, por si se siente con ganas?
¿Eso fue lo que hizo con Lauren? ¿Se cansó de su segunda esposa cuando empezó a envejecer y la cambió por un modelo más joven?
Bueno, será mejor que empieces a buscar de nuevo, Conrad, amigo. Tres años con Lauren no estuvo mal. Pero no vas a llegar al cuarto.
Observo su casa desde el otro lado de la calle.
La habitación principal ocupa toda el ala norte y tiene una terraza en la parte de atrás, donde a Lauren le gusta tomar el sol en privado.
O eso cree ella. Apostaría lo que fuera a que los hombres del barrio ya encontraron la forma de desempolvar sus prismáticos.
O quizá ya lo sabe. ¿Lo sabes, Lauren? ¿Te gusta coquetear con otros hombres, hacer que te deseen? ¿Todavía necesitas esa validación? ¿O ya te has dado cuenta de que nada de eso importa?
¿O siempre vas a querer más?
***
—La rosa pastel —digo—. No, la rosa intenso.
La vendedora regordeta, con la cara llena de granos, en la “supertienda” de Racine, Wisconsin, unos ciento treinta kilómetros al norte de Chicago, toma la funda del teléfono del estante y la pasa por el lector de código de barras.
—Entonces, ¿este viene con mil minutos? —pregunto para confirmarlo.
—Sí, mil minutos. Y con nuestro plan mensual obtienes…
—No, ningún plan.
—¿No quieres el plan?
—No. Solo el teléfono, los mil minutos y esa funda rosa. No te preocupes —agrego, riendo—. No soy un criminal. Es para mi hija. Es una prueba. Quiero ver lo tan rápido que consume los minutos antes de decidir si una niña de diez años puede tener un teléfono móvil.
Ojalá tuviera hijos. Vicky no quiere para nada. Cree que la mancha de su infancia difícil, de alguna manera, acabaría transmitiéndose a cualquier descendencia que tuviera.
La vendedora me mira un instante antes de asentir, toma mi fajo de billetes y vuelve a mirarme. Un teléfono móvil sin plan, prepago, pagado en efectivo.
***
—La verde —digo a la anciana de la “supertienda” de Valparaiso, Indiana, doscientos diez kilómetros al sudoeste de Racine, Wisconsin, y a casi cien kilómetros de Chicago. Verde otra vez, como mi diario: fresco, nuevo y floreciente y, ya sabes, toda esa mierda.
—¿Y dices que quieres mil minutos? —pregunta.
—Sí. —Busco los billetes y los dejo sobre el mostrador.
—¿Te interesaría algún plan mensual?
—No, señora, gracias. Solo el teléfono, los minutos y la funda verde.
Mira el efectivo.
—Soy un narcotraficante —digo—. Les vendo heroína a los niños.
Me mira con seriedad.
—Es broma. Es para mi hijo de diez años. Es una prueba. No quiero darle más minutos al mes hasta ver lo tan rápido que se gasta estos.
—Ah, yo tengo una nieta que tiene diez años —dice, sonriendo—. ¿Tu hijo está en quinto curso?
—¡Claro!
—¿A qué escuela va?
Ah, rayos.
—No, lo educamos en casa —digo, y saco mi teléfono del bolsillo como si estuviera respondiendo un mensaje, antes de que esta mujer empiece a hacerme más preguntas.
Todo esto de andar de incógnito es más difícil de lo que parece.