Caerás en mi trampa Capítulo 10
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Capítulo 10

Jane

—Santo cielo, madre de Dios —murmura la sargento Jane Burke al observar el cuerpo de Lauren Betancourt, colgado de una cuerda atada a la barandilla del primer piso. Su primer homicidio. El primer homicidio, que ella sepa, en toda la historia de Grace Village.

Su compañero, el sargento Andy Tate, baja por la escalera con cuidado, evitando tocar la barandilla, las huellas de las botas y los rayones en los escalones.

—¿Ya ha llamado el jefe?

—En cualquier momento.

Ha hablado con él por teléfono tres veces durante la última hora, desde que la señora de la limpieza de los Betancourt llegó esta mañana a la casa y encontró a la señora Betancourt colgada allí. Jane todavía estaba en su casa, preparándose para ir a trabajar, cuando recibió la llamada.

—El señor Betancourt está en camino —dice Andy—. Habrá un oficial esperándolo en O’Hare.

—Recuérdame dónde estaba.

—Nápoles. Un viaje de golf con sus hijos —dice Andy, mientras rodea el cadáver como si fuera un candelabro que tiene que evitar siquiera rozar por su fragilidad—. No está mal como coartada.

Sí, pero si el esposo está involucrado, y si tiene tanto dinero como todos dicen, no habría hecho el trabajo sucio él mismo.

—Es una lástima —murmura Andy, mirándola.

Incluso con los primeros indicios de rigor mortis , no puede negar que Lauren Betancourt es una mujer hermosa: esbelta, en forma, con un rostro delicado y esculpido, y un cabello rubio y sedoso.

Su disfraz, algo escandaloso ahora que está muerta, no deja mucho a la imaginación: una malla ajustada de leopardo, un disfraz de gata para Halloween.

Sus ojos, abiertos, parecen mirarla; sus labios, pintados de negro, están entreabiertos, como si fuera a decir algo.

También tiene bigotes negros pintados en la cara y una manicura impecable del mismo color.

Desde atrás, solo se distingue una mancha oscura entre las piernas: la pérdida de control de esfínteres, una de las muchas realidades desagradables de la muerte.

El teléfono de Jane suena en sus AirPods. Le da un golpecito a Andy y asiente.

—Es el jefe.

—Vale, Janey, ya estoy en camino. Debería estar allí en tres horas. Primero lo primero, ¿ya ha llegado la prensa?

—No que yo sepa —responde, mirando por la ventana.

Todavía no hay reporteros, pero sí vecinos, algunos en sus jardines o en la calle, en pijama y pantuflas, otros ya vestidos para el trabajo.

También hay varios niños con mochilas, listos para ir a la escuela un martes por la mañana: la primera campana sonará en diez minutos.

Media docena de coches de policía debería ser suficiente, pero Jane supone que los vecinos ya deben de haber deducido lo que pasó.

—Cielo santo —dice el jefe—, el primer maldito homicidio y yo estoy en un seminario en Indiana.

Jane se dirige hacia la puerta sur, la de la cocina, porque, hasta donde pueden deducir, no fue por allí por donde entró el agresor ni donde ocurrió la pelea. Quiere mantener la escena del crimen lo más intacta posible hasta que llegue el equipo forense de Delitos Graves.

Se quita el cubrecalzado y sale; agradece el aire fresco. Andy la sigue hacia el frente de la casa, donde empezó la acción.

Grace Village, el día después de Halloween. Restos de calabazas destrozadas, envoltorios de dulces tirados por los jardines y acumulados en las alcantarillas, bolsas de plástico volando al viento o atascadas en los árboles sin hojas.

El barrio se toma Halloween muy en serio: es una meca para los niños del oeste de Chicago, del otro lado del río Des Plaines, incluso de Grace Park.

A veces, cogen el autobús para recorrer estas mansiones, con sus enormes barras de dulces y decoraciones elaboradas.

Los adolescentes mayores suelen venir al final de las cuatro horas que dura la celebración, con la esperanza de llevarse las sobras, lo que a menudo hace que algunos vecinos más paranoicos llamen a la policía.

Cientos de desconocidos recorrieron estas calles anoche, muchos con la cara pintada, o con máscaras o disfraces, en la única noche del año en que eso no llamaría la atención. Eso va a hacer que esta investigación sea el doble de difícil.

Si quieres matar a alguien, Halloween no es una mala noche para hacerlo.

—Le cuento todo lo que tenemos hasta ahora, jefe. Llegamos temprano.

—Adelante .

—Primero, la ventana del frente.

Hay arbustos bien podados junto a la fachada. Detrás, una ventana enorme. Jane camina por el césped y se inclina para mirar por encima de los arbustos.

Huellas profundas de un par de botas en la tierra húmeda frente a la ventana.

—Tenemos huellas bastante profundas —dice—. Parece el pie de un adulto. Suponemos que quizás una talla cuarenta y cuatro o cuarenta y cinco. Le pediremos al equipo que las analice y las coteje con la base de datos.

—Bien.

—Ayer llovió un poco antes de que los niños salieran a pedir dulces. Un regalo para nosotros. El suelo estaba bastante blando para dejar la marca. Parece que estuvo parado ahí un buen rato.

—¿Mirando por la ventana?

—Exacto. No podía estar haciendo otra cosa allí.

—¿Tenemos un rango de tiempo?

—Bueno, ese es el asunto, jefe. Anoche fue Halloween. Ya sabe cómo es.

—Tres a siete, luego a dormir.

Por costumbre, los residentes de Grace Village apagan las luces a las siete en punto para anunciar el final oficial de Halloween. A esa hora, todos gritan: “¡Feliz Halloween!” mientras murmuran por lo bajo: “Ahora marchaos de mi vecindario”, y entonces apagan las luces.

—No hay manera de que nuestro agresor estuviera parado frente a la ventana antes de las siete —dice Jane—. Había demasiadas familias pidiendo dulces. Todos lo habrían visto.

—Pero después de las siete…

—Después de las siete, es la noche más oscura del año en este lugar. Podría haber estado ahí todo el tiempo que quisiera sin que nadie lo viera.

—Bueno, ¿qué más?

—Nuestro sujeto se dirige a la puerta del frente —dice—. No vemos huellas suyas en la acera ni en la entrada del garaje. Pasa directo de la ventana a la puerta.

La puerta queda bajo un pequeño pórtico a dos aguas de ladrillo con molduras de piedra.

El felpudo de bienvenida tiene escrito el apellido de la familia: “Betancourt”.

La luz exterior está apagada. No hay daños visibles en el marco de la puerta.

El suelo de piedra del pórtico está bastante sucio por la actividad de anoche: las pisadas de los que vinieron a pedir dulces.

—Vemos sus huellas en el porche —dice Jane—. Parecen más recientes y destacan entre las demás. Y también están en la puerta, jefe.

—En la puerta. O sea, que intentó derribarla a patadas.

—Así es. Las huellas están un poco inclinadas. Creemos que retrocedió y pateó con fuerza.

—¿Así entró? ¿Tiró la puerta abajo a patadas?

— No. No parece una entrada forzada, no hay astillas ni daño de ningún tipo.

—Entonces, ella lo dejó entrar.

—Ella lo dejó entrar.

—¿Dejó entrar a alguien que estaba pateando la puerta?

—Raro, ¿no es verdad? Entonces, tenemos que pensar que se conocían.

—Ajá. ¡Sí, sí, sí, ya te he oído, hijo de puta!

Así es el jefe cuando conduce: un imán de bocinazos furiosos de otros conductores. Los policías creen que pueden conducir como policías incluso cuando no están trabajando.

—Lo siento. En fin, sí, parece bastante obvio que conocía al tipo y lo dejó entrar.

—Quizás estaba montando mucho escándalo fuera —dice Jane— y ella no quería que siguiera.

—Es una hipótesis. Una hipótesis muy específica. No te cases con ninguna hipótesis tan rápido, Janey.

—No me estoy casando con nada, jefe. Pero no hay duda de que el tipo estuvo parado junto a los arbustos, mirando por la ventana, fue hacia la puerta del frente, empezó a patearla y ella lo dejó entrar por voluntad propia.

—Está bien. ¿Y ahora qué?

Jane y Andy se vuelven a poner el cubrecalzado. Jane abre la puerta del frente con cuidado, hace pasar a Andy y la cierra rápido detrás de ambos. Lo último que necesitan es que algún vecino vea un cuerpo colgado de la barandilla del primer piso.

—Dentro —dice—. Un tazón de vidrio con dulces hecho trizas en el vestíbulo. Quizá se lo arrancó de la mano, quizás ella se lo arrojó. Es difícil saberlo.

—Está bien.

—Ella corre hacia la escalera.

—La escalera. ¿No a la cocina a buscar un cuchillo?

—No. No hay rastro de que hayan ido a la cocina, pero sí de que él la persiguió por la escalera. —Sigue las mismas huellas del jardín por el suelo de mármol hacia la escalera de madera—. Lauren corría con tacones. No debe de haber sido fácil, aunque en las escaleras es más fácil que en el suelo.

—¿En serio?

—Sí, en las escaleras, te apoyas casi sobre los dedos. En el suelo, no.

Sigue las huellas y las marcas de los tacones en la madera hasta el descansillo.

—Llegan arriba y creemos que aquí es donde él la sujeta —dice, y se detiene—. Hay sangre en el rellano del primer piso. El equipo forense aún no la ha analizado, así que son solo suposiciones. Pero todo indica que aquí es donde la golpea en la nuca.

Jane mira el cuerpo de Lauren abajo, en especial el cuero cabelludo, donde tiene una herida con sangre seca.

—¿Con qué la golpea?

— Todavía no lo sabemos. Pero el golpe es lo bastante fuerte como para hacerla sangrar. Es probable que haya quedado aturdida, al menos por un momento, como para que él aproveche y le ponga la cuerda alrededor del cuello.

—¿Cómo ató la cuerda?

—Bueno, fue bastante ingenioso —dice, inclinándose—. Es una cuerda gruesa con varios nudos, separados entre sí por unos treinta centímetros más o menos. La barandilla es de hierro forjado… Bueno, ya ha visto las fotos.

—Las vi, pero no enfocaban la barandilla.

—Bueno. Tiene uno de esos patrones en espiral, ¿sabe? Parece una especie de diseño gótico, como si fuera un viejo escudo de armas de la familia.

—O un test de Rorschach —dice Andy.

—Sí, o un test de Rorschach. Muchas espirales, volutas y figuras.

—Está bien, entonces…

—Pasa una punta de la cuerda por una de las curvas y le da una o dos vueltas, hasta que queda firme.

—¿Y luego qué?

Jane se encoge de hombros.

—Y luego la echa por encima de la barandilla.

—Qué horror.

Sí, un horror. Pero es la manera más probable de cómo ha sucedido.

—¿Y por qué simplemente no la estranguló?

—Quizá no pudo —dice Jane—. O no con facilidad, al menos.

Ella se defendió bastante. Él está detrás de ella, con el nudo corredizo alrededor del cuello, tirando, pero ella no se rinde fácilmente.

Encontramos algunas uñas rotas aquí arriba.

Estaba intentando quitarse la cuerda del cuello.

Y si hubiera podido patearlo con esos tacones…

Bueno, son tan afilados como un par de cuchillos.

Quizás le haya sido más fácil mantener el nudo tenso alrededor de su cuello con una mano, pasar la otra punta de la cuerda por una de las curvas de la barandilla con la otra, levantarla y arrojarla al vacío.

—Dios. Está bien. Entendido. Bueno, Jane, escucha. Delitos Graves puede llevar al equipo forense, pero nada más. Esto no debe salir de aquí, ¿entendido?

—Sí —responde Jane, sintiendo mariposas en el pecho por enésima vez en el día.

—No le digáis nada a la prensa hasta que yo llegue. ¿Entendido?

—Sí.

El jefe se queda en silencio. Está pensando.

Fuera, Jane oye unas puertas pesadas de un coche que se cierran. Probablemente sea el médico forense o el equipo completo.

—¿Crees que fue una disputa amorosa o algo así?

—No robó nada —dice ella—. Tampoco hay rastros de abuso sexual, por lo que vemos de manera preliminar, y ni siquiera intento de abuso. Parece que este tipo vino a hacer una sola cosa y eso fue matar a Lauren Betancourt.

—Personal —dice el jefe—. Alguien que realmente la quería muerta.

Jane mira el cuerpo y siente un escalofrío en todo el cuerpo.

—O alguien que solo la quería —dice— y no podía tenerla.