Capítulo 13
Vicky
Me levanto de la cama unas horas después de que Simon se haya ido y empiezo a hurgar en sus cajones.
Simon es tan organizado que tiene una lista con todas sus contraseñas importantes, pero es demasiado paranoico como para guardarlas en el ordenador o en el teléfono.
La vigilancia electrónica es el tema principal de su trabajo académico; está convencido de que el Gobierno revisa nuestra información mucho más de lo que admite y que la Cuarta Enmienda está siendo destrozada en el proceso.
Dice que “lo clásico”, el buen y viejo lápiz y papel, es lo más inteligente.
Anota sus contraseñas en una hoja que guarda en el cajón de los calcetines o, tal vez, en la de la ropa interior; no me acuerdo bien.
Sobre el tocador, hay fotografías de su madre, Glory.
Algunas son de antes de que se casara con Ted Dobias, el padre de Simon, pero la mayoría son de después.
Veo mucho de Simon en ella: el cabello color avellana, los ojos cálidos y esa sonrisa radiante, que es como describo la sonrisa de Simon cuando decide mostrarla, algo que no pasa muy a menudo.
Las fotografías más antiguas son una del anuario escolar de Glory, con esa pose rígida y forzada de fotografía de escuela, mirando hacia un lado; otra de ella de niña con sus padres en Wrigley Field, con la cara manchada de mostaza, y otra más en el muelle de Navy Pier con su toga y birrete, sosteniendo el diploma de la facultad de Derecho de la Universidad de Chicago.
En las más recientes, ya casada con Ted Dobias, él no aparece en ninguna: solo son ella y Simon.
Glory sosteniendo a su hijo recién nacido en la cama del hospital, sonriendo, pero exhausta.
Una foto de ambos riendo con las narices casi tocándose, cuando Simon tendría cinco o seis años.
Los dos en la entrada del Orchestra Hall.
Otra comiendo pizza en Gino’s East, con el queso estirado como chicle.
El pequeño Simon en brazos de su madre después de que ella terminara la maratón de Chicago, con su cabello empapado de sudor y una manta térmica plateada de corredora sobre los hombros, mientras Simon sostiene la medalla y la contempla con esa mirada curiosa que nunca perdió.
Esa es la Glory de la que siempre oí hablar: enérgica, activa, divertida y un poco infantil, siempre lista para compartir un chiste o una sonrisa.
Y luego está Glory, la abogada, la mujer meticulosa del derecho.
Una foto de madre e hijo en las escalinatas del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, el día en que Glory defendió un caso ante el Tribunal Supremo.
“La mente legal más afilada que conocí”, como siempre dice Simon, “y la lengua más afilada de todas. Valiente y directa”.
En la pared, hay una página enmarcada con la transcripción de una audiencia de cuando Glory era nueva en un estudio jurídico importante, una de las pocas mujeres allí en ese entonces: Juez: Se sostiene la objeción, señora Dobias.
Defensa: Su señoría, no estábamos ofreciendo el testimonio para acreditar la verdad de lo afirmado, sino solo para demostrar que la declaración fue efectivamente realizada.
Juez: Lo entiendo, cariño, pero cuando un juez sostiene una objeción, la abogada pasa a la siguiente pregunta, sin importar lo guapa que sea.
Defensa: Creo que entiendo. Y… ¿qué hace la abogada cuando el juez se comporta como un perfecto imbécil?
Juez: ¿Perdón? ¿Qué me dijo?
Defensa: Solo hablaba en términos hipotéticos, su señoría. Por favor, entienda, todas estas reglas y formalidades pueden resultar abrumadoras para una chica como yo.
Juez: ¿Acaba de llamarme “imbécil”?
Defensa: ¿Acaba de llamarme “cariño”? ¿Acaba de llamarme “guapa”? Quizá los dos hemos oído mal.
Al parecer, en ese momento, el juez ordenó a las partes que se reunieran con él en privado y pidió que el taquígrafo saliera de la sala.
Según Simon, el juez le exigió a Glory que le diera una razón por la cual no debía declararla en desacato.
Ella respondió que le preocupaba qué pensaría la Junta de Investigación Judicial si un juez en funciones hacía constar en actas comentarios degradantes dirigidos a una abogada mujer.
El juez anunció un cuarto intermedio por el resto del día.
Cuando la noticia llegó al estudio jurídico, el comité ejecutivo le exigió que se disculpara con el juez. Ella se negó. Ese mismo día, renunció y no volvió jamás.
Una de las mujeres presentes en la audiencia consiguió una copia de la transcripción, enmarcó esa página y se la regaló a Glory.
Creo que nos habríamos llevado bien.
Las últimas dos fotos estaban casi al fondo del tocador y mostraban a Glory ya en silla de ruedas, con gran parte de su autonomía perdida.
Su energía habitual había desaparecido y su sonrisa radiante se había reducido a una leve curva de los labios.
No sé por qué Simon conserva estas fotos.
Sus últimos dos años de vida fueron duros para todos y no son, en absoluto, la forma en que ella habría querido ser recordada si todo lo que escuché sobre Glory es cierto.
Creo que Simon guarda esas fotos para recordar cómo todo se vino abajo.
***
Aquí está la lista de contraseñas, en el cajón de los calcetines. La contraseña para la cuenta de su fideicomiso es Glory010455: el nombre de su madre y su fecha de nacimiento.
Bajo a la cocina. Simon preparó café antes de irse y todavía está caliente en el vaso térmico.
Está delicioso. Usa granos de buena calidad.
Y además le espolvoreó una mezcla de especias antes de prepararlo.
Todavía no es septiembre, pero me recuerda mucho al otoño, mi estación favorita del año, y estoy segura de que lo hizo por eso.
Hace esas pequeñas cosas para mí todo el tiempo.
Desearía que las cosas fueran distintas entre Simon y yo.
Desearía que saliera de esa burbuja más a menudo.
No sé si el derecho se convirtió en su refugio después de todo lo que pasó con sus padres o si simplemente está programado de esa manera, pero enseñar, hablar y escribir sobre derecho es todo para él, su pasión, su vida.
La manera en que se le ilumina la cara cuando desglosa un problema legal en partes más sencillas y luego lo reconstruye, la manera en que lo hace cobrar vida como si fuera un organismo vivo.
Incluso yo, que todo lo que sé de derecho lo aprendí mirando la televisión, puedo escucharlo durante horas.
Dicen que el derecho es un amante celoso. Pero no es verdad. El derecho se aferró al corazón de Simon con fuerza. Y yo soy la amante celosa.
O, al menos, es lo que me digo, el problema en el que elijo concentrarme, probablemente para poder culparlo a él.
El problema más grande, la razón por la que lo nuestro nunca funcionará, son los hijos.
Simon quiere tener hijos. Quiere el paquete completo: matrimonio e hijos, una familia tradicional.
Sí, yo crecí en una familia tradicional, pero no de la mejor manera. No voy a hacerlo.
Simon dice que solo estoy asustada, como cualquier futura madre o padre.
Sí, es verdad, estoy asustada. Me asusta destruirles la vida.
Me asusta que terminen siendo como yo. ¿Qué podría enseñarles?
¿Qué clase de ejemplo sería? ¿Y si tengo hijos y descubro que no puedo con eso cuando ya es demasiado tarde?
Me encantan mis sobrinas, las M en ambas viste un traje elegante, pero sin corbata: solo el cuello abierto de una camisa blanca impecablemente almidonada.
Tiene hombros anchos y cuello grueso. Quizá por eso no usa corbata, para lucirlo.
Me arriesgaría a decir que fue deportista cuando era más joven, aunque seguramente nada demasiado violento; no querría estropear esa cara bonita, esa mandíbula un poco afeitada, esos grandes ojos azules, ese cabello largo con algunas mechas que caen hacia delante, ese estilo cuidadosamente desarreglado. Sabe que es atractivo y eso me molesta.
Pero parece un ganador, hay que admitirlo.
Indago un poco más. Su biografía es impresionante. Tiene un título de grado y un máster en Harvard, y amasó una fortuna antes de siquiera terminar la universidad.
Hay un artículo en su sitio web de la revista Fortune , publicado hace trece años, marzo de 2009, que cuenta cómo el joven Christian Newsome, con solo veintiún años, fue el primero en invertir en un “canje de incumplimiento crediticio” antes de la crisis hipotecaria de 2008, lo que significa que predijo correctamente lo que otros no predijeron: que el mercado de “créditos con garantía hipotecaria” se derrumbaría.
Otro artículo destacado en su sitio, esta vez de Newsweek , de hace tres años, cuenta que la nueva iniciativa de Christian Newsome reúne a un pequeño grupo de inversores en un fondo valuado en más de quinientos millones de dólares.
“Newsome, hermético respecto de sus próximos movimientos en el mercado y de los inversores a los que representa, solo declara que su siguiente idea ‘hará que los canjes de incumplimiento crediticio parezcan acciones regaladas’”.
Le doy un trago al café. Releo los artículos. Miro su foto un rato.
Luego levanto el teléfono y empiezo a concertar citas.