Caerás en mi trampa Capítulo 7
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Capítulo 7

Vicky

Sale de su Chevy maltrecho con una carpeta en la mano y dice: —Señorita Vicky.

—Me llama como siempre me llamó, desde los días en que él era policía y uno de mis clientes en el negocio del “entretenimiento”, antes de que me mudara a Chicago, conociera a Simon y enderezara mi vida.

Rambo siempre fue correcto. Nunca me trató mal.

Y me pagaba, aunque, siendo policía, podría haber recibido alguna atención gratuita.

Siempre supuse que una de las razones por las que nunca me presentaron cargos por prostitución fue porque un policía como él me cubría la espalda, aunque nunca lo dijo abiertamente.

Su verdadero nombre es Roger Rampkin, pero todos le llaman Rambo.

No solo por el juego de palabras con su apellido, sino también por su pasado en el ejército antes de unirse a la policía de Indianápolis.

Su cuerpo musculoso también ayudaba. Era el tipo de policía que podía hacerte mear del miedo en una sala de interrogatorios.

Se retiró de la policía hace cuatro años y ahora trabaja como detective privado y haciendo algunos trabajos de “seguridad”. Hizo algunos para mí en los últimos años y siempre cumplió.

—Estás muy guapa —dice.

No estoy segura de poder decir lo mismo de él. Los años no lo han tratado demasiado bien. Ha engordado al menos diez kilos, tiene ojeras marcadas y la barba está más canosa que antes. Se ve más como un montañés loco que como un policía rudo.

Tomo la carpeta y le entrego un sobre con dinero.

—Muchas gracias, señor.

Arroja el sobre por la ventanilla abierta de su coche, al asiento de delante, y enciende un cigarrillo. Me ofrece uno, pero lo rechazo. Dejé de fumar cuando dejé todo lo demás. El tabaco fue más difícil de dejar que la cocaína.

—¿Me lo explicas? —pregunta.

—Nunca me pediste explicaciones —digo.

Exhala el humo y dice: —Eso es porque siempre supe en qué andabas. Pero entiendo lo que quieres decir.

Exacto: no te metas, eso es lo que quiero decir.

—Buen chico, Rambo. —Agito la carpeta y noto lo ligera que parece—. No hay mucho.

—No hay mucho —admite.

—Dame lo más importante.

—Lo más importante es que… no hay mucho.

Hice una búsqueda a fondo, una y otra vez, como me pediste.

Revisé todas las fuentes posibles. Vicky Lanier nació en Fairmont, Virginia Occidental.

Asistió al bachillerato Fairmont Senior High School.

Desapareció en 2003, a los diecisiete años, y nunca más se supo de ella.

Fue declarada persona desaparecida, pero jamás quedó claro si se escapó, la secuestraron o la asesinaron.

Nunca volvió a aparecer en los archivos estatales.

Nunca presentó una declaración de impuestos, nunca la arrestaron ni le tomaron las huellas dactilares, ni se inscribió en la universidad, ni abrió una cuenta bancaria, ni solicitó una tarjeta de crédito, ni completó un formulario W-2 ni un 1099, ni creó cuentas en redes sociales, nada.

Nunca hizo nada después de los diecisiete años.

—Me mira, entrecerrando los ojos por el sol.

—Está bien. Entonces, ¿ninguna irregularidad? ¿Nada que llame la atención?

—Ninguna irregularidad. Nada que llame la atención.

—En conclusión… —digo—, estoy a salvo usando la identidad de Vicky Lanier.

—Estás a salvo. Aunque nunca entendí por qué elegiste un alias con tu mismo nombre.

Qué rápido se olvida. Me quito el zapato, doblo la pierna y levanto el pie para que vea el tatuaje que tengo en mi tobillo derecho: un pequeño corazón rojo con el nombre “Vicky” alrededor de la mitad superior.

Una mala idea a los dieciséis años y bastante difícil de explicar si usara un alias con el nombre de Jane, Molly o Gina.

—Ah, cierto —dice—. Lo había olvidado. Hace tanto desde que…

Desde que me viste desnuda. Sí, Rambo. En cuanto pueda, voy a dejar eso atrás. Lo dejé atrás, tanto como se puede dejar atrás algo así.

—Entonces, Rambo, nadie puede decir que no soy Vicky Lanier, ¿verdad?

—Nadie. Siempre y cuando tu historia sea que huiste de tu casa a los diecisiete años en Fairmont, Virginia Occidental, y después te mantuviste en el anonimato. Usando dinero en efectivo, ya sabes, ese tipo de cosas.

Lo triste es que mi historia real no está tan lejos de esa.

Y no por casualidad. Elegí a Vicky Lanier como mi nueva identidad justamente por eso.

Rambo mismo, cuando era policía y se pasaba las horas escuchando pura basura de parte de los sospechosos para intentar encontrar la verdad entre toda la mierda, me dijo: “Las mejores mentiras son las que más se acercan a la verdad”.

No viví en Virginia Occidental y nadie me secuestró, pero sí escapé de mi casa en 2003, cuando tenía diecisiete años.

Así que, cuando le pedí que me creara una nueva identidad, le dije que buscara una chica llamada Vicky que hubiera desaparecido ese mismo año, y tuviera diecisiete años.

No estaba segura de que existiera alguien que encajara a la perfección con un perfil tan específico.

Pero, para mi sorpresa, había tres chicas que encajaban con esa descripción, lo que no deja de parecerme perturbador.

Vicky Lanier, de Fairmont, Virginia Occidental, era la que más se parecía a mí, así que la elegí a ella.

—Solo asegúrate de que nadie te tome las huellas para verificar antecedentes —dice Rambo—. Porque tus huellas siguen vinculadas a tu verdadero nombre.

Cierto. Pero no puedo hacer nada al respecto.

Inclina la cabeza.

—Te das cuenta de que acabas de pagarme para que hiciera el mismo trabajo que hice cuando te creé esta identidad. No te habría dado a “Vicky Lanier” si no estuviera limpia.

—Nunca está de más ponerse al día —digo.

—No —dice, ladeando la boca—. Estás esperando que alguien empiece a hacer preguntas. Que te busquen. Estás esperando meterte en problemas.

Me lo quedo mirando con una sonrisa superficial.

—No importa —agrega—. No quiero saberlo.

Tiene razón en las dos cosas. Va a haber problemas. Y no quiere saberlo.