Capítulo 6
Bueno, una vez más, empiezo a montarme todos estos desenlaces terribles en mi cabeza y todo termina saliendo mejor de lo que esperaba.
Ni siquiera sabía que eso fuera posible.
Decirle a alguien “Sí, claro, tomemos un café” es bastante fácil y cancelarlo después, más fácil todavía.
Prometes seguir en contacto, claro, pero luego no ocurre o no respondes un mensaje.
Todo queda tan en el aire que uno nunca sabe si fue un rechazo intencionado o solo otra de esas cosas de la vida que no terminan pasando y no son culpa de nadie. “No hay problema”, y listo.
Básicamente, me había convencido de que, cuando nos vimos en el club la semana pasada, solo aceptaste tomar un café conmigo por cortesía, porque ¿qué otra cosa podías decir? Dices sí ahora y me rechazas luego.
Pero ahí estabas, Lauren, en Max’s Café, tal como prometiste, con tu ropa blanca de tenis y una coleta que salía por la parte trasera de la gorra.
Pasaste bastante tiempo preguntándome sobre mí, algo muy educado y considerado de tu parte, aunque por alguna razón no era lo que esperaba. Y no mentí ni endulcé nada cuando hablamos, Lauren. Me prometí no volver a mentirte y cumplí.
Tampoco te mentí sobre Vicky. Empezamos con temas bastante superficiales: a qué se dedica, cuánto llevamos casados, pero, en cuestión de minutos, terminé contándote sobre su infancia, que creció en un barrio pobre de Virginia Occidental, que huyó de su casa a los diecisiete, que cayó en las drogas e hizo cosas degradantes para sobrevivir.
Te conté que era un desastre cuando la conocí, pero que yo también lo era, aunque de otro modo.
Dos náufragos a la deriva, ayudándonos a llegar a la orilla.
Te hablé de lo orgulloso que estoy de ella, de lo mucho que significamos el uno para el otro y, antes de darme cuenta, Lauren, me empecé a sentir muy cómodo de poder liberar todo eso de mi interior y contarte todo, realmente TODO.
Cuánto amo a Vicky y que siempre lo haré, pero que somos distintos, que venimos de mundos diferentes y nunca logramos encontrarnos a mitad de camino.
Que aún nos cuidamos, que haríamos cualquier cosa el uno por el otro, pero que nuestra relación cambió y la chispa se apagó.
Somos más compañeros de habitación que marido y mujer, más amigos que amantes.
Me reí nervioso al terminar.
—Cielos, debes de estar encantada de haberme preguntado eso —dije—. Perdón por tanta honestidad brutal.
Pero no sonreíste, no agitaste la mano como restándole importancia. No, lo que dijiste luego me cambió la vida:
—¿Te haría sentir mejor si te dijera que mi matrimonio es un completo desastre?
Y la verdad es que sí, me hizo sentir mejor, y ahí tienes un ejemplo de por qué nunca vas a leer este diario, Lauren. No querría que supieras lo mucho que necesitaba oír esas palabras. Sé cómo suena, pero es la verdad. También esperaba que me dijeras que no estabas felizmente casada.
Pasamos la siguiente hora hablando sobre nuestros matrimonios.
A veces, es más fácil hacerlo con un extraño, no con alguien cercano a ti.
O quizás es incluso más fácil con alguien que alguna vez fue una extraña, pero a quien también solías amar más que a cualquier otra persona con quien compartiste tu intimidad.
O tal vez no se trata de eso y simplemente conectamos.
Nunca habría imaginado lo divertido que sería contarle a alguien que mi esposa ya no me ama. Pero esas dos horas en la terraza del Max’s Café me parecieron una vida entera, el nacimiento de algo, la promesa de la eternidad.
Cursi, lo sé. Pero a la mierda. Nadie va a leer este diario. Si quiero ser cursi, lo seré. ¿No lo somos todos en nuestros pensamientos? ¿No somos todos cursis con las personas que amamos? Solo nos da miedo admitirlo, por temor a pasar vergüenza.
Y luego, el beso. Si hubiera dependido de mí, no sé si habría ocurrido. Fue en la despedida, después del café (que terminó siendo una ración de tarta de zanahoria también): dos viejos amigos que se ponen al día y se despiden junto a tu coche.
Te inclinaste hacia mí y me besaste con dulzura.
No estaba preparado. Casi ni cerré los labios a tiempo, lo que habría sido extraño.
Tus labios flotaron sobre los míos por tiempo suficiente para dejar en claro que no era un malentendido, que no era un beso amistoso ni un gesto platónico ni una despedida al estilo de “¡Qué gusto verte!”.
No. No fue eso. Mi corazón golpeaba con fuerza contra el pecho.
Levantaste la mirada y dijiste (quizá no textualmente…, tengo que parafrasear un poco lo que recuerdo, pero esta frase nunca la voy a olvidar):
—¿Quieres que nos volvamos a ver?
Y tú ya sabías la respuesta.