Caerás en mi trampa Capítulo 8
8%

Capítulo 8

Simon

Voy a encontrarme con Vicky para almorzar en el restaurante de comida china que está junto a la facultad. Suele trabajar de día, así que, cuando está libre, intentamos almorzar juntos, sobre todo en verano, cuando mi agenda es más flexible.

Me da un beso en la mejilla.

—Hola, guapo. —Se humedece un dedo, limpia la marca de pintalabios que me dejó y se sienta frente a mí—. ¿Cómo está tu amigo, el vicedecano?

—Otra vez no —digo—. ¿Qué quieres que haga? ¿Que lo contradiga? ¿Que le escupa en la cara al tipo más poderoso de la facultad?

—Él te escupió primero.

Vicky, bendita sea, está de mi lado. Detesta que el vicedecano Comstock me haya presionado para que no me presente al concurso para la titularidad. Se enfada bastante cuando alguien me falta al respeto. Y, por alguna razón, eso me resulta increíblemente sexy.

—Simon, solo estás presentando tu postulación para que te den la titularidad. Tienes todo el derecho de hacerlo, igual que ese idiota con el papi millonario…, Reid, o como se llame. ¿A quién le importa lo que piense ese vicedelano?

—Vicedecano —corrijo, riendo—. ¿El tipo que podría destruir mi carrera? Creo que sí me importa lo que piensa.

Menea la cabeza, decepcionada y furiosa.

Todo lo que escribí en mi diario es cierto.

Amo a esta mujer y siempre la voy a amar.

Pero ella no me ama. Le gusto, se preocupa por mí, pero no siente lo mismo.

Y eso, para mí, es lo que le quita toda la emoción al asunto.

Quizá Freud tendría algo para decir sobre el ello y el superego, pero no soy uno de esos tipos que se sienten atraídos por los desafíos.

No me interesa quien no se interesa por mí.

Cuando la conocí, solo seis semanas después del suicidio de su hermana, estaba muy furiosa.

Triste también, pero, sobre todo, furiosa.

Pude ayudarla. Tal vez esa fue la única razón por la que se sintió atraída hacia mí.

Tal vez por eso yo me sentí atraído hacia ella. El corazón no viene con notas al pie.

—Ya presentaste tu nombre, ¿verdad? —pregunta—. Solo te falta enviar la documentación. ¿Tienes tiempo hasta septiembre?

—Sí, sí y sí —respondo—. Pero voy a retirar mi nombre.

Se inclina sobre la mesa y me coge la mano. Todavía me provoca algo por dentro cuando me toca así, aunque trate de convencerme de lo contrario.

—Mereces ese ascenso, Simon. Eres una de las mejores mentes de esa facultad. Y te encanta lo que haces. Es lo que estás destinado a hacer. Odio ver cómo un imbécil pretencioso te mete el dedo en el ojo y que tú le digas: “Gracias, señor, ¿puede hacerlo otra vez?”.

—Ya lo sé. A mí tampoco me gusta.

—Entonces, haz algo. Al menos, debes lograr que te prometa que la próxima vez te respaldará.

—Pero… no funciona así.

—¿Por qué no? —Se reclina en su asiento mullido—. Claro que funciona así. Dijiste que este tipo es más un político que otra cosa. Entonces, haz un trato con él. Te retiras esta vez si él promete apoyarte la próxima.

Abro el menú, no porque haya algún misterio en lo que voy a pedir, sino porque tiene razón, debería hacer algo, aunque es probable que no haga nada, y no quiero mirarla a los ojos.

—Tienes opciones, como sabes —sugiere con un tono travieso.

La miro desde detrás del menú.

—No, Vick.

—Ni siquiera sabes lo que iba a…

—Puedo imaginarlo —aseguro—, y mi respuesta sigue siendo no.

El camarero llega con nuestras bebidas, agua para mí, pinot gris para ella, y finge no estar escuchándonos.

Levanta la copa y bebe un trago.

—Por favor, dime que me escuchaste decir que no, Vicky.

Abre mucho los ojos.

—Te escuché, te escuché —confirma.